Vladimir
Astrid tenía entradas para el cine.
En teoría, ese era el plan de su cita fallida. Una película de culto, según ella, de uno de sus directores favoritos de todos los tiempos. Me lo contó entre sorbo y sorbo de café, con ese entusiasmo que le brillaba en los ojos. Dijo que había heredado el gusto de su padre, que era algo de ellos, una especie de ritual compartido.
Yo no quería pensar en ella en una cita. No quería, pero lo hacía.
Cuando casi nos echaron de esa cafetería, después de horas de charla y tazas infinitas, todavía sentía que no quería dejarla ir.
No todavía.
No cuando el mundo por una tarde parecía haberse detenido solo para nosotros.
Así que fuimos al cine. No era lo mío, o quizás, simplemente, no estaba acostumbrado.
De chico no hubo dinero en casa para lujos como ese, y cuando crecí, todo se trató de sobrevivir, de mantener la beca, de ser el mejor porque no podía darme el lujo de fallar. No hubo tiempo para películas, ni para sueños de pantalla grande.
Pero ahora estaba allí, con ella, cruzando las puertas de un cine por voluntad propia.
Y fue… toda una experiencia.
Astrid compró un paquete de gomitas de colores para los dos. No palomitas.
Gomitas.
Y un refresco enorme para compartir.
—Te va a encantar— dijo, con una sonrisa tan grande que era imposible no creerle.
La miré mientras caminaba adelante, buscando nuestros asientos como si ya conociera el camino. Había pocas personas en la sala, y todo tenía esa calma íntima que solo ocurre cuando no hay expectativas, solo momentos compartidos.
Me encantaba ella.
Así, sin filtro. Me encantaba su risa, la manera en que hablaba de cine como si hablara de la vida, su forma de habitar los espacios como si fueran extensiones naturales de su cuerpo. Se sentía tan natural estar en su órbita.
¿Qué tan jodido estaba?
Mucho, probablemente. Y aún así, solo podía pensar en cuánto deseaba quedarme un rato más a su lado. Y después, quizás, otro rato más.
Y después…
Ella se giró desde la penumbra de la sala y me hizo una seña para que me apurara.
La pantalla todavía no había encendido. Pero sus ojos brillaban como si ya supiera el final de la historia.
La película empezó con una secuencia lenta, de esas que parecen pedirte paciencia. Astrid se acomodó en su asiento como si hubiera vuelto a casa. Cruzó una pierna sobre la otra, se tapó con su abrigo, y clavó los ojos en la pantalla con esa expresión que mezcla devoción y asombro.
Como si estuviera presenciando algo sagrado.
Yo, en cambio, no miraba la pantalla. La miraba a ella.
Inevitablemente.
La luz tenue del proyector dibujaba líneas suaves sobre su rostro. Cada cambio de escena la iluminaba de forma distinta. Un parpadeo azul le rozaba los pómulos, una ráfaga roja encendía sus labios. Era como si el cine se hubiera confabulado para mostrarme cada ángulo de ella que aún no conocía.
Astrid sonreía, a veces casi sin darse cuenta, y yo me perdía en la curva leve de su boca. Se emocionaba, contenía la respiración en ciertas escenas, y yo sentía que me faltaba el aire solo de verla tan viva, tan presente, tan fuera de mi alcance.
Estábamos tan cerca. Su brazo rozaba el mío. Sus dedos, apenas, rozaban el vaso gigante que compartíamos, y aún así había entre nosotros una distancia brutal.
Un océano de silencios no dichos.
Quería tocarla. No de manera torpe, no con desesperación. Quería rozar su mano con la mía, solo para saber si sentía lo mismo.
Pero no lo hice.
A cambio, me quedé quieto, atrapado entre el sonido envolvente de la película y el ruido ensordecedor de mi propio deseo.
Ella se inclinó un poco hacia adelante, fascinada con lo que ocurría en pantalla, y una hebra de su pelo cayó sobre su mejilla. Me pregunté si notaría que yo no había visto ni un minuto de la película. Que todo lo que había hecho desde que apagaron las luces era mirarla a ella.
