Mikhail El sonido de los pasos iba y venía por todo el despacho de Leo. Eran casi las dos de la madrugada y yo no podía quedarme quieto. Habían pasado ya más de nueve horas desde el secuestro de Sofía, nueve horas en las que mi mente solo repetía su nombre como una plegaria. —Tranquilo, Mikhail, la encontraremos —aseguró Leo con una calma que solo era aparente porque yo podía notar su ansiedad en la forma en que apretaba el cigarro sin encenderlo. El equipo de rastreo que había contratado desde Moscú trabajaba junto con los contactos de Leo en Roma para ver si podíamos dar con las personas que hicieron todo el trabajo sucio, porque era más que claro que mi padre habia planeado todo. Habíamos revisado cámaras, señales de tráfico, registros de peajes… hasta que uno de los hombres irrum

