Capítulo 16

2473 Words
Hora más tarde… En la intimidad de su habitación, el príncipe se sumerge en la bañera de mármol, dejando que el agua templada alivie el peso acumulado en su cuerpo. No había sido consciente de su agotamiento hasta que divisó la enorme cama con dosel de tela blanca. Lleva días sin poder dormir, se encontraba ansioso y, podría decirse, deprimido por su situación actual; la razón, Isabella. El cuarto, a pesar de su grandeza, no resulta ostentoso. Los tonos lapislázuli, el turquesa y la luz cálida crean una atmósfera serena que logra lo que nada había conseguido en días: hacerlo votar tensión. La reina también mandó a unas damas para que le sirvieran té u otra bebida de su preferencia. En cuanto al recibimiento, no tiene ninguna objeción. Aun así, solo tiene unas cuantas horas en la nación, así que en cualquier momento todo puede cambiar. Demian recuesta su cabeza hacia atrás, cierra los ojos y extiende sus brazos. Su mente vuelve al jardín, específicamente, al encuentro con Amira. La recuerda cabalgar como toda una jinete profesional. Y su vestimenta, esa maldita vestimenta que delineaba cada curva de su cuerpo. Él aprieta la mandíbula. No le gusta tener esa imagen en su mente. —Su alteza… Una voz femenina lo saca de sus cavilaciones para su buena fortuna. —Sí, ¿pasa algo? —Disculpe, alteza, pero usted me pidió que le avisara cuando faltara poco para el banquete. —Sí, claro, gracias —dice y la joven se retira. Le gustaría seguir disfrutando del baño, aunque no le agrada la idea de seguir recordando a Amira. El príncipe se levanta y se puede apreciar todo el esplendor de su cuerpo, desde su abdomen marcado, sus fuertes brazos y piernas definidas. También tiene un atractivo único, que son dos hoyuelos en la parte baja de su espalda. Son tan sexis como perfectos. Toma una toalla para secar las gotas de agua que recorren toda su piel, mientras camina hacia la cama donde su vestuario ya está debidamente colocado. En esta ocasión, el príncipe no puede irse por el lado simple. Ahora le toca representar su título. Por lo que opta por un traje con casaca confeccionada en un terciopelo azul real profundo. Presenta intrincados bordados en hilo de oro con motivos florales y orgánicos que recorren el pecho, los puños y los bajos de la chaqueta. La prenda también incluye una hilera de botones metálicos frontales y un cinturón de cuero n***o con hebilla dorada que ciñe la cintura. Tiene integrada una capa larga de corte asimétrico que cae en los hombros, sujeta por un broche ornamental. Sus pantalones son color marfil, ajustados al cuerpo, de estilo breeches. Por último, botas de caña alta y acabado brillante. Una vez listo, se coloca su anillo y, aunque no suele usarla, pone sobre su cabello rojizo su corona de oro macizo con puntas elevadas rematadas en formas de flor de lis. A su alrededor está adornada con zafiros azules. Al ver que está listo, sale hacia el pasillo; allí encuentra a dos de sus guardias en cada extremo de la puerta y parado en frente está uno de los asistentes del palacio que lo guiará hacia el salón del banquete. El hombre hace una reverencia y le dice: —Su alteza, ya su primo y secretario, al igual que la familia real, se encuentran en el salón —informa Demian; asiente. —También la reina quiere que sea de su conocimiento que ingresará junto con la princesa. El príncipe levanta una ceja. Al parecer quieren formalizar el compromiso, sin anunciarlo antes —piensa Demian. —¿Y dónde está ella? —Aquí. La voz lo alcanza antes de que pueda pensar. Desvía la mirada y allí la ve… Amira camina hacia él con un espectacular vestido rojo pasión, sin mangas, de corte sirena, de escote palabra de honor. Le queda ceñido al cuerpo, lo que hace que su figura se estilice con delicadeza. La cintura está definida por un cinturón fino bordado con pedrería. Lleva una capa larga integrada que nace desde los hombros y cae con fluidez hasta el suelo, aportando un aire de majestad. Los hombros también presentan adornos brillantes con sutileza. Sobre su cabeza lleva una tiara dorada adornada con rubíes. La misma piedra que lleva en sus aretes. En su dedo índice lleva su anillo real, el cual tiene grabada una flor de loto florecida y sus iniciales. Los colores que cada uno eligió representan a la perfección sus personalidades: fuego-hielo, frío-calor, sensatez-ímpetu. —Veo que estás listo —le dice, parándose frente a él con una radiante sonrisa. —Lo estoy —musita. Ambos quisieran decirse algo más; sin embargo, se limitan. —Entonces, lo mejor será irnos —sugiere ella. Demian le ofrece