Vladimir
La noche se me había escapado entre los dedos, un fiasco absoluto que no podía sacudir de encima.
Probé todas las técnicas que conocía: escuchar, sonreír, asentir. Hablé más de lo habitual. Nada funcionó, cada palabra que salía de boca de los demás era ruido blanco, cada risa, un zumbido lejano. Yo no estaba ahí.
No podía estarlo.
Porque cada maldito pensamiento me arrastraba de vuelta a ella. A sus ojos grises como tormenta, a la manera en que su cuerpo parecía encajar con el mío como si hubiera sido hecho para eso, para mí. A cómo se movía entre mis manos con una confianza que me volvía loco, con una entrega que no sabía si merecía.
Incluso vestida, el calor que irradiaba era suficiente para quemarme desde dentro.
Mis manos todavía hormigueaban con el recuerdo de su piel bajo mis dedos. Aún podía sentir la presión exacta de su cintura, el leve temblor en su respiración cuando la acerqué demasiado. Y su nombre—joder, su nombre—era una constante en mi cabeza, golpeando como un tambor de guerra. Astrid. Astrid. Astrid.
Pensar en ella era como jugar con fuego en un campo minado. Sabía que podía quemarme, pero no podía evitarlo.
Estoy jodido.
Lo sé. Porque, es una línea que no debo cruzar, un territorio prohibido que no me pertenece. Y aún así, cada día mi autocontrol se desgasta un poco más. Como una soga tensa que amenaza con romperse con el más mínimo tirón.
Especialmente cuando la tengo tan cerca… y me mira de esa manera. Tan intensa. Tan honesta. Tan jodidamente peligrosa.
Sacudo la cabeza, intentando ahuyentar la imagen. Anoche, después de arruinar completamente la cena con mi falta de interés —que ni siquiera me molesté en disimular—, llevé a Anastasia de regreso a su departamento. Ni siquiera intentó ocultar su enfado, me lanzó una catarata de reproches que apenas escuché. Lo único que hice fue asentir mientras miraba por la ventana, deseando estar en otro lugar. Con otra persona.
Con ella.
Después, fui directo a mi apartamento, buscando la paz que sabía que no iba a encontrar. Y así fue: pasé horas dando vueltas en la cama, viendo cómo el cielo pasaba de n***o a gris y después a un tenue azul. Pero el amanecer no trajo descanso, solo trajo más claridad sobre lo que ya sabía.
Que estoy al borde de perder la cabeza por alguien que no debería desear.
Terminé por rendirme.
El insomnio me empujó a salir de la cama mucho antes de lo razonable. Al no poder dormir, me vestí sin pensar demasiado, enfundándome en la primera ropa deportiva que encontré, y fui directo al gimnasio. Mi plan era simple: agotarme. Castigar el cuerpo para silenciar la mente.
Pero no funcionó.
Corrí kilómetros en la cinta, levanté más peso del que debería, estiré cada músculo hasta sentirlos arder. Y, aun así, no encontré el alivio que buscaba. El cansancio físico no hizo más que dejar espacio a la claridad mental, esa que me torturaba con su presencia. Cada gota de sudor parecía traer consigo una imagen de ella, de Astrid. De su risa suave, de la curva de su cuello, de cómo me miró esa última vez como si viera demasiado de mí.
Como si supiera.
Regresé a mi habitación y entre al baño en silencio, me duché y traté de volver a la rutina. Trabajo, responsabilidades, papeles. Documentos que debía leer, contratos por revisar, correos urgentes que pedían respuestas, pero nada logró arrancarme de ese estado ausente en el que me encontraba. Cada palabra escrita se volvía ilegible, cada intento de concentración terminaba desmoronándose como castillos de arena bajo la marea.
El día transcurrió así. Un borrón, una sucesión de horas que no viví, solo soporté.
Y para cuando el sol comenzó a caer, sentí que no podía más. Que el encierro me estaba devorando, que, si seguía dentro de esas cuatro paredes, iba a perder el poco control que me quedaba.