El cine estaba en silencio. Pero entre nosotros, algo latía. Algo sutil, contenido, espeso. Y por un instante, cuando su rodilla tocó la mía, pensé que ella también lo sentía.
La miré de reojo. No apartó la vista de la pantalla, pero sonrió.
Como si supiera.
Como si estuviera esperando que, esta vez, fuera yo quien se atreviera primero.
Los créditos comenzaron a rodar, acompañados por una melodía suave que flotaba en la oscuridad de la sala. Astrid se quedó un momento más en su asiento, con los ojos aún clavados en la pantalla como si no quisiera dejarla ir del todo.
Yo, en cambio, no recordaba ni una escena.
—¿Te gustó? — preguntó mientras salíamos, frotándose los brazos por el cambio de temperatura.
—No lo sé— admití con una sonrisa—. Tendría que verla de nuevo… sin distracciones.
Ella me miró de reojo y sonrió también, como si entendiera exactamente a qué me refería.
La noche estaba húmeda, espesa, con ese aire previo a la tormenta. Caminamos sin rumbo, como si alargar ese trayecto fuera una excusa para seguir estando juntos. Ninguno de los dos parecía tener prisa.
Pasamos por calles semivacías, charlando de todo y de nada. A veces el silencio se extendía, pero no era incómodo. Era de esos silencios cargados de algo que ninguno se animaba a nombrar.
Cuando cruzamos el parque, lo inevitable ocurrió. El cielo se rompió de golpe y empezó a llover con una fuerza inesperada, salvaje.
—¡Rápido! — dije, tomándola de la mano e intentando correr hacia una de las estructuras del parque para ponernos a cubierto.
Pero Astrid se soltó.
Se quedó allí, bajo la lluvia, empapándose en segundos. Levantó los brazos, cerró los ojos y giró sobre sí misma bailando solo como ella sabe hacerlo.
Y Sonreía con una fuerza indomable. Como si la lluvia la hiciera más suya.
Tan libre. Como alguien que todavía cree que mojarse no arruina nada.
—¿Qué estás haciendo? — le grité entre risas, el agua empapándome la cara.
—Mi mamá me enseñó a amar la lluvia— respondió ella, mirándome con una luz que no tenía nada que ver con los faroles—. Me decía que, si alguna vez la vida se ponía demasiado pesada, bastaba con salir y dejar que el cielo lo llorara por una.
La vi reír, girar sobre sí misma con los brazos abiertos. La vi tan viva, tan ella, que me dolió.
Porque en ese instante supe que no había nada en este mundo que deseara más que eso.
Esa forma suya de existir. Ese modo salvaje de quedarse, de sentir, de entregarse al momento. Y también supe, con la misma certeza, que yo no podía tenerlo.
No del todo.
No aún.
Me quedé mirándola desde la orilla, con las manos en los bolsillos, empapado por fuera y por dentro. Y cuando volvió a mirarme, con esa risa fresca que parecía brotarle del alma, no pude evitar sonreírle también.
Como si, por un segundo, la lluvia nos lavara las culpas y las distancias. Como si, por un segundo, yo pudiera quedarme ahí con ella, sin pensar en todo lo que no podía ser.
Astrid siguió girando un poco más, con la cara al cielo y el pelo pegado al rostro como una corona húmeda y desordenada. Yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse, libre, sin miedo al ridículo, me desarmaba.
Quería tocarla.
No solo por deseo, sino por una necesidad extraña y primitiva de confirmar que era real. Que no me la había inventado.
Ella se detuvo, me miró, y sin decir nada volvió sobre sus pasos. Lenta. Increíble. Inconsciente —o quizás demasiado consciente— del efecto que provocaba.
Me quedé quieto. Empapado. El corazón latiendo tan fuerte que sentía que ella podía oírlo.
Cuando estuvo frente a mí, alzó la mirada. Sus pestañas chorreaban agua.
—¿Vas a quedarte ahí parado toda la noche? — susurró.
—Si sigues mirándome así… capaz sí.
Ella soltó una risa breve, suave, pero no se alejó. Estábamos tan cerca que podía ver las gotitas resbalando por su clavícula, el temblor leve de su pecho al respirar, la forma en que su labio inferior parecía pedir ser mordido.
