Un sacrificio por los enfermos
Podía sentir la humedad en el ambiente. El pasto seco contra la piel de sus brazos y espalda, y los sonidos de la noche. Frente a él, un gigantesco ser lo observaba. Estaba entre sombras y cubierto por una negra capa. Lo observaba con insistencia.
A su alrededor había nada. La luz de las estrellas era poco reveladora, pero lo suficiente como para darse cuenta de que estaba en el interior de un árbol, en lo que parecía ser un gigantesco nido.
El árbol ya estaba muerto y no tenía copa, por lo que se podía apreciar perfectamente el cielo estrellado. Algo le decía que estaba en ese lugar en contra de su voluntad y desafortunadamente algo le impedía recordar como había llegado allí.
La verdad era que aún haciendo un gran esfuerzo, ni siquiera recordaba de donde venía.
-¿Don… donde estoy…?- pregunto más para sí mismo que para el ser que lo observaba.
-Estás en parte de mi hogar, Quatre… - respondió el ser oculto en las sombras.
-¿Qué hago aquí? ¿Quién eres?
-De hoy en adelante, Quatre, eres mi sirviente… y la respuesta a quien soy, la sabes perfectamente.
La luna pronto apareció en lo alto y su luz se coló por el hueco superior del árbol. Ambos pudieron apreciarse a la perfección.
Aquel que tanto lo observaba, era un gigantesco ser muy parecido a un cuervo, con cuerpo humanoide, cubierto por una gran capa negra. Estaba sentado en la orilla del hueco lateral, frete a él, que era la entrada al nido en que estaban.
Quatre se espantó visiblemente y un fuerte dolor de cabeza lo hizo recordar pequeños fragmentos de algo horrible que había sucedido.
Un joven con facciones muy borrosas, del que sólo recordaba su cabello castaño, siendo retenido por varios hombres.
Un hombre muy parecido a ese joven, guiándolo junto a un séquito a lo profundo de un bosque gris, que estaba muerto hacía ya muchos años.
Alguien que lloraba y sus lágrimas que caían en el suelo ennegrecido y reseco, justo al lado de un charco de sangre.
El cuervo sólo lo observaba. Aquel joven tan hermoso había sido ofrecido como sacrificio en su nombre. A la luz de la luna su nívea piel se veía mucho más pálida, y su cabello rubio adquiría un extraño matiz que se perdía con la piel. Lo único que resaltaba de aquel triste y aterrorizado rostro eran sus hermosos ojos turquesa, que debido a la pérdida de sangre se veían un poco más oscuros que la primera vez que lo vio.
-Eres el Dios de la Desgracia… -murmuró el joven, con apenas aire en sus pulmones, dándose cuenta de lo que eso significaba.
-Así es…-le respondió de forma queda, como si estuviera agotado de dar esa respuesta -te ofrecieron en el bosque de…
-¡¡Basta!! ¡¡NO QUIERO OÍRLO!!
El cuervo guardó silencio, se levantó y se acercó lentamente al joven, quién en un acto reflejo intentó apartarse y protegerse de la criatura acercándose más a la pared del tronco.
-No te haré daño -susurró el cuervo muy cerca de su rostro. Podía sentir cómo su calor lo alcanzaba sin siquiera tocarlo -… escúchame… tienes dos opciones… -su tono era serio y urgente -regresar a tu gente y arriesgarte a ser asesinado por ellos… o quedarte aquí y ayudarme en lo que te pida… si por la mañana aún estas aquí, tomaré eso como una respuesta a la segunda opción.
Y dicho esto el cuervo se apartó y se marchó por el hueco del árbol, dejando a Quatre en aquel nido.
Quatre estaba sentado en el mismo lugar que el cuervo lo había dejado la noche anterior. Estaba apoyado contra la pared del tronco y se abrazaba las rodillas pensando en qué podía hacer. Tratando de recordar lo que había pasado.
Era cierto. Al parecer había sido entregado en sacrificio al dios, pero más allá de eso no recordaba nada. Si regresaba entonces pensarían que había sido rechazado y que las desgracias y calamidades caerían sobre ellos. En consecuencia, lo matarían por haber sido rechazado. Y si se quedaba, serviría al dios... ¿devoraría su alma, estando con vida?