Tomé mi chaqueta, las llaves, el celular, y salí. No sabía exactamente a dónde iba, solo que necesitaba aire.
Aire real. No el estancado de mi departamento, ni el artificial del gimnasio, ni el que cargaba con el peso de su nombre.
Solo quería respirar. Apagar el ruido, alejarme de ella, al menos por un rato.
Pero ya sabía cómo terminaban esas intenciones.
El aire fresco me golpeó en la cara apenas crucé la puerta del edificio. Era uno de esos atardeceres en los que el cielo parecía haber sido pintado a mano, con tonos anaranjados y rosados que bordeaban las nubes como fuego líquido.
Caminé sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y el pecho lleno de ese vacío que no se deja nombrar.
Doblé algunas esquinas, crucé calles sin prestar mucha atención. No sabía exactamente hacia dónde iba, pero el cuerpo parecía guiarse solo, como si tuviera memoria propia. Como si supiera lo que la mente se empeñaba en evitar.
Y entonces la vi.
Sentada sola en una cafetería de esquina, en el centro de la ciudad justo al lado de la ventana.
Astrid.
El pecho me palpitaba con fuerza, como si quisiera escaparse y encontrarse con ella. Me detuve en seco, a unos metros de distancia, oculto por el marco de una librería cerrada. No sé cuánto tiempo me quedé ahí, mirándola, estudiándola como si fuera una visión irreal, un espejismo que podría desvanecerse si parpadeaba demasiado fuerte.
Estaba hermosa. Con el cabello suelto cayéndole por los hombros, un suéter claro que contrastaba con su piel, y esa manera de morderse el labio inferior mientras miraba a su alrededor, como si esperara a alguien. Como si buscara algo.
Por un momento desee que me buscara a mí, por muy ilógico e irreal que sonara eso. Pero, seguramente estaba esperando a algún amigo, a alguna amiga. A alguien que no era yo. Porque, ¿qué sentido tendría que me esperara?
Y, sin embargo, me quedé ahí. Diez minutos. Contados. Vi cómo cruzaba y descruzaba las piernas. Cómo hojeaba el menú sin leerlo realmente, cómo se tocaba la cadena que siempre llevaba al cuello, nerviosa, distraída.
Y entonces lo supe.
Ya no tenía caso seguir huyendo.
Entré.
El sonido de la puerta al abrirse hizo que levantara la vista. Nuestros ojos se encontraron y, por un segundo, el mundo pareció detenerse. El bullicio alrededor desapareció, no había conversaciones, ni tazas chocando, ni aroma a café.
Solo ella.
Y yo.
Me acerqué sin decir una palabra, con el corazón golpeando en mi garganta, y me senté frente a ella. Astrid parpadeó lentamente, como si aún procesara que realmente estaba ahí, como si mi presencia no encajara del todo con el lugar ni con el momento.
—Hola… — murmuré, con una voz más baja de lo que pensaba.
Sentí cómo el aire alrededor se espesaba, como si el tiempo se ralentizara y solo existiéramos nosotros dos en esa burbuja invisible.
—¿Tú…? — miró a ambos lados, sorprendida, como si alguien fuera a aparecer y confirmarle que esto no era una alucinación—. ¿Qué haces aquí?
—Supongo que lo mismo que tú— respondí, encogiéndome de hombros con aire casual, aunque por dentro todo era tensión.
—¿Estás en una cita? — preguntó con un dejo de incredulidad, y algo en mí —algo inexplicable, primitivo y visceral— se revolvió con fuerza. Como si la sola idea de que ella estuviera en una… me envenenara la sangre.
—¿Y tú? — repliqué, esquivando su pregunta con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella desvió la vista, consultó la hora en su celular, y luego soltó un suspiro leve. Cuando sus ojos grises volvieron a encontrar los míos, ya no había sorpresa en ellos. Solo una calma resignada que no supe interpretar del todo.
—No. Después de veinte minutos y sin ninguna llamada, se puede considerar un desplante— dijo, sin rastro de tristeza en la voz. Lo dijo con la naturalidad de quien ya no espera demasiado de nadie. Y eso… eso no me gustó nada.
