Charlotte corrió por la puerta trasera al tiempo que los demás se agolpaban alrededor de Sid en busca de información. Subió como un rayo los escalones, con la llave preparada. Su antiguo maletín médico, sin usar desde hacía mucho tiempo, estaba en el armario y tardó un momento en encontrarlo. De camino a la puerta agarró su teléfono y cartera.
Nada de eso tenía sentido. ¿Qué le había pasado a Octavia? ¿Por qué Sid estaba allí en vez de estar con ella? ¿Y qué pasaba con la ambulancia?
—Rápido, querida. Sid está esperando —gritó Rosie mientras Charlotte regresaba—. Llámame en cuanto sepas algo. —Su cara estaba pálida.
—Lo haré.
El motor estaba encendido y la puerta del copiloto, abierta. Charlotte se deslizó en el interior y la cerró.
—El cinturón —murmuró Sid mientras giraba el coche patrulla en dirección opuesta y pisaba a fondo.
—Dime qué sabes. —Charlotte se puso el cinturón y buscó algo de qué agarrarse. A diferencia del coche patrulla de Trev, que estaba inmaculado y repleto del último equipamiento, el de Sid era asqueroso. Había envoltorios de chocolatinas y latas de bebida aplastadas bajo sus pies, y la peste a cigarrillos la hacía tener ganas de vomitar. Los interiores de las ventanillas estaban muy sucios, y en la radio sonaba música country.
—Creo que está muerta.
—Eso ya lo has dicho. ¿Hay una ambulancia en camino?
—No soy estúpido. Fue lo primero que hice, pero está a media hora de camino. El médico verdadero está con una emergencia, así que tendrás que hacerlo tú. ¿Puedes hacer eso?
—El diploma en Medicina dice que sí.
El coche patrulla aceleró en la rotonda, y las ruedas rebotaban sobre las alcantarillas centrales. ¿Por qué Sid pensaba que era seguro conducir así, con las sirenas puestas o no? Entonces, giró por la carretera hacia el vivero de Veronica. Charlotte había pasado por ahí un par de veces. Las casas eran enormes y se ubicaban en grandes jardines.
—Me dirigía al pueblo después de una patrulla. Glenys me hacía gestos con la mano como una loca desde el borde del césped, fuera de la casa de Octavia. Corrí dentro y lo comprobé, pero no pude encontrarle… ya sabes. —Su voz se apagó.
—¿El pulso? ¿Tienes alguna idea de lo que ocurrió? ¿Una caída?
—¿Qué te hace pensar eso? —Charlotte lo vio observándola con sus ojos pequeños y brillantes.
—No has mencionado ninguna señal de sangre o ataque, y las caídas son comunes cuando nos hacemos mayores.
Sid apagó la sirena cuando entró en un amplio acceso entre abedules gráciles y plateados, y chirrió hasta detenerse cerca de un garaje doble. La casa era de dos plantas de ladrillo; un antiguo pero bonito edificio con jardines de estilo británico.
Cuando Charlotte corrió hacia la puerta principal, esta se abrió de par en par. Glenys estaba pálida cuando señalaba al interior.
—Te revisaré en un minuto, pero ahora ve y siéntate, por favor. —La voz de Charlotte reflejaba más tranquilidad que sus manos, lo que la hacía dudar de si iba a ser capaz incluso de abrir su bolso.
Un vistazo al salón y la profesional que había en su interior emergió.
Los sillones antiguos y el sofá hacían un semicírculo cerca de una chimenea grande de mármol ornamentado. La chimenea tenía una altura de dos ladrillos, y terminaba con una losa de mármol.
Octavia estaba tumbada boca abajo, con la parte superior de su cabeza contra la base de ladrillos, en un ángulo inclinado. La sangre se filtraba a la alfombra que había debajo de su cuerpo.
Charlotte se acercó con cuidado a un costado de la mujer y se agachó. Comprobó el pulso y supo que ya no estaba ahí.
—¿No deberías sacar el estetoscopio? —irrumpió Sid.
—Alto. Por favor, ten cuidado dónde pisas y lo que tocas. Y sí, lo haré. Pero lamento informarte que Octavia ha fallecido. —Sid se quedó con la boca abierta y los brazos le cayeron a los lados. En su favor, no entró en la habitación mientras Charlotte buscaba el pulso. Por el color y tacto de su piel, había muerto dos o tres horas antes—. No quiero moverla para buscar heridas, Sid. No hasta que hayan tomado las fotografías pertinentes y…
—¿Qué diablos? Se tropezó y se golpeó la cabeza. No es necesario nada más que…
—Señor comisario. —Charlotte se puso de pie—. Sé que Octavia era muy cercana a tu esposa y esto es molesto, pero le debemos el asegurarnos de que la zona sea examinada. Sí, lo más probable es que haya sido un desafortunado accidente pero, si alguien más está involucrado, ¿no preferirías utilizar tu entrenamiento y posición para asegurar que la justicia prevalezca?
Él parpadeó unas cuantas veces.
¿Demasiadas palabras complicadas?
¿Demasiadas palabras complicadas?—Realmente no crees… —Agarró un radio de su cinturón de policía—. Vigila. —Se dirigió a la puerta principal.
Charlotte guardó su estetoscopio y cerró el bolso. Aparte de la sangre de la cabeza de Octavia, no había otro signo de una herida. Por un impulso, tomó fotos con su teléfono móvil. Solo por si acaso. Primero de Octavia, luego de los alrededores. Tantas como pudo.
—¿Por qué estás haciendo eso? —Glenys estaba en la puerta, con los brazos rodeándola.
Después de recoger su bolso, Charlotte se alejó de Octavia, notando pequeños detalles como el color de la alfombra, el contraste con el azul oscuro de la alfombrilla sobre la que yacía Octavia, armarios antiguos dispuestos por todas partes, y dos grandes bibliotecas. Cuando llegó a Glenys, la guio fuera con la mano gentilmente en su brazo.
—¿Hay algún sitio donde podamos sentarnos? —preguntó. Glenys la guio a un comedor amueblado con más muebles antiguos. Charlotte descorrió una silla—. Creo que deberías descansar.
Glenys se hundió en el asiento y puso la cabeza entre sus manos.
—Esto es una pesadilla. Rezaré por su alma.
—Sid dijo que le hiciste señas.
—Se me terminó la batería del teléfono, y el teléfono fijo de Octavia no funcionaba. No sabía qué hacer. Charlotte, ¿por qué hiciste fotografías?
—Oh. Viejos hábitos, eso es todo. Me enseñaron a tratar cualquier incidente como una potencial… bueno, escena del crimen. Tomé fotos el año pasado después de que rompieran la ventana de Esther, y cuando se destruyó el árbol de Navidad de la rotonda.
—¿Incidente? ¿Es lo único que es ella? —Los ojos de Glenys se llenaron de lágrimas. Charlotte le pasó la mano por la espalda.
—Has tenido una conmoción. Creo que, cuando llegue la ambulancia, tendrán que examinarte. ¿Vale? Y Sid hará que te lleven a casa, o a algún sitio en el que tengas compañía.
—No tengo a nadie.
—Encontraremos a alguien.
—Creo que debería irme ya. Esto es demasiado desagradable. —Glenys empezó a levantarse.
Charlotte la agarró del brazo.
—Probablemente, es mejor que te quedes. Ya puedo oír la ambulancia, así que, ¿estarás bien si te quedas aquí sentada unos minutos más? Regresaré.
Cuando Glenys asintió con la cabeza, Charlotte volvió corriendo a la sala de estar. Había una última cosa que quería hacer antes de que la casa se viera ocupada por las autoridades competentes.