Con paso torpe entré en la habitación y acto seguido nuestros ojos se encontraron. Ella alzó su mano y sin dudarlo yo la tomé entre las mías sintiendo la suavidad de su tersa piel pero no había calidez alguna en ella sino todo lo contrario. Su mano estaba fría, tanto que tuve un estremecimiento involuntario aunque bien sabía que no era el frío lo que me hacía estremecer sino lo que su estampa me mostraba. No quería pensar en la muerte. Era algo que me aterraba pero el verla de esta forma, tan sola me golpeó con tanta fuerza que tuve miedo de perderla. Lo que más deseo en el mundo es protegerla. Hacerla feliz y sobretodo amarla con fuerza. —No llores —me susurró y mi corazón se rompió más por verla de esta forma, tan frágil y yo no había podido protegerla. Besé su mano y mis lágrimas

