Capitulo 9

2256 Words
Astrid Mis músculos arden, pero no cedo. Giro, estiro mis brazos tal como me lo piden, aunque cada fibra de mi cuerpo grite que me detenga. —De nuevo— dice Anastasia, nuestra nueva profesora. Su tono es impasible, como si lo que exigiéramos de nuestros cuerpos no tuviera consecuencias. Ella se sumó al staff hace apenas una semana, justo cuando comenzaron los ensayos exhaustivos para la obra. Desde entonces, se ha convertido en una sombra constante, evaluando, corrigiendo, exigiendo. Ella se encargará de la coreografía completa. Todos estaban emocionados al saber que "la gran Anastasia Petrova" sería parte del equipo, y yo también lo estuve. Por un instante, me sentí afortunada. Creí que me enseñaría, que vería algo especial en mí. Pero eso fue antes. Ahora ya no pienso que es estricta. Estricta era mi anterior profesora, que me empujaba, pero también me cuidaba. Anastasia no. Anastasia es fría, cortante, y, sobre todo, implacable. Y he dejado de pensar que simplemente tiene estándares altos; creo que no le caigo bien. Y no hace nada por disimularlo. —De nuevo, señorita Hoffman— repite, elevando la voz para que todos escuchen—. Se supone que es lo suficientemente buena y por eso la han elegido, ¿no? Siento cómo se me cierra la garganta, pero asiento. El sudor me recorre la espalda, pegando mi ropa al cuerpo, intento recuperar la respiración mientras me coloco de nuevo en posición. No voy a dejar que me derrumbe. No aquí, no frente a ella. —Julián— ordena entonces, con ese tono que no deja lugar a preguntas—. Súmate a ella. Intentémoslo desde el principio. Lo veo acercarse por el espejo. Julián. Su porte es firme, confiado. No se nota cansado, aunque sé que lo está, todos lo estamos. Él me lanza una mirada rápida, como preguntando si estoy bien. Le devuelvo una apenas imperceptible sonrisa. Estoy bien, tengo que estarlo. Respiro hondo. Este es mi sueño. Esta es mi oportunidad. Eso me repito. Aunque mis piernas tiemblen, aunque la voz de Anastasia se clave como una aguja en mi pecho. Tengo que resistir, tengo que mejorar. Tengo que demostrar que no se equivocaron al elegirme. Y, sobre todo, tengo que demostrarle a ella que sí soy lo suficientemente buena. La música comienza de nuevo. Y yo bailo como si mi vida dependiera de ello. No sé cuánto tiempo ha pasado, horas quizás cuando la música se detiene de golpe, como si alguien la hubiese cortado con un cuchillo. —Eso es todo por hoy— dice Anastasia, secamente—. Ensayaremos esta parte de nuevo mañana. Espero ver una mejora notable, señorita Hoffman. Ni siquiera me mira al decirlo. Simplemente toma su cuaderno, anota algo y se aleja con paso firme, resonando en el suelo de madera como latidos de un reloj que me recuerda que el tiempo se acaba. El resto del grupo comienza a dispersarse. Algunos conversan en voz baja, otros recogen sus cosas sin decir una palabra. Siento el temblor en mis piernas mientras me inclino para tomar mi botella de agua. La noto casi vacía, pero bebo los últimos sorbos como si fueran un consuelo. Estoy por sentarme a estirar cuando escucho pasos acercándose por detrás. Me enderezo. —¿Te quedarías un rato más? — dice Julián, con la voz suave, como si temiera que decirlo en voz alta hiciera que me desmoronara. Lo miro. Él sostiene su bolso en una mano, pero no parece tener prisa. Hay algo en su mirada, una mezcla de preocupación y decisión. —Podemos practicar la escena— añade—. Si quieres, claro. No estaba tan mal… solo hay que ajustar el ritmo. La energía. —¿La energía? — repito, soltando una pequeña risa, aunque no sé si es nerviosa o resignada. Él asiente. —Sí. Eso que tienes cuando no estás pensando en ella. Sus palabras me toman por sorpresa. Bajo la mirada, no quiero admitir cuánto me afecta Anastasia, pero él lo ha visto. Todos lo han visto. —No quiero que te desgastes más— digo, aunque en el fondo quiero quedarme. Quiero seguir, quiero hacerlo bien. —No es desgaste— responde—. Me gusta trabajar contigo, Astrid. Y creo que podemos lograr algo bueno. Si también quieres, claro. Levanto la vista, la sala está