1. Cabra loca
02 de abril de 2020.
—¡¿QUÉ?!
El teléfono casi cayó de mi mano. Los nervios invadieron rápidamente mi pequeño cuerpo.
Eso solo significaba una cosa, una cosa que no sabía si podría cumplir. De pronto me empezó a faltar el aire, sentía que me estaba ahogando y cayendo en caída libre. Me aferré al mueble de la sala de estar, la altura comenzaba a pasarme factura.
Jamás había sufrido por vivir en uno de los edificios más altos de Miami, más bien me sentía plena en las alturas, pero en este momento eso no me era de gran ayuda.
A la lejanía escuchaba la voz de mi hermano, pero no lograba comprender lo que decía. Mi mirada estaba perdida entre las tres paredes de mi departamento y la amplia azotea. Necesitaba aire, como pude se levanté y caminé en esa dirección, deslicé la puerta corrediza que dividía el apartamento de la azotea.
En lo que el aire impactó mi rostro llené sus pulmones. Todo a mí alrededor seguía como de costumbre, pero algo dentro de mí impedía volver a la calma habitual.
Algo no, más bien alguien. Mis cabellos, fijándome que todavía tenía en la mano izquierda el celular.
—¿Hermanita? —Se escuchó la voz desesperada de Carlos Labrador, mi hermano—. Demonios, respóndeme flaca.
Silencio. No sabía qué, pero algo me impedía hablar. En mi garganta sentí aquella presión tan característica de un ataque de pánico.
—Che, llama a Humberto, que prepare el jet directo a Miami —por la línea mi hermano le seguía hablando a la persona que se encontraba con él. Me mentalicé en regular mi respiración y los latidos acelerados de mi corazón—. Contesta Alaska, flaca dime algo. Por favor.
Debía responderle a mi hermano, pero me encontraba perdida entre mis pensamientos. En los pensamientos de una Alaska adolescente. Suspiré, era hora de dejar el pasado a donde pertenecía. Muy lejos de mi presente y de mi futuro.
—Eh- eh —tartamudeé—, aquí estoy Carlos. Solo me fui por unos segundos.
Caminé hacia las sillas de mi azotea para pensarme. Miami se encontraba normal, como de costumbre, solo era en mí la avalancha de sensaciones y sentimientos.
Estaba feliz por mi hermano, claro que sí, pero esa felicidad se veía empañada por lo que significaba. No quería pisar Argentina, no todavía, no sabía si me encontraba en condiciones de viajar, no económicas porque a pesar de estar lejos de mi familia no sufrí ese tipo de problemas, sino en condiciones sentimentales. ¿Estaría listo mi corazón para verlo después de tantos años?
Los últimos años he visto a mi familia cada vez que sus vacaciones han sido fuera de Argentina y ha estado únicamente los Labrador, sin los Arteaga. Mejor dicho, sin el Arteaga que hacía sufrir mi corazón.
—Te noto rara —comentó Carlos, su respiración se escuchó más tranquilidad.
—¿Yo? —pregunté haciéndome la desentendida—. No, para nada hermano. Solo me agarraste fuera de base, ¿Nora aceptó así no más? ¿Sin una dedicatoria de amor? ¿Sin luces artificiales? ¿O se lo pediste en unos de tus demoníacos clubes?
La risa de mi hermano se dejó escuchar, me lo imaginaba en su oficina en la torre Construcciones A.L.P.
Arteaga, Labrador y Pedraza.
Tres buenos amigos que se unieron para cumplir sus sueños y los de las demás personas, Construcciones A.L.P. la fundaron nuestros abuelos, dedicaron todo su tiempo y su cariño por hacer crecer su empresa.
Luego nacieron mis padres y mis tíos, mis hermanos y mis primos hasta nacer yo. Soy la menor del clan Labrador. Una familia muy respetada en Argentina y en algunos países de Latinoamérica, mi familia no solo tiene acciones en el área de construcciones, sino también el área de la aviación, los clubs nocturnos, los parques temáticos, en hoteles y en un sinfín de cosas, mis hermanos y yo a diferencia de nuestros padres nacimos en una cuna de oro.
