Después del almuerzo donde todo fue tranquilo, gracias al señor, regresamos a la empresa, debido a que no me vine en mi auto, Leonardo me acercaría al hospital. Aprovecharíamos ese momento para hablar y aclarar las cosas entre nosotros. Y aquí íbamos, en silencio. No un silencio incómodo, porque con Leo, los silencios rara vez son incómodos. Por el rabillo del ojo vi como le baja volumen a la música. —Entonces... Lo miré. Sé que esperaba que aquella conversación la comenzara yo, porque yo la terminé. Volteé los ojos. Lo que a él le causó gracia. —Ay Alaska, eres un caso. —¿Por dónde comenzamos? —cuestioné para alargar un poco nuestra "conversación" —. ¿Por la parte donde te encontré decaído en tu oficina? ¿Por la parte en qué estás ocultándonos algo? ¿O la parte en qué tap