Las aves comenzaron a cantar, delatando la llegada de la mañana y el sol comenzó a asomar poco a poco iluminando el interior del árbol… ¿ese cuervo también graznaría a la luz del sol?
Para su sorpresa alguien entraba por el hueco lateral del árbol. Un joven de n***o cabello y negros ojos, vestido de blanco se acercaba a él.
Sus ojos eran rasgados, tan delicados, pero de alguna forma lo hacían ver más severo. Su cabello estaba atado en una coleta dando la impresión de una persona rigurosa. Pero la sonrisa que se dibujo en su rostro ablandó todas sus facciones y se mostró como la persona más extrañamente hermosa que jamás en su vida había visto.
-¿Quién… quién eres…?
-Mi nombre es WuFei… pero también me llaman El Dios de la Desgracia…
Quatre quedó sin habla… ¿Era el mismo de la noche anterior?
-¡Imposible! Me estás mintiendo… El Dios de la Desgracia es…
-Un cuervo… ¿cómo crees que llegué hasta aquí?
Quatre se incorporó y se asomó al hueco lateral del árbol. Tuvo que sostenerse de donde pudo para evitar caer de la impresión.
Estaban a unos 100 metros del suelo… y no había ninguna soga o algo parecido cerca.
-¡¿Qué me harás?! ¡¿Devorarás mi alma?!
El joven se puso serio y se acercó al joven tomándolo por la cintura.
-Anoche te lo dije… eres mi sirviente, Quatre –Quatre intentó zafarse pero el joven no lo dejó. Por el contrario lo hizo voltearse mientras aún lo abrazaba por la espalda. Pasó del rojo intenso debido al contacto, al blanco fantasmal. Estaban a 100 metros del suelo… sobre el aire –Si deseas caer antes de que te deje en el suelo solo dímelo.
Quatre se aferró a las manos que lo sostenían por la cintura y se apegó más a aquél ser que se había adueñado de su libertad.
Podía sentir su respiración en su nuca, su calor en su espalda… sus músculos pegados a su cuerpo… sus pies que se recogían debido al contacto con el suelo.
Por fin habían bajado a tierra firme, pero por alguna razón lo lamentaba.
Cuando se vio liberado del abrazo se volteó y observó con atención a aquel joven que no dejaba de mirarlo. Definitivamente no parecía ser el monstruo que describían en las historias.
-¿Cuál es tu respuesta? –Preguntó el joven a Quatre -¿te quedarás? ¿Regresarás?
-Si me quedo ¿que me harás? ¿No se supone que devoras las almas de tus sacrificios?
-¿Entonces te quedarás?... ¡bien!... tu herida ya está curada así que podrás venir conmigo.
Quatre no comprendía nada. Lo había evadido tan claramente. Este Dios de la Desgracia era demasiado diferente a los relatos de los ancianos. Si quería conservar su vida, entonces lo mejor era permanecer con él y hacer caso de sus palabras.
-¿Ir donde?
-A mi hogar… queda cerca de aquí...
Al anochecer llegaron a un pequeño claro protegido por gigantescos y anchos árboles que no dejaban pasar. Solo el cuervo podía pasar a través de ellos y llegar a aquel lugar tan hermoso.
Había un pequeño estanque, y junto a el una choza de madera. También había un pequeño huerto y el resto del claro estaba sin más que pasto largo y una que otra planta extraña. Definitivamente una residencia de campesino, no de un dios.
-Quatre este es mi hogar, y de ahora en adelante será el tuyo.
-… ¿te refieres a… que viviré aquí…?
-Así es… hemos recorrido mucho. Vamos a comer algo.
WuFei ingresó al lugar y Quatre lo siguió de forma muy cautelosa.
El interior era muy sencillo, y las paredes estaban adornadas con varios objetos extraños.
Quatre se acercó a una chimenea que ya estaba encendida al momento de entrar, y se dio cuenta de que no tenía madera ni nada parecido consumiéndose.
WuFei se le acercó con una bandeja con frutas, pan y carne.
-Come todo lo que puedas… debes recuperar tus fuerzas –Quatre lo observaba incrédulo y solo miró la bandeja –no le puse nada extraño a la comida…
-¿Cómo es que el fuego no tiene leña?