Le acaricié el rostro con el dorso de la mano, apartando un mechón mojado.
El roce fue mínimo, pero eléctrico.
Ella no se movió.
No se alejó.
Mis dedos descendieron apenas, rozando la línea de su mandíbula, la curva de su cuello.
Podía besarla. Ahí mismo. Podía inclinarme un poco, rozar sus labios con los míos, y juraría que ella no se opondría.
Pero no lo hice.
No todavía.
En cambio, me quedé ahí, con la frente casi tocando la suya, sintiendo el calor que irradiaba incluso bajo la lluvia.
—Probablemente no debería decirte esto, pero me vuelves loco— murmuré, casi sin darme cuenta, como si mis pensamientos se escaparan entre la lluvia.
Ella alzó la mirada con lentitud, como si saboreara cada palabra. Sus labios temblaron en una sonrisa que no era completamente dulce, sino algo más: peligrosa, tentadora.
—Entonces estamos empatados— respondió, y su voz era apenas un susurro, pero bastó para atravesarme como un disparo suave y certero.
El agua seguía cayendo, densa, resbalando por su rostro como si la estuviera bendiciendo. Nos quedamos mirándonos, atrapados en ese instante sin tiempo, donde todo lo que no debía pasar estaba peligrosamente cerca de suceder.
Podía besarla. Podía hacerlo ahí mismo, con la lluvia como única testigo y su boca a pocos centímetros de la mía. Ella no se movería, lo sabía.
Estaba esperándome. No con ansiedad, sino con esa seguridad silenciosa de quien sabe lo que provoca.
Pero no lo hice.
Porque en algún rincón enfermo de mi mente todavía existía esa voz que me decía que no debía. Que yo era su director, que esto era una línea. Y que cruzarla… lo cambiaría todo.
Ella pareció leerme. Y una parte suya, quizás, se decepcionó. Pero otra… otra pareció disfrutar la tensión aún no resuelta.
Entonces, se giró de pronto, riendo, como si el hechizo se hubiera roto de golpe.
Sus pasos la alejaron unos metros, pero no dejó de mirarme por encima del hombro.
—Vamos, antes de que te resfríes— dijo, con una chispa burlona en los ojos.
Y ahí estaba de nuevo. Esa forma suya de desarmarme. De soltarme justo cuando más la necesitaba cerca.
La seguí. Por supuesto que la seguí. No había otra opción, porque, aunque no la había besado, aunque mis manos seguían vacías y mis labios intactos, algo en mí ya había cruzado la línea.
Y lo sabía.
Porque mientras caminaba detrás de ella, con el corazón latiendo a un ritmo salvaje, lo único que podía pensar era, ya es demasiado tarde para volver atrás.
Esa noche no pude dormir.
Me cambié de ropa, me sequé el pelo con una toalla limpia y me senté frente a la ventana abierta, como un idiota, mirando las gotas resbalar por el vidrio. Todavía sentía el olor de la lluvia en la ropa. O tal vez era el suyo, pegado a mi piel.
Astrid.
Ella y su risa bajo el agua.
Ella y esa forma de mirar el mundo como si fuera imposible quebrarla.
Era peligrosa. No por lo que hacía, sino por lo que despertaba en mí. Debería mantener la distancia.
Soy su director.
Tengo una reputación que proteger. Y ella… ella es caos y primavera al mismo tiempo.
Pero cada vez que está cerca, se me olvida todo eso. Cada límite, cada línea que juré no cruzar.
Cuando me mira, no pienso. Cuando se ríe, me rindo. Y cuando la veo bailar bajo la lluvia como si el mundo fuera suyo, quiero dárselo.
No la besé. Pero lo deseé tanto que me dolió.
¿Cómo se supone que voy a seguir fingiendo indiferencia en la academia? ¿Cómo voy a ser objetivo con ella cuando ya me atraviesa por completo?
Cierro los ojos. Y la veo. Empapada. Sonriendo. Brillante.
Y me odio un poco por quererla así.
Porque sé que no debo.
Porque sé que no puedo.
Y entonces, en el reflejo del vidrio, con la lluvia distorsionando su nombre en mi mente, supe que el problema no era no poder tenerla… era no saber cómo dejar de desearla.