casi vacía. Afuera, el sol comienza a esconderse tras los ventanales, tiñendo de ámbar el suelo. Es el único momento del día en que el estudio se siente tranquilo. Silencioso. Nuestro. Asiento. —Quiero. Julián sonríe apenas. Camina hacia el equipo de sonido y vuelve a poner la pista. Luego se acerca a mí, tendiéndome una mano. —Desde el principio— dice, repitiendo las palabras de Anastasia, pero con un tono completamente distinto. Y por primera vez en todo el día, no siento que estoy luchando sola. Nos colocamos en posición. La música comienza, suave, tensa. Esta vez intento no pensar. Solo moverme, sentir. Cierro los ojos por un segundo y dejo que el ritmo me guíe. Julián me toma de la cintura, me gira, doy un paso atrás, otro hacia él… —No— dice una voz profunda desde las sombras del fondo del salón. Me sobresalto y Julián también. Giramos al mismo tiempo. Vladimir está allí, apoyado contra la pared, los brazos cruzados, la mirada fija en mí. Ninguno lo oyó entrar, y mucho menos lo esperábamos. —Ella no te está siguiendo, Julián. Está repitiendo movimientos— dice mientras se acerca—. No hay fuego en eso, no hay seducción. Esta escena es deseo, tensión, peligro. —Estamos practicando— responde Julián, incómodo. —Lo sé. Por eso estoy aquí— dice Vladimir, sin siquiera mirarlo—. Astrid, te dije algo hace unos días. ¿Lo recuerdas? Sobre cómo ser tu misma en el escenario. Asiento, apenas. La garganta me arde. Julián se despega de mí, incómodo. Vladimir le dedica apenas una inclinación de cabeza. —Es suficiente por hoy. Gracias. Julián duda, pero termina asintiendo. Recolecta sus cosas y se va sin decir más. El salón queda en silencio. Solo el eco de sus pasos alejándose. Siento que el aire se vuelve más espeso cuando Vladimir se acerca. No dice nada por un momento. Solo me observa. Me quema. —La seducción no es un movimiento técnico— sigue él, acercándose un paso más, sin romper el contacto visual—. Es una mirada, una pausa. Una intención. Tienes que arrastrarlo hacia ti. Hacer que te desee, que olvide que está actuando. Mi voz esta seca y mis músculos tensos, todo parece flotar a mi alrededor, pero también volverse más pesado. Más real. —Vamos de nuevo— dice, en voz baja—. Esta vez conmigo. —¿Qué? — susurro. —Sedúceme, Astrid— dice, sin titubeos—. Muéstrame lo que tienes. Lo que escondes cuando bailas con miedo. El corazón me golpea en el pecho. Él extiende una mano, y yo la tomo. Nos colocamos en posición. Su mano en mi espalda baja. Su otra mano toma la mía, firme. La música empieza de nuevo. Sus ojos no se apartan de los míos. Nos movemos. Y esta vez, lo siento. No como antes, no como una coreografía. Lo siento en mi piel, en el calor de su palma contra mi cintura, en cómo me guía y me exige con solo un giro de su muñeca. Gira, sostén, roce. Su mano roza mis costillas al atraparme en el giro. Se queda ahí un segundo más. Justo al borde. Mis pechos se elevan al compás de la respiración, y él está ahí, apenas, sintiéndolo, pero sin tocar del todo. Nos deslizamos, nos buscamos. Lo veo en sus ojos: no está actuando. Y yo tampoco. Cuando me eleva, siento la fuerza contenida en sus brazos. Me sostiene como si pudiera romperme, pero no lo hace. Su mano se aferra a mi muslo, su boca cerca de mi oído. —Así— susurra, tan cerca que siento el roce de su voz contra mi oído—. Así se baila el deseo. Su voz es un roce en mi piel, más íntimo que cualquier caricia. Tiene ese tono grave, bajo, que vibra dentro mío, que me hace arquear apenas la espalda como si ya me hubiese tocado. Me acerco, despacio. Lo rodeo con los brazos, y mis dedos se aferran a sus hombros. Siento sus músculos tensos bajo la tela de su camiseta. Giro, y me dejo caer con todo el peso de mi cuerpo confiando en que me sostendrá. Y lo hace. Me atrapa como si fuera lo único que importa. Me recoge del suelo y me aprieta contra su pecho. El mundo se disuelve, y ya no hay salón de ensayo, ni luces frías, ni espejos, solo nosotros. Dos cuerpos buscándose, dos cuerpos encontrándose. Una excusa, eso es lo que fingimos que es. Pero los dos sabemos que no es