-Hay un hechizo rodeando el claro. Cada vez que regreso a casa la chimenea se enciende… no quema nada en absoluto. Este fuego solo calienta aire, por eso la habitación esta caliente… pero si lo tocas, no te quemará. Ahora come, que lo necesitarás.
Quatre accedió a comer lo que el cuervo le ofrecía. ¿Era posible permanecer vivo junto a él? No lo podía creer… eso tenía que ser una mentira o quizás tenía planeado algo para él. De momento debía mantenerlo contento si deseaba permanecer con vida.
-¿Cómo… cómo fue que llegué allá… maestro…?
-… eso es algo que tú debes de recordar… -Quatre observó a WuFei con rabia, pero este solo le observaba con paciencia –si yo te platicara de lo que vi, lo más seguro es que no lo creerías y preferirías quedarte con solo lo que deseas que hubiese ocurrido… eres tú quién desea saber, por lo tanto primero debes hacerte a la idea de que el conocer puede ser una puerta a algo que no deseamos ver en realidad. Hay veces en que nuestras mentes se cierran a hechos horribles, solo para proteger la poca cordura que nos queda. –Quatre meditó aquella extraña respuesta. Quizás el mismo se negaba a recordar lo que había sucedido. Tal vez era mejor no saber nada, por ahora. –si terminaste de comer, quiero que vengas al claro.
WuFei se levantó y salió de la choza. Quatre se quedó pensando un momento en lo que tal vez pasaría. Aquél ser parecía ser honesto en cuanto a quedarse con él. Si era así entonces su mejor opción era quedarse a su lado y ayudarle como su sirviente, ya que no podría regresar a su gente sin pagar las consecuencias.
En conclusión sería condescendiente con este ser que tanto temía la gente.
Se incorporó, y se encaminó al claro donde un gigantesco cuervo lo esperaba.
-…maestro…
-Es extraño que te dirijas a mi con ese calificativo… solo llámame por mi nombre… recuerda que de ahora en adelante te quedarás conmigo.
Quatre se sonrojó al escuchar aquellas palabras, como si de un amante se tratase. Aquel ser estaba lejos de saber como se trataban las personas, así que tenía que prepararse para recibir cualquier tipo de trato de su parte.
-… ¿Qué hará…WuFei…?
-Necesito que te acerques…
El cuervo ubicó a Quatre en un simple circulo dibujado con fuego, como el de la chimenea, y lanzó un puñado de arena al cielo, por sobre su cabeza, que se mantuvo en suspensión.
-¿Que hace…?
-Alza las manos… tal vez te duela un poco, pero nada más sucederá.
Quatre obedeció y vio como el cuervo se hincaba ante él, orando a la luna.
De pronto la arena comenzó a juntarse en círculos y un granito se lanzó a toda velocidad a una de las palmas de las manos de Quatre, para luego introducirse por debajo de la piel.
El dolor lo hizo recoger la mano, pero el cuervo lo observaba con tanta insistencia que debía alzar las manos nuevamente y soportar el dolor de miles de granos de arena que se introducían por sus manos para alojarse debajo de la piel.
Cuando ya no hubo más arena en el aire, el cuervo se incorporó, el fuego se apagó y Quatre cayó de rodillas al suelo tomándose las manos.
-… ¡¿Qué…?!
-Déjame ver tus manos –Ambas manos sangraban. El cuervo pasó una se sus alas por sobre las manos y la sangre comenzó a evaporarse lentamente, hasta que los pequeños piquetes desaparecieron –con este hechizo nadie más que yo te verá –el cuervo se colocó su capa y tomó unas alforjas cerca de él –Ve a abrigarte… tengo que ir a la cuidad que esta cerca de aquí.
Quatre no sabía que pensar. Aquel hechizo había sido muy doloroso, pero se lo había advertido y nada más había sucedido. ¿Seria cierto que nadie podría verlo?
En ese caso, tal vez podría ir donde su gente y averiguar lo que había sucedido realmente, ya que a pesar de haber recordado algunas pequeñas cosas, ignoraba por que lo habían ofrecido al Dios de la Desgracia.
El camino era silencioso. El cuervo caminaba de forma pausada a través de caminos invisibles en el bosque. Sus pasos casi no se escuchaban y si no era por que Quatre caminaba justo detrás de él, pensaría que estaba caminando solo. Esa criatura no parecía tener presencia alguna… pero como humano… emanaba una presencia sofocante e imponente.
