Entre el Botín y la Conciencia

1094 Words
Recibí una llamada de uno de mis compañeros de esos trabajos que no tienen nada que ver con la legalidad. Era demasiado tentador. Ya habíamos hecho algunos trabajitos anteriormente que nos dejaron mucha plata. No era necesario hacer muchas preguntas; bastaba con decir “sí” y en cuestión de horas ya estábamos organizando todo. Pero esa vez no salió todo perfecto. Aún recuerdo cómo se presentó la oportunidad. Alguien —no recuerdo quién— nos pasó la información. Era una casa, más bien una casona, en un barrio muy “careta”. Nos dijeron que iba a estar vacía. Solo debíamos tener cuidado con las alarmas. Teníamos un tiempo determinado para sacar lo que pudiéramos de la oficina y de la caja fuerte. Para nuestra mala suerte, al ser un barrio de gente adinerada, las cámaras estaban distribuidas cada pocos metros, además de las particulares que tenían las casas. Nada de eso nos detuvo. Ya habíamos hecho cosas más complejas. La diferencia era que, esta vez, algo iba a salir mal. Y aunque lo intuía, no quise escuchar a esa voz interna que me decía que frenara, que no valía la pena. Empezamos con la logística: quién manejaba las motos, quién llevaba las armas, por dónde escaparíamos y dónde cambiaríamos la ropa para confundir a los del monitoreo de la ciudad. Todo parecía bien calculado. Teníamos la ruta, los puntos ciegos, los horarios, los códigos de radio. Nos sentíamos invencibles. Tengo que aclarar que en esos momentos no me drogaba. Como decimos nosotros, andaba careta. Tenía que estar al cien, no podía estar perdido sabiendo que mi libertad —y la de mis compañeros— dependía de mí. Estar lúcido era, en mi cabeza, una forma de controlar el caos, aunque el caos lo generara yo mismo. Hasta ese momento no había tenido inconvenientes serios con la justicia. Solo algunos encontronazos con la policía por disturbios, nada grave. Pero en cada trabajo, como lo llamábamos, se jugaba nuestra libertad. Libertad que confundíamos con libertinaje. Nos creíamos dueños del mundo, pero no éramos más que peones movidos por una desesperación disfrazada de coraje. Éramos seis. Tres motos, cuatro armas y la adrenalina al mil. Esa tarde me dormí una siesta. Tenía que estar descansado porque sabía que nos esperaba un largo viaje hasta llegar a una zona segura. Me considero un buen piloto; las motos son parte de mí. Por eso siempre voy al volante. Y esta vez también sería de los que entrarían a hacer el trabajo sucio. Sé que siempre me llamaban por mi forma de ser. Soy un hombre golpeado por la vida, y me desquitaba en esas situaciones. Ni mis hijos ni mi pareja de ese momento me ponían límites. No me importaba nada. Era un hombre sin escrúpulos, sádico y temerario. Me gustaba que me tuvieran miedo. Me hacía sentir importante, aunque por dentro no era más que un pibe herido, buscando algo que nunca me dieron. Llegó la noche del hecho. Fue violento, porque dentro de la vivienda estaba el dueño de casa: un hombre que podría tener la edad de mi papá. Mi maldito padre. Lo atamos y le dimos varios golpes. Soy muy contradictorio: amo a mis abuelos, y si alguien les hiciera algo, mataría a cualquiera. Y sin embargo, fui el verdugo de los abuelos o padres de alguien más. En ese momento no lo pensé. Lo hice y punto. Hoy me cuesta mirarme al espejo sabiendo que fui capaz de algo así. Salimos de la casa cargando un gran botín, eufóricos y con la impunidad de quien no tiene nada que perder. Pero tuvimos un problema: la policía nos pisaba los talones. Para poder perderlos, dejé la moto en un lugar con arbustos altos y me subí al auto que había dejado cerca. Creía que había logrado despistarlos. Qué equivocado estaba. Iba en el auto a toda velocidad. Tenía que llegar a nuestra zona segura, donde estaba mi casa. Un lugar demasiado peligroso como para que la policía entrara sin refuerzos. Llegué, no sin antes chocar y ser acorralado. Por un momento sentí que había perdido. Pero si hay algo que me caracteriza, es que no me rindo. No sé cómo hice, pero salí de ahí y escapé. Nos deshicimos del auto, dejándolo en pedazos. Los helicópteros no tardaron en aparecer. Si no desaparecíamos las pruebas —por pequeñas que fueran—, nos iban a encontrar. Pasaron unos días y aún no lográbamos deshacernos de todas las partes del vehículo. La policía rodeaba la zona. Dormíamos poco, comíamos mal. Cada ruido nos ponía en alerta. Y como a todos, me llegó el día. Estaba en la casa de un amigo, un vecino, donde también habíamos llevado partes del auto. En mi casa ya no entraba ni un alfiler. Sentí un golpe fuerte. Luego me tiraron al piso. La policía nos había encontrado. Después de varios golpes y de que encontraran partes del auto usado en el robo, nos llevaron a la comisaría. Allí estuve dos semanas. Sabía que no habían encontrado mucho. Además, no era mi casa. Mi versión fue siempre la misma: estaba de paso. Ser vecino de alguien que tenía cosas robadas no me hacía delincuente… ¿o sí? Mi padre, Rubén, estaba decepcionado. Pero poco me importó. Solo pensaba en mis abuelos. Ellos no merecían vivir esto. Hoy, mirando hacia atrás, me cuesta reconocerme en ese hombre. No porque quiera negar lo que hice, sino porque ya no me habita el mismo fuego. A veces me pregunto si esa violencia que me dominaba era un reflejo de todo lo que me faltaba: límites, amor, sentido, una voz que me dijera que valía la pena vivir de otra manera. Nunca fui tonto, pero sí fui ciego. Me alimenté de la bronca, del abandono, de la rabia acumulada. Pensaba que tenía el control, pero era un esclavo de mis propias heridas. Creía que el mundo era una guerra constante y que yo tenía que golpear primero antes de que me volvieran a romper. Me decían que era valiente, pero ahora entiendo que la verdadera valentía no era escaparse de la policía ni golpear a un tipo atado. La valentía es mirar a tu hijo a los ojos y decirle: “Me equivoqué, pero quiero ser mejor para vos”. Es ir a terapia, es aceptar que estás roto, es llorar delante de quien más amás. Es sentarte a escribir tu historia, no para justificarte, sino para no olvidarte de dónde venís y, sobre todo, a dónde ya no querés volver.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD