Escuchaba alabanzas sin cesar; eran mi refugio, el lugar donde mi mente podía descansar por un momento del miedo constante. Mi grupo favorito de música cristiana en inglés llenaba el silencio de mi habitación, y en medio de esas melodías encontraba una paz que parecía desvanecerse cada vez que se acercaba una nueva cita médica. Las consultas comenzaron a volverse cada vez más difíciles. Entraba al consultorio con el corazón desbocado, los oídos cubiertos con mis manos como si así pudiera silenciar no solo los sonidos, sino también la realidad. El doctor y sus asistentes me observaban con una mezcla de paciencia y preocupación, mientras mi mamá hablaba por mí. Yo temblaba. Siempre temblaba.
—Acuéstate en la camilla, te voy a revisar —decía el doctor con suavidad.
Pero para mí, esas palabras eran suficientes para estremecerme. No me gustaba que tocaran mi abdomen; me producía un rechazo inmediato, casi instintivo.
—¿Por qué te tapas los oídos, hija? No te voy a hacer nada —insistía él.
Entonces mi mamá intervenía, explicando lo que yo no podía: el miedo, el trauma, la ansiedad acumulada. Yo, en cambio, comenzaba a hablar sin sentido, palabras desordenadas que ni yo misma comprendía. Era mi forma de reaccionar cuando los nervios me sobrepasaban. Una de las doctoras, con una voz cálida, trató de tranquilizarme:
—No te preocupes, no eres la única. Muchas niñas vienen aquí con diagnósticos similares. Algunas tienen quistes, otras masas que pueden convertirse en tumores, pero con una cirugía, todo eso puede desaparecer.
Aquellas palabras eran un consuelo momentáneo, pero no lograban disipar del todo el temor. Las revisiones continuaban siendo necesarias: medir, observar, evaluar. Saber cuánto habían crecido, cómo se comportaban. Y cada vez que salía de aquel consultorio, sentía que podía respirar nuevamente, como si me quitaran un peso invisible del pecho. Sin embargo, la calma nunca era permanente; siempre estaba la sombra de la siguiente cita, de un posible diagnóstico peor, de noticias que no quería escuchar. En una ocasión, nos reunimos como familia para hablar con seriedad sobre mi situación. Los médicos coincidían en algo: necesitaba una cirugía. Yo, en el fondo, aún albergaba la esperanza ingenua de que algún día me dirían que los tumores habían desaparecido por sí solos, que no habría necesidad de intervención. Pero esa respuesta nunca llegó. La desconfianza hacia el hospital público nos llevó a considerar otras opciones. Decidimos consultar con una doctora en un centro privado. Aquel día, el miedo volvió a apoderarse de mí. Entré al consultorio cubriéndome los oídos, y esta vez no pude contener el llanto. La doctora, sin embargo, fue distinta. Su trato era delicado, casi maternal.
—Todo va a estar bien —me aseguró—. Si yo te trato, lo haré con mucho cuidado.
Nos explicó con claridad lo que ocurría en mi cuerpo, la naturaleza de los tumores y el procedimiento que realizaría para preservar el órgano afectado. Su propuesta era esperanzadora, incluso hermosa en su forma de describirla. Pero había un obstáculo imposible de ignorar: el costo. Luego me pidió pasar a otra sala para examinarme. Levanté mi camisa, y con cuidado comenzó a palpar mi abdomen. Su expresión cambió ligeramente.
—No hay problemas en el colon —dijo—, pero los tumores han crecido. Antes medían cinco centímetros… ahora están en siete.
Sentí cómo mi corazón se aceleraba.
—Necesitas la operación con urgencia.
La palabra “urgencia” retumbó en mi mente. Después habló de exámenes preoperatorios, de preparación, de fechas… y finalmente mencionó el costo: dos mil quinientos dólares. Una cifra inalcanzable. Salimos del consultorio en silencio. A pesar de todo lo que había escuchado, algo dentro de mí se mantenía firme, como si una fuerza invisible me sostuviera.
“Es Dios”, pensé.
Al llegar a casa, le dije a mi mamá que quería operarme en ese hospital. Ella me miró con ternura y determinación.
