Deseo algún día poder lanzarme sobre tus ojos y en un choque de miradas desnudarte el alma, poco a poco con la ligereza de mis manos acariciar tu piel, donde en un momento de pasión mis labios choquen con los tuyos. De esta forma y juntos a la música suave que resuena por toda la habitación, de paredes con colores tenues y el dulce aroma del incienso, comienzo a levantar los obstáculos que cubren tu piel. De a pocos nos recostamos sobre las suaves sabanas y en el intenso calor de un abrazo comenzamos a introducirnos en las fases más íntimas del amor, desde la cúspide de tu pelo, hasta las desviaciones existentes en tus caderas, recorren el tacto de mis dedos y mis besos se quedan en la zona donde se enfatizan el margen y la perdición de todos los seres humanos.
Pero siento la frialdad de tu ser y te niegas a sentir el momento, quieres practicar lo que tu cuerpo necesita, pero no quieres que el amor se una a la actividad, quieres que todo sea a tu manera, pero te susurro al oído que el sexo es entre dos y decides dejarme en tus brazos con cierta inseguridad, debo hacer un gran papel, dice mi cabeza, pero mi corazón argumenta que todo está saliendo según lo previsto, que continúe, parte de ella lo que quiere es llegar al asunto pendiente entre nuestros extremos, que ya ardes en deseos que quieres todo de mi dentro de ti, que quieres empezar el momento.
Estando desnudos después de una larga travesía entre prendas, miradas, besos y caricias, explotamos en placer y comenzamos a adentrarnos más en la relación de nuestros perturbados cuerpos, deseosos de placer y excitación. De repente entra un rayo de sol por mi ventana, daba directo hacia mi cara, comienzo de un nuevo día y a los pies de mi cama, pido al cielo que me cumpla el mismo deseo con el que sueño a diario.