A la mañana siguiente, sentí unas manos suaves tocando mi cuerpo. Entreabría los ojos y todo se veía borroso, como si estuviera suspendida entre el sueño y la vigilia.
—Vamos, mi amor, es hora de levantarnos. Ya van a operarte —escuché decir a una enfermera.
Me incorporaron y me sentaron en una silla de ruedas. Mi cuerpo estaba presente, pero mi mente flotaba en una calma extraña. No había miedo, no había angustia. Solo una conciencia tenue de lo que estaba por suceder. Tomamos el ascensor. Las puertas se abrieron y entramos en una sala amplia, fría, iluminada por una luz intensa que reconocí de inmediato: el quirófano. Allí estaba ese foco brillante que tantas veces había imaginado con temor. Y, sin embargo, en ese momento no me provocó pánico, solo una quietud inexplicable. Me bajaron de la silla y me recostaron en la camilla. Intenté mirar a mi alrededor, pero mi visión seguía siendo difusa. Era como si estuviera despierta y dormida al mismo tiempo. No lograba distinguir con claridad los rostros de los médicos; solo percibía sus siluetas moviéndose con precisión. En medio de ese estado, dije algo que después recordaría con una mezcla de ternura y sorpresa:
—Usted no es el que me va a operar. Me dijeron que sería una doctora.
Hubo un silencio breve, seguido de risas contenidas.
—Oigan lo que dijo —comentó él—, no quiere que yo la opere.
Las risas se suavizaron en un ambiente de cercanía inesperada.
—Princesa —añadió otro— él es el mejor doctor que tiene nuestro hospital.
No respondí. Ya no tenía fuerzas para sostener ningún pensamiento.
Otro médico se acercó. —Te voy a colocar una sondita —me dijo con delicadeza.
Todos me trataban con una calidez que contrastaba con la frialdad del lugar. Y entonces, sin darme cuenta del momento exacto, me dormí. No hubo transición, ni sueño, ni imágenes. Fue una pausa absoluta. Si pudiera describirlo, diría que fue como caer en una paz profunda, sin pensamientos, sin sensaciones. Solo descanso. Cuando desperté, todo había pasado. Entré al quirófano a las 9:30 de la mañana. Al abrir los ojos nuevamente, me encontraba en otra sala. Había más personas a mi alrededor, algunas dormidas, otras quejándose en voz baja. El ambiente era frío, casi helado. Miré hacia un reloj: marcaba las 11:30. Para mí, había sido un instante. Mi cuerpo, sin embargo, contaba otra historia. Temblaba de forma incontrolable. Sentía sacudidas que recorrían mi interior, y mi corazón latía con rapidez desbordada.
—Le dio taquicardia —escuché decir a unas enfermeras.
La palabra resonó en mi mente, pero no me alarmó tanto como hubiera esperado. Intentaba controlar los movimientos, consciente de que no debía lastimar la herida reciente. No sentía mis pies, pero sí percibía una extraña actividad dentro de mí, como si algo se estuviera reacomodando. Ya estaba operada. Ese pensamiento se instaló en mí con una mezcla de incredulidad y alivio. Poco después, comenzaron a trasladarme. Me movieron en la camilla; el ascensor se abrió y volvimos a subir. Durante el trayecto, abría y cerraba los ojos, escuchando voces lejanas, como ecos. Sentí el esfuerzo de una enfermera al pasarme nuevamente a la cama de mi habitación. Y allí, una vez más, me venció el sueño. Desperté a las seis de la tarde.
La debilidad era profunda. Tenía hambre, una sed intensa que me secaba la boca, pero no podía ingerir nada. Intentaba ubicarme, comprender el tiempo, y en mi mente solo había una idea: avisarle a mi mamá que todo había salido bien. Cuando una enfermera entró, le pedí: —¿Podría llamar a mi mamá, por favor? Decirle que ya me operaron…
Lo hizo. Mi madre ya lo sabía. El esposo de una de mis maestras, que trabajaba en el hospital, se había encargado de avisarle.