¿Acaso era una personalidad diferente dentro de un humano común y corriente?
El cuervo se detuvo, y Quatre chocó contra aquel cuerpo fibroso y liviano.
-Lo… lo siento…
-No te preocupes… hemos llegado…
Frente a ellos había una pequeña comunidad de unas diez casas. Había mucha gente agitada y otro poco reunida a la entrada de una de ellas.
El cuervo alzó un ala y rodeó a Quatre por los hombros, haciendo que se sonrojase levemente por la cercanía.
-¿Qué pasa?
-Entraremos a la casa… si estas junto a mi no te sentirán… no te alejes de mi en ningún momento.
Quatre se agarró de la capa del cuervo y dejó que este lo estrechara más a su costado.
La gente se paseaba de un lugar a otro con semblantes tristes y preocupados. Ninguno de ellos se percató de la presencia del cuervo o de Quatre y para sorpresa de este último, o la gente les abría el paso inconscientemente o parecía que caminaban a través de ellos.
Al ingresar al hogar, vieron más personas sentadas alrededor de una gran mesa, y otras que se asomaban a la puerta de una habitación.
En ella se encontraba una mujer de mediana edad junto a una niña pequeña que se encontraba recostada en el lecho.
-¡¡NO ME DIGA QUE…!!
-¡¡Silencio!!...
Quatre no pudo hacer más que guardar silencio. El cuervo se veía seriamente alterado a como lo había visto antes.
El temor se apoderó de su cuerpo haciéndolo temblar al punto de que el cuervo lo observó. Podía sentir su temblor claramente debido a la cercanía que tenían en aquel momento.
Una pequeña idéntica a la que estaba en el lecho, apareció junto a WuFei.
Quatre no pudo más que sorprenderse ya que la pequeña los observaba a ambos.
-¡¡Eres un cuervo gigante!!
La pequeña del lecho murmuró “cuervo” entre su sueño agónico y la mujer se mostró claramente desesperada, gritando por ayuda para que la desgracia no alejara a su hija de este mundo; y aunque gritara y llorara con toda ña fuerza de sus pulmones, se escuchaba como si estuvieran bajo el agua.
-Lo soy –respondió WuFei con calma –tu cuerpo está muy mal… está cansado…
-¿Cansado?... por eso no podía quedarme en el tanto tiempo. Entonces dormiré para que así no esté tan cansado… ¿Por qué llora mamá?
-Ella llora porque tu cuerpo no podrá moverse otra vez… todos aquí saben que está muy cansado… tanto que ya no puede contener tu alma…
-¿Entonces por eso no podía volver a entrar en él? Señor cuervo… ¿Qué hago?
-Debes dejar a tu madre… y nacer otra vez para que así puedas tener otro cuerpo que soporte tu alma…
-Entonces ¿ahora soy un alma?
-Así es pequeña… ahora, despídete de tu madre. Vendrás conmigo.
La pequeña abrazó a la mujer por la espalda, mientras su pequeño cuerpo en el lecho murmuraba “adiós”, y se alejó de ella tomando al cuervo por una de sus alas.
Los tres salieron de la habitación, luego de la casa y finalmente de la pequeña comunidad a un lugar lejos del bullicio.
WuFei se inclinó ante la pequeña y la abrazó frotando su rostro contra el de ella.
-Adiós pequeña.
-Adiós señor cuervo… gracias por ir a buscarme…
La pequeña comenzó a desaparecer lentamente en un haz de luz proveniente de alguna parte, mientras Quatre observaba todo el proceso en silencio.
-Vamos… debemos ir a otro lugar.
Caminaron en silencio en dirección a otra comunidad. ¿Era eso lo que hacía?
Quatre no hacía más que observar como las almas de los que fallecían intentaban alejarse de él, hasta que comprendían que era lo que hacía, y hasta ese entonces él mismo no lo había entendido.
WuFei no era un dios de desgracia, si no que se encargaba de guiar las almas de los que morían, para que así pudieran descansar en paz.