su brazo; ella lo toma con gusto. Es la primera vez que los dos tienen tal cercanía; no es incómoda, no se siente extraño, es como algo natural, como si fuese de siempre. El príncipe y la princesa permiten que el asistente tome la delantera para guiarlos hacia el festejo. En silencio avanzan hasta las escaleras principales. Una impresionante estructura imperial de mármol blanco, que se divide en dos tramos curvos hacia los laterales. Está cubierta por una solemne alfombra de color burdeos con bordes dorados que guía su vista hacia la planta inferior, donde ya se escuchan murmullos. Aún no han sido vistos por ninguno de los invitados, así que el asistente les dice que esperen hasta ser anunciados. Él se pierde por unos escasos segundos; luego Demian y Amira escuchan sus nombres resonar por todo el lugar. —Ahora toca dar el espectáculo —dice ella, volteándolo a ver. Por un instante, Demian se pierde entre la risueña mirada de ella. No obstante, de inmediato se reprende mentalmente y asiente. Los dos avanzan como si fuesen una pareja de toda la vida. Emanan grandeza, poder, control. Todo lo que se debería ver en una pareja de la realeza. Sin embargo, no es lo único que destaca. Demian tras cada escalón, se asegura de que los pasos de la joven no sean entorpecidos con nada. Mientras que ella se sostiene de él como si todo dependiera de ello. Los que los ven al pie de las escaleras quedan maravillados, sobre todo la reina, quien estaba segura de que los dos harían la pareja ideal. —¡Wow! Ellos se ven preciosos —exclama Mina, la hija menor de los reyes. —Sí, se ven maravillosos juntos… —Habla la reina emocionada, poniendo sus manos en su pecho, mientras lo ve con ternura. —¿No lo crees, cariño? —pregunta, volteando a ver a su esposo, quien tiene la mirada puesta en la pareja. —Sí, eso veo. Se ven mejor de lo que pensaba —comenta con suspicacia. A pesar de haber aceptado el matrimonio, tenía sus renuencias sobre si pudiese funcionar por muchas razones. Jamás casaría a su hija, la cual debe decir que es su favorita, si ella no hubiese aceptado. El rey no está seguro de si funcionarán como una pareja romántica; no obstante, está convencido de que, como aliados para defender ambos reinos, sí. Por lo que, si quiere que pase, él tendrá que mover sus fichas antes de que sea tarde. Mientras el rey calcula sus planes futuros, todos comienzan a aplaudir frenéticamente a la pareja una vez que ya están en el salón. El lugar está finamente decorado, el ambiente se percibe ameno y los invitados visten de gala. Para muchos fue una gran sorpresa saber que Vaelkaris y Catleya harían alianzas; así que ninguno se quería perder el acontecimiento, todos necesitaban verlos con sus propios ojos. —¡Por Dios!, es tan guapo —habla una joven de unos veintitrés años, de tez morena y ojos y cabellos oscuros, que observa a Demian como maravillada. —¿De qué sirve eso…? —responde su hermana gemela haciendo una pausa mientras observa la pareja con recelo. —Si no se casara con nuestra prima. Se trata de Zaina y Jaina, hijas del príncipe Rahim, hermano menor del rey Khennel. —¿De qué hablas? ¿Acaso no estamos en su fiesta de compromiso? —cuestiona la joven. —Es un banquete en honor a él; aún no se oficializa el compromiso. Además, según las malas lenguas, él tiene novia en Vaelkaris —chismorrea. —¿Tiene novia? ¿Entonces a qué vino? Dejará a nuestra prima plantada —cuestiona confundida. —Creo… Las palabras de la joven son interrumpidas por Amara, que iba pasando y, sin quererlo, terminó escuchando las idioteces de sus primas. —Queridas primas, ¿por qué mejor no aprovechan esta ocasión tan especial para ver si encuentran prospecto para casarse? —dice con voz sarcástica. —Ahora que pretendo ir al convento y que Amira se comprometerá con el futuro rey de Vaelkaris —dice haciendo énfasis en lo último—. Es su momento, aprovéchenlo o Mina terminará casada antes que ustedes dos. Si me disculpan… Termina de decir y se marcha con una enorme, dejando a sus primas molestas. La princesa suele tener un carácter medianamente dócil, pero cuando tiene que defender a su familia, no conoce de límites. Por fin la pareja llega junto a los reyes; Amira sonríe, mientras que Demian refleja una actitud más sobria, aunque no evidenciando molestia o fastidio. No es bueno en los eventos, por lo que trata de evitar los que son innecesarios, como los que se inventa Lucinda cada dos semanas. Le encanta la discreción, pero entiende que hay eventos de los cuales no puede prescindir, como uno en su honor, o lo que él sospecha, una formalización de su