Kaden había desarrollado una rutina, aunque su orgullo le impedía admitirlo. A las ocho en punto, el té de Oran; a las ocho y media, la cocina de Selene. Eran dos horas de interrogatorio que él siempre perdía, pero que disfrutaba con una intensidad que le preocupaba.
Renn había dejado de preguntar. Había aprendido que, cuando el hombre más peligroso del continente empieza a comprar hierbas de té como si fuera un boticario, lo mejor es mantener la distancia y limpiar los platos rotos que esa extraña relación dejaba a su paso.
Pero Kaden ya no se limitaba a las mañanas. Sus "patrullas" por el sector sur de Vael habían pasado de ser una necesidad estratégica a una constante. Y hoy, la casualidad —o algo mucho más sofisticado que él se negaba a nombrar— los reunió frente al puesto de Oran.
—Cuatro monedas —decía Oran, rascándose la nuca ante la mirada analítica de Selene—. Es la inflación, señorita.
—Si el costo de producción es el mismo y la demanda no ha cambiado —replicó Selene con la seriedad de un juez—, entonces tu "inflación" es solo un nombre elegante para una subida arbitraria de precios. ¿Quién decidió que esto vale cuatro?
Oran abrió la boca, pero no encontró las palabras. Miró a Kaden buscando auxilio.
Kaden, apoyado contra una pared de ladrillo, se limitó a cruzar los brazos. —El mercado no es una entidad, Oran. No tiene sentimientos. Deja de intentar personificarlo.
Oran se desplomó. —Tres monedas y tres cuartos. Lléveselo.
Selene pagó con la moneda exacta, ya preparada. Kaden la siguió mientras ella se alejaba, fascinado por la eficiencia cruel de su lógica.
—Sabías que aceptaría —dijo Kaden, caminando a su lado—. La pregunta sobre la economía fue una táctica de distracción.
—Las respuestas de Oran son interesantes cuando se le presiona —ella se detuvo ante un puesto de cebollas—. ¿Estas?
El vendedor, aterrado por la presencia de Kaden, apenas pudo balbucear un precio. Selene, en lugar de negociar con miedo, empezó a desgranar la fecha de caducidad del lote, el estado de las raíces y la necesidad de liquidez del vendedor. Cinco minutos después, Kaden terminaba cargando una bolsa de cebollas que ella había conseguido a precio de coste.
—No necesito que cargues esto —dijo ella, aunque no hizo nada por quitársela.
—Ya lo estoy cargando, Selene. No discutas sobre cebollas. Es una pérdida de tiempo.
Caminaron un trecho en silencio. El mercado era un ruido de fondo que ella parecía ignorar por completo, concentrada en el "valor real" de las cosas. Para ella, el mundo no era un reino de jerarquías y Alphas, sino un juego de causas y efectos que ella entendía mejor que nadie.
Al llegar a la esquina de su casa, sus manos se rozaron durante el intercambio de la bolsa. El roce fue breve, pero para Kaden, el contacto se sintió como una descarga eléctrica que le recorrió el brazo.
—Mañana —dijo él, como si fuera una promesa.
—Mañana —confirmó ella, con una calma que parecía estar leyéndole los pensamientos.
Cuando ella estaba a punto de entrar, Kaden decidió lanzar su red, esperando capturar algo de la verdad que ella ocultaba. —Selene. La segunda vez, cerca de las frutas. Alguien te observaba. ¿Quién era?
Selene se detuvo, pero no se giró. Su perfil, bañado por la luz del atardecer, lucía extrañamente despegado de la realidad.
—Había alguien observándote a ti —corrigió, con un tono que heló la sangre de Kaden—. Ya no está.
Dicho esto, cerró la puerta. Kaden se quedó en la calle, con las cebollas en la mano y la certeza de que acababa de ser salvado por segunda vez.
Alguien observándome.
Kaden apretó la mandíbula. Si alguien estaba acechando en su territorio sin que él —el Alpha de Alphas— se hubiera dado cuenta, y si esa chica, que supuestamente no sabía nada de números grandes, lo había detectado antes que él... entonces el juego acababa de cambiar.
Ya no estaba persiguiendo a una anomalía. Estaba persiguiendo a una guardiana.