¿Qué clase de idiota deja plantada a una mujer como Astrid?
Una parte de mí —la más irracional, la más honesta— quería encontrarlo y partirle la cara por atreverse a hacerle eso. Pero otra parte, más egoísta, más oscura, se alegraba en silencio. Porque no tendría que verla con otro. Porque, en este momento, estaba sola.
—Si te ha dejado plantada sin siquiera un patético mensaje, entonces no vale la pena para ti— solté, sin poder contener la dureza de mi tono.
—Ya lo creo que no— respondió con una media sonrisa, girando distraídamente un mechón de su cabello entre los dedos—. Entonces… ¿estás en una cita?
—No— dije, agarrando el menú sin mirarlo realmente—. Salí a caminar y terminé aquí. Se me antojó un café.
—Este es un muy buen lugar— murmuró. Su voz se volvió más suave, casi íntima—. El café con vainilla que hacen es el mejor que he probado.
—¿Vienes seguido?
—A veces. Cuando quiero desaparecer un rato— contestó sin mirarme, mientras pasaba el dedo por el borde de su teléfono.
Hubo un silencio, no incómodo, pero sí denso. Como si ambos midiéramos cada palabra antes de dejarla salir. Como si algo estuviera a punto de romperse… o de comenzar.
—Entonces— dije, esforzándome por mantener el tono casual, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba—, ¿qué te parece si pedimos algo?
Ella me miró largo rato. Su expresión era inescrutable, como si estuviera decidiendo algo importante. Tal vez lo estaba.
Yo, por mi parte, me obligué a quedarme quieto, a no apartar la vista. A no mostrar lo mucho que me temblaban los nervios por dentro.
Finalmente, asintió.
—Sí— dijo, en voz baja—. De acuerdo.
El camarero se acercó y pedimos. Ella eligió su café con vainilla, como había dicho. Yo pedí un café n***o sin azúcar, sin pensarlo demasiado. En realidad, lo único que quería era quedarme allí un poco más.
Cuando el mozo se alejó, el silencio regresó, pero esta vez era distinto. Más cálido. Cargado de algo que no sabíamos cómo nombrar.
La observé unos segundos. Ella miraba hacia la ventana, con el rostro bañado por los últimos rayos del atardecer. Parecía de otro mundo, como si encajara más en una pintura que en una cafetería de ciudad. Había algo en ella… algo que siempre me descolocaba de alguna manera.
—¿Hace cuánto que bailas? — pregunté finalmente, rompiendo el silencio con una suavidad que me sorprendió a mí mismo.
Astrid parpadeó, sorprendida. Sus ojos grises buscaron los míos, como si no esperara esa pregunta, como si mi interés la tomara por sorpresa.
—Desde siempre— respondió, sonriendo con un deje de timidez—. No he hecho otra cosa desde niña.
Se humedeció ligeramente los labios al hablar, un gesto inocente que no debería haberme afectado tanto, pero lo hizo. El movimiento me distrajo y por un instante no pensé en lo que iba a decir después, solo en la curva suave de su boca y en lo cerca que estábamos.
—¿Y por qué fue el ballet?
—¿Por qué el ballet? — repitió, bajando la mirada, pensativa. Su dedo empezó a trazar círculos invisibles sobre la taza de café—. Nadie suele preguntarme eso. Solo asumen que fue algo de niñas… o que simplemente se me daba bien.
—Yo no quiero asumir nada— dije con honestidad—. Quiero saberlo. De verdad.
Se acomodó en la silla, como si buscara una posición más firme, más segura. Apoyó las manos sobre la mesa, y entrelazó los dedos. Su voz, cuando habló, se volvió un susurro íntimo, cargado de algo que no sabía si era melancolía o algo más profundo.