compromiso. Es extraño porque no la ha elegido; pienso que cuando llegara el día de comprometerse, estaría bajando las escaleras del palacio de Vaelkaris, pero con Isabella. —No saben lo feliz que estamos de que este día haya llegado; solo espero que pueda prosperar y que de ustedes salga un gran imperio —profetiza el rey. Amira agranda los ojos, mientras que Demian reacciona con disimulo. Está claro que el rey asume que sí habrá boda y, por lo concerniente, hijos entre ellos. Aunque no es el único que lo considera. Sin embargo, por el momento el príncipe no piensa discutir ese tema, solo seguirá el juego por esa noche. Por la primera media hora, Amira y él tuvieron que saludar a decenas de personas, entre parientes y amigos de la realeza y nobleza de Catleya. Por lo siguiente, el banquete transcurre normal: charlas, música, baile, hasta que anuncian un nuevo baile entre la pareja. Demian que se encontraba en su asiento junto a Amira, tomando una copa de vino, perdido en su mente, de repente ve cómo todos voltean a verlos una vez más. —¿Por qué nos ven? —cuestiona. Lleva más de una hora socializando y ya le cuesta seguir el ritmo de la fiesta; su nivel máximo de aquello es una hora. No es por la compañía, es lo que representa ella. —Al parecer mi madre mandó a preparar un baile para los dos —le susurra. Ella ya se ha dado cuenta de que a Demian le está costando seguir el ritmo. Lo entiende; es introvertido. A ella no es que le agraden las grandes fiestas, pero puede tolerarlo. —Oye, hagamos esto —le dice y le toma la mano. Demian de inmediato observa la acción. El contraste de ambas pieles es tan evidente que es casi hipnótico. Por poco, su dedo anular se disponía a acariciar la piel de la joven, pero este lo detuvo. —Bailamos y luego nos escapamos. ¿Qué te parece? Le pregunta, pero él no tiene idea de cuál fue la interrogante; se concentró tanto en ver sus manos juntas que no escuchó del todo lo que ella proponía. El príncipe levanta la vista y se topa con la mirada de Esteban, que está en la misma mesa que él y con disimulo le dice que asienta. —Está bien —le responde Amira. —Bien, vamos entonces. Demian frunce el ceño; ha dicho que sí al baile. Vuelve a ver a Esteban, a quien reprende con la mirada. Su primo solo ríe de satisfacción. La audiencia vuelve a aplaudir mientras ellos se colocan en el medio del salón. Solos, sin otras parejas que puedan ser los chivos expiatorios. —Creo que es un buen momento para decir que nunca saqué buenas notas en las clases de salón —confiesa. —Me imagino que aún recuerdas lo que tu madre te enseñó —comenta y Demian la mira con entrañeza. Amira sonríe y continúa diciendo: —Entre las tantas historias que mi madre me ha contado de ella y su mejor amiga, Dayanna, la de ver cómo trataba de enseñarte a bailar es una de mis favoritas. Claro, sí, quitamos el hecho de que pisaste la cola del pobre gato dos veces. Comenta con diversión. Demian agranda los ojos aún más, sorprendido. —Hasta eso recordó —dice entre avergonzado y divertido al recordar ese día. —Escucha, todas las chicas que están aquí creen que eres lo más cercano a la perfección, incluyendo a la tía Bet. —Voltea a ver a una mujer mayor de unos setenta años. —Creo que le gustas. El hecho es que debes mantener tu fachada de príncipe perfecto, así que solo deja que yo te guíe, ¿de acuerdo? —Él asiente con duda. Demian lleva sus manos a la cintura de Amira, la hala hacia él, acortando cualquier lejanía. Ella lleva su mano a los hombros del príncipe, mientras la que está libre cae una sobre otra. De inmediato, el director de la orquesta marca el ritmo y lo primero que se escucha son las notas del piano, seguido del violonchelo; por último, el violín. Es una melodía suave, la idónea para dejarse llevar por un momento. Los dos bailan al compás de las notas y, por primera vez, Demian baila sin errores. Todo lo que tenga que ver con arte y música no es su fuerte. Sin embargo, con Amira se le hace fácil seguirla. La princesa da gracias por haber utilizado las sandalias de tacón alto. No entiende de dónde se le ocurrió inventar al zapatero algo tan incómodo, pero, en vista de la altura del hombre con el que la sostiene, le agradece. —¿Qué está pasando? —pregunta Demian al escuchar las cucharas chocar contra las copas. —Según lo que sé, están pidiendo un beso —dice y por primera vez siente cómo sus mejillas se calientan. —No te preocupes, no tenemos que hacerlo. Ella levanta la mirada y él se la sostiene. Ambos se debaten si debe o no captar la petición…
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