Selene supo que los guardias estaban allí a las siete en punto. Eran dos betas, profesionales, apostados con la disciplina de quienes creen que el mundo se divide entre los que vigilan y los que son vigilados.
Selene los observó desde su ventana, junto a su planta marrón.
—¿Lo ves? —susurró a la planta—. Los lobos siempre creen que vigilan.
Salió de casa con un abrigo ligero. Cuando los guardias se tensaron al verla, ella los saludó con la misma cordialidad con la que uno saluda a un vecino que saca la basura.
—Buenos días. ¿Han desayunado?
Los betas intercambiaron una mirada confundida. —No es necesario, estamos de servicio...
—Era una pregunta, no una oferta —les cortó ella, ajustándose el abrigo—. Si van a estar todo el día aquí, les recomiendo que coman algo decente. Ahora, tiene dos opciones. La opción A es que se vayan ahora y le digan a su Alpha que fallaron. La opción B es que se queden, desayunen algo nutritivo y, esta noche, despierten en el límite norte del territorio con una bolsa de galletas en la mano, por favor, avisen a alguien. No queremos que los familiares se preocupen.
—¿El límite norte? —repitió el guardia del tejado, parpadeando.
—Es una predicción —dijo Selene sin siquiera girarse—. Las amenazas tienen intención de daño. Yo solo estoy describiendo una logística futura.
Para cuando el sol se ocultó, los guardias habían desaparecido.
☪☪☪
El informe llegó a las seis de la mañana. Renn lo leyó dos veces, incapaz de decidir si aquello era un reporte militar o el guion de una comedia negra.
—Alpha —dijo Renn, con la voz plana—, los betas aparecieron en el límite norte. Están sanos, salvos y... bueno, confundidos. No recuerdan nada de las últimas nueve horas.
—¿Alguna señal de lucha?
—Ninguna. Solo esto. —Renn señaló el final del informe—. Llevaban una bolsa de galletas de avena de la panadería Maret.
Kaden se quedó en silencio. La panadería Maret estaba a dos calles de su ruta habitual para comprar el té de Selene.
—Las galletas son de buena calidad —añadió Renn, intentando mantener la dignidad—. Los betas... bueno, mencionaron que estaban muy buenas.
Kaden se levantó. Su despacho, que solía ser un santuario de autoridad y silencio, se sentía ahora como un circo del que él no tenía el control.
—Voy a verla.
—¿Mando un equipo de extracción? ¿O más guardias? —preguntó Renn, temiendo la respuesta.
—No. Que nadie me siga. Voy a hablar personalmente con ella.
Antes de salir, Kaden se detuvo. Su mente de estratega, aquella que había diseñado campañas que duraban años, se detuvo en un detalle minúsculo.
—Renn. Manda a alguien a la panadería Maret.
—¿A investigar si ella es una amenaza?
—A preguntar qué compra, con qué frecuencia y si ha mencionado a alguien de mi manada.
Renn suspiró. —Estás investigando sus hábitos de panadería, Alpha.
—Estoy recopilando información estratégica.
—Sobre sus galletas.
—Sobre sus rutinas —corrigió Kaden con una frialdad que apenas ocultaba su creciente fascinación—. Son cosas totalmente distintas.
Kaden salió hacia la casa de la chica sin marca, ignorando el hecho de que su "objetivo de seguridad" lo estaba tratando como a un repartidor de comida gourmet y a su élite de guardias como a niños de excursión.
Cuando llegó a la casa, Selene estaba sentada con la tetera silbando. Ni siquiera levantó la cabeza cuando él entró.
—La próxima vez —dijo ella, pasando una página de su libro—, diles que pidan las de chocolate. Las de avena son muy secas para una noche en el bosque.
Kaden dejó el té sobre la mesa. Su instinto de Alpha le rugía que debía estar furioso, que debía imponer su ley. Pero en lugar de eso, se encontró buscando una silla para sentarse.
—¿Cómo los moviste? —preguntó, ignorando su propia autoridad—. Están a diez kilómetros de distancia. Es físicamente imposible hacerlo sin que nadie los vea.
Selene cerró el libro. Lo miró con esa calma que no era indiferencia, sino algo mucho más profundo. Algo que sugería que él, el hombre más poderoso del mundo, no era más que un espectador en una obra que ella estaba dirigiendo.
—La física es una sugerencia, Kaden. A veces, la gente la sigue. A veces, simplemente deciden que no es su día para obedecer reglas.
—¿Y tú? ¿Tú decides cuando las reglas no te aplican?
Ella se levantó y le sirvió el té. El aroma llenó la cocina, ahogando cualquier rastro de la ira que él traía consigo.
—Yo no decido nada —dijo ella, entregándole la taza—. Solo observo cómo las cosas, finalmente, caen en su lugar.
Kaden tomó la taza. Sus dedos rozaron los de ella por un segundo. Fue como tocar un rayo en un día de verano. Se quedó allí, bebiendo el té, mientras ella volvía a su libro, ignorándolo con una elegancia que le quemaba la sangre.
Sabía que debería marcharse. Sabía que debía arrestarla, interrogarla o simplemente expulsarla de su territorio. Pero, mientras el aroma del té inundaba la estancia, Kaden Voss se dio cuenta de algo aterrador: no quería que este momento terminara nunca.