Mayra
A veces me pregunto en qué momento empecé a desaparecer.
Al principio creía que podía ayudarlo. Que si lo abrazaba lo suficiente, si me quedaba en sus peores días, si entendía cada una de sus heridas, él también aprendería a cuidarme. Pero no. Amar a alguien roto no lo reconstruye. Solo te vas rompiendo con él, pedazo a pedazo, en silencio.
Él me dice que no quiere perderme, que no soportaría verme con otro. Que soy lo mejor que tiene. Pero no me cuida. No me escucha. Me evade, me grita, me culpa. Me convierte en la enemiga cada vez que le muestro el espejo. Cada vez que le pido algo tan básico como tiempo, presencia, respeto.
Me llama intensa, me dice que exagero. Pero si supiera el esfuerzo que hago por seguir acá... si supiera cuánto me callo, cuánto me trago para no herirlo, cuánto me traiciono para no perderlo.
Sé que no es malo, no del todo. Lo sé. Tiene momentos de ternura, gestos pequeños que me dan esperanza. Pero también sé que no está bien.
Que tiene una mente lastimada, contaminada por todo lo que vivió. Y que yo no soy suficiente para sanarlo.
Lo repito como un mantra: yo no puedo salvarlo.
Pero ahí me quedo, esperándolo. Como si en algún momento fuera a despertar diferente. Como si un día entendiera que lo único que quiero es que me mire y me elija de verdad.
Me desgasta amar así.
Me pierdo entre sus vacíos, entre sus contradicciones, entre sus tormentas internas. Y lo peor es que, aun sabiendo que este amor me está costando partes de mí que quizás no recupere, no sé cómo soltarlo.
Porque él me necesita.
Y yo… yo no quiero que nadie más lo cuide.
Pero ¿y yo?
¿Quién me cuida a mí?
A veces lo veo y siento ternura. Otras, solo cansancio. Ya no sé si es amor o una especie de adicción al dolor.
Me convenzo de que algún día todo cambiará, aunque ya no creo tanto.
Lo amo, sí. Pero también me estoy apagando.
Y tengo miedo.
Miedo de irme.
Y miedo de quedarme y olvidarme para siempre de quién era antes de él.