—Haré todo lo posible —respondió—. Pero si no se puede, será en el hospital público. No importa el lugar, Dios es quien obra. Él usa a los doctores. Pasaron los meses, y la realidad se impuso: no logramos reunir el dinero. Entonces reuní el valor que me faltaba y le dije:
—Vamos al hospital público.
Había comprendido algo esencial: quien me iba a operar no serían los médicos, sino Dios a través de ellos. Me realizaron los exámenes preoperatorios. Curiosamente, fue la misma cirujana del hospital privado quien los revisó. Cuando mi mamá le confesó que no podíamos pagar la cirugía, ella, con una generosidad inesperada, me ayudó a obtener una cita en el hospital público.
—Espero que todo salga bien —me dijo—. Y si cambian de opinión, aquí estaré.
Su amabilidad quedó grabada en mi corazón. Tres días después, acudimos al hospital público. Uno de mis mayores temores era la espera: cirugías programadas con meses de retraso. Esa incertidumbre me inquietaba. Por un lado, deseaba con todas mis fuerzas que me operaran, liberarme por fin de aquello que llevaba dentro. Por otro, el miedo persistía: el temor a que algo saliera mal. Y aun así, en medio de esa dualidad, había una certeza inquebrantable dentro de mí: Si confiaba en Dios, todo estaría bien.
Llegamos al hospital público envueltas en una incertidumbre que no nos abandonaba. Había escuchado demasiadas historias: que conseguir una cirugía en esos lugares era casi imposible, que las fechas se extendían por meses, incluso cuando los casos eran urgentes. Aquellos relatos se repetían en mi mente mientras avanzábamos, y el miedo crecía en silencio.
—Ojalá te la programen para el próximo mes —dijo mi madre durante el camino.
Asentí, aunque esa posibilidad también me estremecía. El tiempo parecía haberse comprimido; ya era 12 de mayo, y “el próximo mes” se sentía demasiado cercano. Al llegar, pasé con el doctor. Revisó cada uno de mis exámenes: las ecografías, la tomografía, los estudios preoperatorios. Observaba con detenimiento, con una concentración que imponía respeto. Luego nos explicó el procedimiento. La cirugía sería similar a una cesárea. Me aplicarían anestesia general; dormirían todo mi cuerpo. Tomaron esa decisión por mí, sabiendo lo nerviosa que era, conscientes de cómo mi presión arterial se elevaba en situaciones de ansiedad. Querían evitar cualquier riesgo, cualquier sobresalto. Normalmente, explicó, se anestesia solo la zona a intervenir. Pero en mi caso, preferían que no sintiera nada, que no pensara, que no temiera. La idea me tranquilizaba y al mismo tiempo me aterraba. Dormirme completamente implicaba enfrentar otro miedo: el de no despertar. Después de la explicación, llegó el momento de escuchar la fecha. Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente: el calor subió por mi pecho, el corazón comenzó a latir con fuerza desmedida. Esperaba, con una mezcla de temor y esperanza, una respuesta.
—La cirugía será programada para el 9 de junio.
El próximo mes.
Quedé en shock. No solo por la cercanía de la fecha, sino porque, de alguna manera inexplicable, esa era la petición silenciosa de nuestros corazones. No se lo habíamos dicho al doctor, pero yo sabía, lo sentía, que Dios había respondido.
—¿Sabes por qué estoy llorando? —le pregunté a la chica con la voz quebrada.
Ella no respondió, pero en su silencio encontré una especie de comprensión.
—Porque Dios nunca me dejó sola —susurré.
Agradecí al doctor con una gratitud que nacía desde lo más profundo. —Todo estará bien —nos dijo—. Aquí los esperamos, primeramente Dios. Y me indicó quién sería el encargado de operarme. A partir de entonces, solo quedaba esperar y seguir creyendo.