—He bailado desde que tengo memoria, pero recuerdo que tenía cinco años cuando mamá me llevó a ver El lago de los cisnes. Y… no sé cómo explicarlo, pero algo se encendió dentro de mí. No fue solo que me gustara, fue como si mi cuerpo supiera. Como si hubiera estado esperando ese momento. El escenario, la música, la forma en que flotaban… Me dolieron las manos de tanto apretarlas. Quería estar ahí.
Hizo una pausa. Su mirada vagó por encima de mi hombro, lejos. El atardecer se reflejaba en sus pupilas, y por un segundo tuve la certeza absurda de que nunca había visto a nadie tan hermosa.
—Recuerdo que, al salir, le dije que quería volar como Odette. Que quería aprender a flotar. Poco después descubrí que mamá había sido una bailarina frustrada. Al principio no quiso que siguiera sus pasos.
—¿Por qué no? — pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Porque ella no lo logró. Y no quería que yo pasara por lo mismo— dijo, mordiéndose el labio inferior. El mismo gesto de antes. Íntimo. Familiar. Devastador—. Fue papá quien la convenció de dejarme intentarlo.
Sonrió con ternura. No para mí, para el recuerdo. Pero me hizo desear ser parte de su historia.
—Y desde entonces no paraste— comenté con admiración, aunque una parte de mí se encogió con una punzada. No podía evitar imaginar cómo habría sido verla bailar en ese entonces.
—No. Hubo días en los que dolía tanto que pensé en rendirme. Días en los que odié mi cuerpo, mi reflejo, mis límites. Pero siempre volvía. Siempre. Porque es lo único que me hace sentir completamente viva. Como si, por unos minutos, el mundo dejara de pesar tanto.
La miré. No por cortesía, no por interés. Porque no podía evitarlo. Era su voz, sus ojos. El leve temblor de su muñeca mientras hablaba. La forma en que su cabello se aferraba al suéter, como si el mundo mismo quisiera tocarla. Y algo en mí —algo roto, algo enterrado— tembló.
—Debe ser hermoso— murmuré—. Encontrar algo así.
Ella no apartó la mirada. Había algo en sus ojos que parecía sostenerme desde dentro.
—¿Y tú? ¿Cómo se sintió ser un prodigio?
Tragué saliva. Buena pregunta.
—Bien— dije. Después añadí, sin pensarlo—. Amaba la danza.
—¿En pasado?
Me tomó por sorpresa. No por la pregunta, sino por cómo la hizo, sin juicio. Solo una curiosidad que calaba hondo.
—Bailar ya no es lo mío— respondí, la voz más brusca de lo que habría querido. Una parte de mí se cerró al instante, como si aún doliera demasiado—. Los negocios se me dan mejor ahora.
Mentira.
De esas que se clavan tan hondo que empiezan a sonar a verdad.
—¿Y eso… te hace sentir vivo? — preguntó con suavidad, pero con una puntería quirúrgica. No parecía querer hacerme daño, solo entender. Solo estar cerca.
La miré. Podría haber mentido otra vez. Pero no quise.
—Últimamente… — inspiré profundo, como si con eso pudiera aferrarme a algo—. Últimamente, solo momentos fugaces. Instantes como este.
Su mano, apenas rozando la taza, tembló levemente. Creo que ella también lo sintió.
Astrid me sostuvo la mirada por largo rato. Y entonces bajó un poco la voz, pero sin romper el contacto visual.
—¿Lo extrañas? — preguntó, casi en un susurro—. ¿Extrañas bailar?
No me lo esperaba. Sentí que el corazón daba un salto inútil en el pecho.
Porque sí. Porque no. Porque era complicado.
—A veces… tanto que duele— confesé, y al hacerlo, algo dentro de mí se resquebrajó.
Ella bajó la vista solo un segundo, como si respetara el peso de esa confesión. Luego apoyó la mano sobre la mesa, más cerca de la mía que antes. No me tocó. Pero estuvo lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su piel.
Entonces, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el aire a mi alrededor no era tan denso. Que quizás no estaba tan roto.
Y por un instante, sentí que algo se abría. Algo que no sabía si quería, o si podía permitirme.