—Pequeña cabra loca, ¿cómo se te ocurre que iba a proponerle matrimonio en uno de mis clubs? —preguntó. Solté una carcajada, como si no conociese al Christian Grey de mi hermano.
—Guapo, no te me hagas el santurrón, que sé perfectamente en el mundito que te codeas con mi cuñadita —objeté mirando al cielo. El sol estaba en su máximo esplendor. Un clima muy diferente a cuando me encontraba en Argentina.
—Hermanita, hermanita —canturreó—. Que no se te olvide el trauma que pasé en uno de mis clubs al encontrarte con el monigote del novio tuyo.
Uf…
Sonreí al recordar ese día. Mi familia aún no ha aceptado que crecí, y mucho menos han aceptado a mi novio. Un morenazo puertorriqueño que hace mi mundo tabalear con solo tocarme y hechizarme con sus enigmáticos ojos verdes. Con Guzmán aprendí a curar mis heridas.
—Eso pasa por no decirme que pensabas ir a Tenerife, yo te hacía en tu departamento en Buenos aires —señalé, por el rabillo del ojo vi acercarse mi morenazo—, en cambio tú sí que sabías que estaba en esa isla.
Él es mi paz, es ese alivio que viene después de la tormenta. Después de toda la avalancha que generó en mi Gustavo Arteaga, el mejor amigo de mi hermano, él me devolvió la felicidad y las ganas de vivir. Nadie, ni mi familia, ni mi novio y ni mis amigos conocen el motivo porqué hui una noche de Argentina.
—Hola bebé —saludó con su acento borinqueño.
Aun con teléfono en mano me levanté para darle un beso — ¿Cómo te fue amor?
—¡ALASKA! —Gritó mi hermano para llamar mi atención— Hermanita, por favor no quiero escuchar tus babosadas con el cantantucho ese. Piénsalo, te quiero ver el día de mi boda flaca, todos estarían emocionadísimos de verte. Además, en unos días será tu cumpleaños —coloqué los ojos en blanco —. Danos el placer de verte, flaca, ¿sí?
Acaricié el rostro de mi novio para quitarle esa línea en su entrecejo al escuchar a mi hermano, ¿Cuándo mi familia aceptaría que estaba con un hombre que me amaba? ¿Qué es lo que querían para mí?
—Carlos, lo pensaré, pero no es seguro, ¿ok? —le dejé claro—. No quiero que la abuela y el abuelo me llamen mañana para saber cuándo vuelvo.
—Está bien flaca, piénsalo. Y mañana te llamo para saber tu decisión. —Dijo mi hermano—. Te quiero aquí para tu cumpleaños, ¿sí?
Después de cinco minutos pude colgar la llamada con mi hermano. Me senté en sus piernas. Me quedé viendo lo guapo que se veía con ese corte y el como sus rizos caían sobre su frente. Sus labios se estiraron en una sonrisa sincera.
—¿Otra vez tu hermano convenciéndote que me dejes? —a pesar de hacer la pregunta en tono coqueto, sé que le afecta que mi familia piense así de él. Especialmente cuando me ayudó a sanar mis heridas, claro eso es algo que mi familia no sabe, solo Talía, mi prima y confidente.
—Bebé —le dije esa palabra tan común en mi puertorriqueño y que sabía le encantaba—, no te pongas así —le deposité un beso en sus regordetes labios—. Mejor cuéntame, ¿cómo te fue hoy?
—Peter recibió una llamada cuando estábamos en el estudio —Peter es el manager de Guzman y cuando este me habla en ese tono sé que detrás viene una mala noticia—. Decidieron adelantar la gira —su cara me lo decía todo.
Suspiré.
Al final como que mi hermano tendrá razón y deberé ir a Argentina una temporada.