—Me alegra tanto, hija, todo salió bien —me dijo cuando escuché su voz.
Sus palabras fueron un alivio inmediato. Cerré los ojos, agradeciendo en silencio. Allí estaba yo, acostada en esa cama, con suero conectado, con la sonda aún colocada, consciente de que había atravesado aquello que tanto temía. La anestesia comenzó a disiparse lentamente. Y con ella, llegó el dolor. Un dolor nuevo, desconocido, distinto a cualquier otro que hubiera sentido antes. Profundo, punzante, instalado en el centro mismo de mi cuerpo. Me quejaba en silencio, esperando alivio, pero nadie parecía acudir de inmediato.
Más tarde, ingresaron otras pacientes a la habitación. Sus quejidos llenaban el espacio. Yo también sentía dolor, pero no me nacía expresarlo con la misma intensidad. Permanecía contenida, resistiendo. En algún momento, un doctor entró y retiró la sonda. Fue una sensación incómoda, dolorosa, difícil de ignorar. Mi cuerpo reaccionó, pero lo soporté.Y aun en medio de ese sufrimiento, había una certeza que no se quebraba: no estaba sola. Dios estaba allí.
Las horas avanzaron lentamente hasta la noche. A las diez, el personal entró a revisar mis signos vitales. Aproveché para preguntar si podía tomar agua.
—Sí —respondieron.
Tomé el primer sorbo con una gratitud inmensa. Era algo tan simple, y al mismo tiempo tan necesario. Sentí cómo mi cuerpo lo recibía con alivio. No había comido desde el día anterior. No había bebido nada en todo el día. Y, aun así seguía allí. Cansada, adolorida, débil, pero viva.
A la mañana siguiente, la rutina del hospital me obligó a enfrentar una de las tareas más simples y, al mismo tiempo, más difíciles: levantarme para bañarme. Eran las 5:30 de la madrugada. El día apenas comenzaba a insinuarse, y en medio de ese silencio tenue escuché un sonido que, desde entonces, quedaría grabado en mí: la campana lejana de una iglesia. Su eco suave, casi solemne, anunciaba el amanecer. Había algo profundamente reconfortante en ese sonido, como si, pese a todo, el mundo continuara en orden.
Me indicaron cómo proteger la herida: bolsas plásticas sobre el abdomen, improvisadas barreras contra el agua. Todo resultaba incómodo, ajeno, difícil. Levantarme de la cama no fue imposible, pero sí exigía un esfuerzo que mi cuerpo apenas podía sostener. Era delgada, lo que facilitaba algunos movimientos, pero el dolor, aunque no extremo, estaba presente, recordándome a cada instante la reciente cirugía. Avancé con lentitud, sosteniéndome de lo que encontraba a mi paso. El suero colgaba a mi lado, conectado a mi brazo, obligándome a moverme con cautela, como si cada paso fuera una operación en sí misma. La ducha fue incómoda. No logré bañarme como lo hacía antes; cada movimiento debía ser medido, cada gesto contenido. El agua caía, pero no lograba envolverme con la misma naturalidad de otras veces. Aun así, fue suficiente para sentirme un poco más humana dentro de ese estado frágil.
Al salir, recordé las palabras de mi madre, repetidas una y otra vez con la preocupación que solo una madre conoce: —Ten cuidado, no te vayas a caer. Las llevaba conmigo en cada paso. Cuando finalmente me encontré frente al espejo, me detuve. No me reconocí de inmediato. La imagen que tenía enfrente era la de una versión mía desconocida: más delgada de lo que recordaba, pálida hasta un tono casi amarillento, distante de mi color natural. Mis ojos estaban hinchados, mi rostro demacrado, como si el cansancio y el dolor se hubieran instalado en cada rasgo. Me observé en silencio.Y, en medio de esa extrañeza, esbocé una leve sonrisa. No era una sonrisa de alegría, sino de reconocimiento. A pesar de todo, seguía siendo yo. Una versión herida, transformada, vulnerable, pero aún en pie.