El ruido de una sirena se escucha al compás de algunos gritos, una voz masculina y profunda haciéndole eco... Resuena una y otra vez, "yo no quería hacerlo". ¿Qué es lo que no quería hacer?
Puedo sentir como unas manos me levantan del asfalto caliente y elevan mi cuerpo hasta una camilla dura y poco confortable. Sin embargo, no soy capaz de moverme... Ni de reaccionar de ninguna manera posible, solo me he convertido en un cuerpo inerte. No sé si sea algo bueno, después de todo lo que he tenido que vivir hoy, estar muerta no parece una opción demasiado descabellada.
Los minutos pasan, y se sienten como si fueran largas y extenuantes horas, mientras que he podido sentir a medias lo que ocurre a mi alrededor... Poco a poco he empezado a percibir olores, y el repugnante olor que produce la máscara de oxígeno que me han impuesto, me recuerda a mi niñez. Mis jodidas crisis de asma, y a mi pobre padre velando mi sueño. Nadie podría entender cuánto lo extraño.
—Despierta, por favor... —Me susurra una voz en mi oído, excesivamente cerca. Una dulce, se siente como una caricia en todo el alma.
Uso toda la fuerza que aún me queda, y hago el intento de abrir mis ojos. El primero, un completo error. No obstante, al tercero, puedo abrirlos, casi completos.
Mi primera impresión, unos ojos color miel, profundos, almendrados, con unas rubias pestañas siendo el toque final de un rostro masculino que parece una obra de arte... ¿Por qué me da la sensación de que lo conozco de algún lugar?, ¿qué es lo que hace este hombre aquí?
Unos carnosos labios rosados, entreabiertos, y un hombre jodidamente alto, con un cabello perfectamente peinado y castaño oscuro.
¿Acaso he muerto y estoy en medio del paraíso árabe? No recuerdo haber soñado eso alguna vez.
¿Entonces así funciona esto de que existe otro mundo después de que mueres?
—¿Estás bien?—Me pregunta el hombre en un susurro, sus ojos se fijan en mí y no los quita de mí, debo verme harapienta.
—¿Cómo se encuentra mi bebé?—Es lo primero en lo que puedo pensar apenas tengo la capacidad de hablar.
—¿Su bebé?, ¿usted está embarazada?—Me interroga el hombre y se lleva las manos a la cara.
Mi corazón se acelera al escucharlo... No pude haber perdido a mi hijo... No me perdonaría jamás tal irresponsabilidad...
—Yo... Yo estoy en cinta, mi criatura tiene que estar bien... Por favor. —Digo en un hilo de voz antes de soltar el llanto.
El sujeto desconocido se acerca a mi adolorido cuerpo y me abraza, puedo inhalar su costoso perfume, por alguna razón, no le he preguntado quién es, o que demonios hace aquí...
Solo sé, que su compañía y su contacto físico me hace sentir bien, de alguna forma, segura.
—Señorita, iré por el doctor. Y por la policía. —Profiere el hombre con delicadeza y se separa de mí.
—¿Por qué la policía?—Le pregunto asustada.
—Para que vean que usted ha despertado y no me encarcelen. —Añade con ligereza y sale de la habitación dejándome sola.
Entonces... Ese hombre me ha atropellado.
El hermoso caballero al que he visto cuando me he levantado, es el responsable de que me encuentre adolorida, inmóvil, y sin sentir mis extremidades.
Después de alrededor de cinco minutos, en los cuales me he quedado somnolienta, entra un hombre bajo, de estatura media, acompañando al hombre que había estado conmigo, mi agresor...
—¿Es usted la señora Cassandra Manríquez, no?—Me interroga el hombre y toma algunos aparatos y empieza a examinarme.
Es el doctor, creí que era el oficial...
—Sí, soy Cassandra, ¿cómo se encuentra mi bebé, doctor?—Le pregunto sintiendo nuevamente esa sensación de miedo y ansiedad.
—No se preocupe, señora Manríquez, su pequeño se encuentra bien, por suerte el mayor impacto lo ha recibido en sus piernas. ¿Podría decirnos donde está su esposo?—Contesta el hombre con tranquilidad mientras que se encuentra concentrado en tomar mi pulso después de lanzar la interrogante.
—¿Eso quiere decir que sigo embarazada pero que estaré inválida?—Le pregunto boquiabierta.
—No, señorita, he querido decir que su embarazo se encuentra en óptimas condiciones, aunque necesito que se encuentre en observación médica por un par de días, y respecto a la situación de sus piernas, necesita una cirugía, un hueso se ha visto afectado y necesitamos colocarlo en su sitio. La autorización para que sea operada debe darla su esposo o familiar más cercano en caso de que sea viuda. —Puntualiza el hombre y su compañero, el hombre que me ha desgraciado el día se encoge de hombros al escucharlo y me mira en búsqueda de aprobación.
—¿Y es grave?—Es todo lo que se me ocurre preguntar, mi cabeza en este momento se encuentra consumida en un torbellino de preocupación.
¿Viuda? Estoy esperando un bebé, estoy de unas cuatro semanas.
¿Entonces así funciona en este lado del mundo, no me operan por no tener marido ni familia cerca?
La situación que tengo con Maruam... Un bebé creciendo en mi vientre y del cual no quiero que mis padres conozcan la verdad... Y ahora, estoy convaleciente, por la torpeza de un guapo sujeto que me ha arrollado en medio de la carretera. Y la duda de saber si podrán operarme a pesar de que mi situación familiar no sea convencional en este país.
—No será grave si usted guarda el reposo correspondiente, además de seguir las instrucciones después de la cirugía. —Arroja el doctor y me mira con seriedad.
—No quiero operarme. No tengo esposo ni familia para que lo autorice. —Digo sin pensarlo, el miedo y la ansiedad hacen gala de presencia, siempre he sentido terror por las intervenciones quirúrgicas.
—Usted no está en posición de exigencias, señora. Ya he ajustado los detalles, voy a pagar todo para que esté bien, yo mismo seré su esposo o su padre si es necesario, así tenga que amarrarla a esa cama, para que esté bien. —Enfatiza el irresistible hombre y me mira de reojo, mis labios se secan al notarlo.
—Eh, creo que el oficial querrá verlo, señor Halabi, se ha demorado mucho en aparecer, él pensará que usted lo está evadiendo... Sabe bien como funcionan las leyes aquí. —Dice el doctor con voz hastiada, de alguna manera, logra poner nervioso al hombre.
Mi cabeza resuena al escuchar el apellido "Halabi"... El apellido de mi jefe, el padre de mi hijo, y de toda su dinastía...
¿Me ha atropellado uno de los suyos?
¿Él lo ha enviado a atropellarme para que pierda a mi bebé?
Llegaré hasta las últimas consecuencias de este hecho... ¡Joder!
—¿Cuál es su nombre, joven?—Le pregunto con tono tranquilo. No quiero hacer notar mi incertidumbre, mi ira, mis terrores mayores.
—Soy el doctor Amin Farid, pero no soy precisamente joven. —Es la respuesta que obtengo, mientras que el señor Halabi, se queda callado observando a la ventana del final de la habitación.
—Me refería al sujeto que me ha atropellado, circunstancialmente se ha quedado callado. —Digo en voz alta y clavo mis intensos ojos en él.
—Mi nombre es Nader Halabi, señorita Manríquez. Y lo más atroz que me ha sucedido alguna vez, es conocer a alguien en tan vergonzosa situación.
¡Dios mío!
Es el propio hermano de Maruam... Su hermano menor...
Este hombre irresistiblemente atractivo, es de quién habían estado hablando en la oficina... Por ello sus ojos se veían tan familiares...
Esos ojos color sol.
Uno de los herederos Halabi...
¿Maruam ha sido capaz de enviar a su hermano a hacerme daño?
O...
¿Esto es únicamente una casualidad del destino?