Durante esos días, intenté mantenerme ocupada. Continué asistiendo a un proyecto en el que participaba cada sábado, donde nos enseñaban la Palabra de Dios, dinámicas para trabajar con niños, liderazgo, servicio. Era un espacio que me sostenía. Recuerdo especialmente el último sábado antes de la cirugía. El pastor que compartió ese día habló sobre los milagros. Sus palabras parecían dirigidas a mí: habló de pérdidas, de cambios inesperados, de enfermedades, de la fe que se pone a prueba cuando todo parece derrumbarse. Compartió testimonios que encendieron en mí una llama de esperanza. Me quebré, pero también me fortalecí. Esas actividades, esos momentos, eran un refugio. Aunque había días en los que regresaba sintiéndome débil, con náuseas o dolor, en medio de mi fragilidad encontraba una fuerza que no era mía. Venía de Dios. Cuando compartimos la fecha de la cirugía con la familia, la reacción fue de sorpresa y gratitud. Sabían lo difícil que era conseguir una intervención en tan poco tiempo en un hospital público. Para muchos, aquello ya era un milagro. Los días comenzaron a contarse de otra manera. Cada amanecer era uno menos. Cada noche, una más cerca. Cuando faltaban dos semanas, los nervios comenzaron a intensificarse. Y cuando faltaba una, la ansiedad se volvió más palpable. Un lunes, en la iglesia, organizaron un ayuno por mí. Oraron con una intensidad que me atravesó el alma. Sentí una fortaleza profunda, una paz que no venía de las circunstancias, sino de algo más grande. Participé en varios ayunos. Algunos completos, otros solo de oración, porque mi cuerpo no siempre resistía. Pero en cada uno de ellos, sentía que Dios me sostenía. Era una certeza que no podía explicar con palabras. Las personas de la iglesia preguntaban por la cirugía. Al mencionar que sería como una cesárea, se sorprendían. Sabían que era una operación grande.
—Tienes que controlar esa presión —me decían entre sonrisas.
Yo también sonreía, consciente de lo difícil que era para mí controlar mis propios nervios. Y así, llegó la última semana. Luego, los últimos dos días. La última noche en casa. Recuerdo estar acostada, mirando al techo, con el corazón cargado. Lloré. No con desesperación, sino con una mezcla de preocupación y fe. Sentía una presión intensa en el abdomen, como si mi propio cuerpo me recordara lo que llevaba dentro. Los tumores habían crecido, y yo podía sentirlo. Aun así, oré. Y dormí. A la mañana siguiente, salí de casa con lágrimas en los ojos. Mi madre oró por mí antes de partir. Mi familia me abrazó, me dio consejos, me pidió que cuidara mis pertenencias, que no usara demasiado el teléfono. Sus palabras estaban llenas de amor y de despedida. Durante el trayecto, escuchaba alabanzas, intentando calmar el torbellino dentro de mí. Al llegar al hospital, comenzó otra espera. Había muchas personas. Todas con historias, con miedos, con esperanzas. Finalmente, me llamaron. El anestesiólogo me explicó su papel en la cirugía. Me realizaron un último examen. También me pidieron un donante de sangre. Una exvecina se ofreció sin dudar. Ese gesto quedó grabado en mí. Luego, nos llamaron para subir. al quinto piso. Ahí me recibirían. El ambiente era cálido, lleno de movimiento. Personal médico iba y venía, recibiendo a nuevos pacientes. Tomaron mis datos, etiquetaron el frasco donde colocarían los tumores después de la operación. Ver aquello, tan concreto, tan real, me hizo comprender la magnitud de lo que estaba por suceder. Una enfermera amable nos guió hasta la habitación. Entré y miré a mi madre. Y me quebré. La abracé con una angustia que no supe contener. Tenía 18 años, y, aun así, en ese momento me sentía como una niña pequeña que no quería quedarse sola. Ella también lloró. Nunca nos habíamos separado así. Pero debía hacerlo. No había espacio para acompañantes. Y yo ya era mayor de edad. Me despedí de mi abuelita. Les pedí que oraran por mí. Y entonces, vi a mi madre salir. Ese instante quedó suspendido en mi memoria: su figura alejándose, su dolor evidente y yo quedandome atrás. O, al menos, eso parecía. Porque en realidad no lo estaba.Ahora éramos mi Biblia, Dios y yo. Era mediodía cuando me dieron un atol. No podía comer nada más; la cirugía sería al día siguiente. Lo tomé despacio, en silencio. Luego leí, vi una película, oré en mi mente, una y otra vez. Cuando dieron las siete de la noche, una enfermera entró y me entregó una pastilla pequeña, casi insignificante. La tomé y en cuestión de segundos, el sueño me envolvió por completo. Como si, por un momento, todo el peso de la realidad decidiera descansar conmigo.