—Me declaro culpable —comentó de la nada, Talía y yo nos vimos sin comprender —. Confieso que estaba buscándote por toda la constructora. —Ay tío, por favor —vociferó Talía —. Sabe perfectamente que las únicas oficinas a las que podría ir Alaska es a la de Leonardo, Enrique, Carlos y la mía. —Padre, disculpe, pero debo irme —DIOS BENDITO, aquella voz, aquella jodida voz enronquecida capaz de hacerle temblar el mundo a cualquier mundana. —Pero Gus, ¿Para dónde vas? —cuestiona—. Quedamos en almorzar con estas hermosas jovencitas. —Gael por Dios, no sea un Casanova —le regañé a manera de burla—. Yo también debo irme, así que les debo el almuerzo —los vi a todos, percatándome que la sonrisa de mi tío caía un poco, seguí mi mirada hasta Gustavo, reparando más segundos en él. Sus ojos ca