En cada muerte, los testigos de ella escuchaban al moribundo anunciar la llegada de un cuervo, y hasta algunos que se decían magos, decían ver una negra sombra entrar a los hogares de los afectados. Por ello, la historia de que el Dios de las Desgracias era un gran cuervo se tomó como cierta. Cada vez que se hablaba de un cuervo gigante, era indicio de que la desgracia de perder a alguien se avecinaba.
¿Por qué se distorsionó tanto la verdad?
Quatre deseaba disculparse por pensar en que lo que hacía era devorar las almas de los muertos. Pero al ver al cuervo tan cabizbajo, lo mejor, decidió, era no mencionarlo.
¿O tal vez sí?
Aún no amanecía, y ambos se encontraban descansando en el árbol en el que se conocieron.
-WuFei…
-Dime…
-Lo siento.
WuFei lo miró algo perplejo.
-¿Por qué?
-Pensé que iba a devorar las almas de esas personas… de verdad lo pensé.
WuFei estiró una de sus alas y acercó a Quatre para poder abrazarlo con fuerza.
Era extraño, pero por ser esa ocasión, no lo rechazó ni intentó alejarse de él.
Sentía su corazón palpitar con violencia a través de su fibroso cuerpo. Sentía cómo temblaba y le pareció sentir el anhelo cumplido de que alguien hubiese logrado comprender su tarea. Estaba aliviado.
Quatre respondió a su abrazo y entonces una imagen surgió en su memoria. Aquel cuerpo aferrado al suyo se sentía igual al que había sentido antes: su cuerpo tendido en un charco de sangre mientras algo lo abrazaba con fuerza y oraba por su vida.
Se quedaron así, abrazados, dormidos, cansados.
Desde aquel día le ayudaba en lo que pudiera, dentro de su limitado ser. Juntaba las hierbas que le pedía, le acompañaba a donde se lo pidiera, y seguía pensando en aquella tarea que debía cumplir de vez en cuando. Si bien era algo que no ocurría seguido, cada vez que tenía que ir a recuperar almas para guiarlos en su final, terminaba exhausto. Sus emociones quedaban exhaustas. Ni hablar de lo que estaba pasando por la cabeza de WuFei.
Cada día que pasaba quería conocerlo más. No era horrible ni terrible como decían en las historias. Tampoco era un asesino devorador de almas… siempre trataba de que fuera algo tranquilo para el difunto, lamentablemente no podía hacer nada por los vivos.
Era amable y cauteloso. Sus ojos tan negros reflejaban tristeza pero determinación en cada cosa que hacía. Daba la impresión de que había sido así estando con vida.
Cada vez que lo acompañaba, terminaba teniendo un sueño pesado e intranquilo. No descansaba bien y cada vez que despertaba agitado y asustado se encontraba con WuFei observándolo, consolándolo cálidamente por las pesadillas que comenzaban a ser más recurrentes.
Como cada noche que salían a cumplir con su deber, se habían quedado a descansar en el árbol donde se conocieron. Aquella noche, como otras, WuFei cubría a Quatre con un manto que había preparado para él y lo cubría por completo mientras se acurrucaba a su lado en forma de cuervo para darle algo de calor extra. Ya se estaba acostumbrando a aquello, pero no dejaba se sonrojarse y avergonzarse cada vez que lo hacía. Tenerlo tan cerca comenzaba a afectarlo aunque no de mala manera. Se concentró en el calor que recibía de WuFei, en el sonido quieto de la noche y rogó por tener una larga existencia junto a él. El deseo de regresar a su aldea, estaba comenzando a desaparecer.
Aquella noche, en sus sueños, Quatre veía lo que había sucedido el día de su sacrificio… ese chico, su primo, gritaba y suplicaba por su vida, porque no lo entregasen al dios tan temido. Su propio tío lo había entregado y había realizado el ritual, mientras él por alguna razón no lograba defenderse de nada ni de nadie. Su cuerpo no le respondía.
Porque ya no tenía familia directa había sido entregado en sacrificio.
Y por…
Lo que había provocado…
Despertó de golpe. Estaba sudando frío. Había recordado más de lo que quería recordar. Su propio tío, su propio primo… su gente.
WuFei lo observaba preocupado. Se cubría la boca con ambas manos como si así pudiese contener las lágrimas que se avecinaban como oleadas mientras temblaba de pies a cabeza.
-Quatre…
-WuFei… dígame… por favor dígame cómo fue que llegué allá…