—Nena en dos días nos presentaremos aquí en Miami, luego rodaremos a Orlando Chicago, Washington, Houston, Nueva york, Monterrey, Guadalajara, México, Guatemala City, San Salvador, Tegucigalpa, San José en Costa Rica, —hizo una pausa y continuó—, Panamá City, Carcas, Bogotá, Medellín, Cali…
Dejé de escuchar, los oídos me zumbaban. Eso no era una gira pequeña, era una mega gira. Recorrerían América Latina,¬ rápidamente saqué cuentas y no estaríamos juntos para mi cumpleaños.
Aquello me aflige, desde que nos hicimos novios siempre la hemos pasado juntos. La pasaré sola, sin novio, sin pareja y sin amigos. Mi entrecejo se frunció. No me gustaba aquello.
—Bebé hice todo lo posible por posponerlo y realizar la gira después de tu cumpleaños, pero realmente se escapó de mis manos —su voz sonaba arrepentida, y en su cara podía verlo. La luz de sus ojos no se encontraba chispeante como otras veces, incluso su pose era tensa—. Sabes que estas cosas yo no puedo manejarlas.
Lo medité, yo más que nadie sabía de estas cosas, porque en nuestros inicios me iba con él de gira. Mi trabajo me permitía estar constantemente fuera, en cualquier lado de Estados Unidos, incluso del mundo, así como un informático, pero no, no lo soy. Soy diseñadora de interiores y soy mi propia jefa.
—Alaska solo una palabra tuya y digo que arreglen todo para que vayas con nosotros —toma mi rostro entre sus dedos—. Haré lo que me pidas nena.
La idea es tentadora, pero en estos momentos no es lo que me apetece. Quiero estar tranquila, sin el ajetreo de estar rodando de un lado a otro, sin vuelos infinitos. Además, no quiero pasar así mi cumpleaños.
—Me imagino que tu respuesta es negativa —se adelanta. Su semblante era triste, como de seguro debe estar la expresión en mi cara—. Viaja conmigo hasta Orlando, aunque sea.
Su petición no me produjo ningún tipo de emoción. No es como sino me importase pasar el tiempo con mi pareja, solo que no estaba de ánimos para viajar por todo el país y toda América Latina. Algo insólito en mí, porque soy una amante de los viajes.
Tal vez…
Mi estado de ánimo estaba bajo por él.
¿Para qué negármelo?
Cuando sé que es así. Si viajaba por lo menos podría evitarlo los dos primeros días, incluso un tercero, pero ya en el cuarto día su familia realizaría una cena por su regreso y él estaría entre los invitados. Eran casi familia.
—Guz —lo miré, tan hermoso y tan moreno como la primera vez que lo vi. Pensé muy bien de qué manera decir aquello sin que lo tomara mal—. Agradezco cada intento que estás haciendo por no dejarme sola, pero no me siento con energía para viajar y mucho menos pasar más de tres meses recorriendo países, porque haciendo mis cálculos mas o menos eso es lo que durarás de gira, de tres a cuatro meses. Nos vendríamos viendo para finales de julio o cuidado no sea a mediados de agosto.
«Lo mejor es que me quede en la comodidad de nuestro departamento, cuando me sienta con los ánimos a tope podría viajar y pasar uno o dos conciertos y después volvería.
Silencio.
Silencio tenso.
Sus ojos casi verdes se posaron mí.
—Aunque no quieras decirlo pude notar que la llamada con tu hermano te dejó perturbada —su ceño se frunció, como cada vez que hablaba de mi familia—. Tus razones tendrás para no compartirlo conmigo y lo entiendo...
—Guzman, por favor no te hagas ideas equivocadas —lo interrumpí.
—Tranquila Alaska, no me estoy haciendo ideas, solo estoy diciendo lo que percibí cuando te encontré aquí desorientada —señala. Se quedó unos momentos en silencio para después añadir—. No quiero dejarte sola aquí, considero que o mejor es que viajes a Buenos aires y pases unos días con tu familia, ya lo demás lo iremos viendo. Vamos a vivir un día a la vez, nena.
Buenos aires de mis tormentos.
Es injusto que después de tantos años aun le tenga un odio a mi ciudad, la que me vio nacer, esa que contemplaba todas mis penas, esa que me dejó partir por un mejor futuro emocional.
—Lo pensaré.
—Vamos adentro bebé.