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Camino distraída hacia mi cuarto, mi hermano me hizo mandarle otro mensaje a William, algo que no hago jamás y dos mensajes en un día es más de lo que me comuniqué alguna vez con él en seis años de matrimonio, y mientras sigo mi camino, puedo sentir los pasos de la mascota de mi esposo, su perro endemoniado: Sergio.
Y como no estoy de humor para intentar verme dulce ni mucho menos interesada en lo que tenga que decir, ataco primero y antes de que el perro ladre le digo sin detener mi camino o dignarme a detenerme y voltear a verlo.
—Sergio, ya le avisé a mi marido que estoy en casa, avísame si quiere comer o cenar conmigo con tiempo para que me cambie y no recibiré a nadie de mi familia que no sea mi hermano y no te atrevas a decir nada que no tenga que ver con el señor de la casa porque no me interesa nada más-.
Llego hasta mi cuarto y podría jurar que de repente el ambiente frío de esta mansión se calentó, probablemente por las llamas venidas del infierno que soltó Sergio, pues no lo dejé hablar y probablemente le cerré la puerta en la cara sin darle la oportunidad de reprochar algo. ¿Qué me querría decir? No lo sé, pero si no insistió, debía ser algo relacionado con su amo, pero esta vez me le adelanté…
Y debe ser así desde ahora, porque, mi hermano lanzó una bomba sobre mi espalda. La cantidad de información que me dio, además de todas las instrucciones que tengo que hacer para cambiar mi situación actual, es demasiado para mí.
¿Fingir que me agrada mi esposo, al grado de disfrutar del sexo? ¿Se puede fingir el amor y el placer? ¿Cómo hacer eso? Cuando mi realidad es que… lo odio, lo odio desde el fondo de mi ser, a él, a mis padres y a mi hermana.
Esa perra.
No me molesta que sea la amante de mi esposo, me molesta que ni aun metiéndose entre sus piernas logró que ese infeliz me dejara en paz, menuda idiota. ¿Qué tan imbécil tiene que ser cómo para creer que por montarse una v***a ya ganó algo? Pobre infeliz, no le bastó con siempre intentar arruinarnos la vida a mi hermano y a mí, encima de eso, ahora intenta desprestigiarme a mis espaldas, a pesar de ser ella, la abre fácil de William.
Me quito mis tacones y me siento frente a mi tocador, cuando me doy cuenta de que recibí un mensaje de ese hombre al que tengo que llamar esposo:
Paso por ti a las ocho. Vístete apropiadamente.
No sé si reír o llorar.
Todo lo que me contó mi hermano es demasiado para mí, pero tengo que actuar. Haré lo que mi gemelo me dice, hasta cierto punto, porque él se queda corto con sus planes; yo quiero ir más allá. Así que a pesar de mis miedos respondo:
Está bien, te espero a esa hora. ¿Podemos ir de compras después? Quiero que elijamos un regalo.
La respuesta llega enseguida:
Lo pensaré. Te quiero en la puerta cuando llegue.