así. La música avanza y me dejo llevar. Mis caderas rozan las suyas al girar, su mano baja apenas cuando me impulsa hacia atrás, rozándome donde no debería. Pero no me detengo. No quiero. No puedo. No puedo... porque sé que esto no es parte del ensayo. No puedo porque su mirada me consume, porque su toque me deja sin defensa, porque esto no es solo baile. Es otra cosa. Algo más oscuro, más peligroso. Y sin embargo... Quiero. Quiero que me toque de nuevo, quiero saber qué pasaría si no se detiene. Qué haría si me dejo ir, si dejo caer por completo el telón. Si dejo de esconderme detrás de los pasos perfectos y me entrego al fuego que está empezando a devorarme desde dentro. Cuando me alza en el aire, sus manos se aferran a mi cintura, y al bajarme, no se aleja, no se separa. Me sostiene contra él como si su cuerpo hablara lo que su boca calla. La música se apaga. Pero ninguno de los dos se mueve. Su respiración choca con la mía, igual de agitada, igual de tensa. Siento su pecho subir y bajar contra el mío. Su mano sigue firme en mi cintura, la otra, más atrevida, reposa sobre mis costillas, apenas por debajo de mis pechos. Tan cerca, tan al borde. Siento el calor de su palma quemándome. Levanto la vista. Nuestros ojos se encuentran. Y es ahí donde todo estalla. Hay deseo. Crudo. Palpable. Irrefrenable. Late en su mirada oscura, en su mandíbula tensa, en la forma en que sus dedos presionan un poco más fuerte, como si no quisiera soltarme. El aire entre nosotros vibra. Está cargado, eléctrico, como antes de una tormenta. Me doy cuenta de que no estoy respirando, de que lo miro y lo único que quiero es que acorte esa distancia mínima que aún existe. Que me bese. Que cruce esa línea. —¿Sientes eso? — murmura, su voz apenas un hilo—. Esa es la esencia de la escena. Eso es lo que quiero que muestres. Pero no se aleja. No me suelta. Y yo… yo no quiero que lo haga. —¿Eso buscabas? — pregunto, apenas un susurro, sin poder evitar que mi voz tiemble. Su mirada se clava en mis labios, el silencio se estira y siento que algo está a punto de romperse. Sus dedos se flexionan ligeramente sobre mi piel, como si se debatiera entre sostenerme... o devorarme. —No— dice, finalmente, con los ojos clavados en mi boca—. Pero definitivamente... eso me encontró a mí. Mi corazón golpea tan fuerte que temo que lo escuche, que lo sienta. O quizás ya lo hizo. Porque cuando sus dedos se mueven apenas —una caricia leve, casi imperceptible—, mis labios se entreabren solos, y por un segundo pienso que va a inclinarse. Que va a tomar lo que ambos fingimos que no queremos. Pero no lo hace. Solo me mira. Y lo que hay entre nosotros está ahí, flotando en el aire espeso entre nuestros cuerpos pegados y no se puede disimular. Podría besarlo, podría hacerlo ahora mismo. No sé si lo deseo más por provocarlo o porque de verdad lo necesito. Pero entonces, la puerta del salón se abre de golpe. —¿Vladimir? La voz aguda, sorprendida y cargada de una nota que no me gusta nada, rompe el hechizo como una bofetada. Vladimir retrocede, lo hace sin brusquedad, pero lo suficiente como para que el aire frío se cuele entre nosotros. Como si el mundo regresara de pronto. Anastasia está en la entrada, con los labios pintados de rojo y los brazos cruzados sobre su abrigo elegante. Nos mira, primero a mí —como si pudiera leer mi piel, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar— y luego a él. —Estaba ayudando a Astrid con la coreografía— dice Vladimir, su voz firme, neutra. Inaccesible. Como si nada hubiera pasado, como si mis labios no hubieran estado a un segundo de los suyos. Anastasia sonríe. —Vlad— dice, con ese tono meloso que se te pega en la piel como perfume barato—. Vamos, te estaba esperando. Él asiente, sin mirarme esta vez. Solo se aparta, camina hacia ella con la misma calma controlada con la que me había tocado hace unos segundos. Y yo me quedo sola. En medio de este enorme salón. Con la música apagada, con el cuerpo aún temblando. Y las manos de Vladimir todavía impresas en mi piel.
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