Capitulo 12

2032 Words
Astrid Mi mano se movía en círculos sobre el papel, sin propósito, como si mi cuerpo actuara por inercia mientras mi mente divagaba lejos. Últimamente era imposible concentrarme en nada. Y eso era un problema, sobre todo ahora, cuando necesitaba toda mi atención enfocada, cuando no podía darme el lujo de distraerme. Pero desde ese encuentro inesperado en el café, desde que se quedó conmigo esa tarde como si el tiempo fuera solo nuestro, no he podido pensar en otra cosa. Mi mente vuelve a esa conversación una y otra vez, como una canción que no se quiere ir. Al cine, al parque. A la lluvia cayendo suave sobre nosotros mientras todo se detenía… No me besó. Y, sin embargo, lo sentí por todas partes. En el aire, en mi piel, en la forma en que me miraba como si estuviera buscando una respuesta que él mismo no entendía. Eso se estaba volviendo una constante con Vladimir. Su presencia lo llenaba todo, la habitación, mis pensamientos, incluso mis silencios. Pero era cuando estábamos solos que verdaderamente se volvía abrumador. Había algo en él, en su forma de hablarme sin palabras, de estar presente sin imponerse, que se quedaba conmigo por días. Como un perfume que no podías quitarte de la piel, por más que intentaras. Suspiro, rindiéndome. Mis apuntes siguen allí, esparcidos sobre la isla de la cocina como testigos de mi distracción. No he avanzado en nada. Y si quiero tener una oportunidad real, necesito enfocarme. Necesito encontrar la forma de pensar en algo más que no sea él. Pero, ¿cómo se hace eso, cuando alguien empieza a vivir dentro tuyo sin pedir permiso? Respiro hondo, me aparto el cabello del rostro y apoyó la mejilla en la palma de mi mano, resignada. —¿Estás estudiando o haciéndole compañía a los apuntes? — preguntó una voz suave a mi espalda. Me giré y vi a mamá entrar descalza, con una bata fina atada en la cintura y los ojos aún con restos de sueño. —Intentando estudiar— murmuro—. Pero mi cerebro parece haberse declarado en huelga. Mi madre sonrió mientras abría la heladera y sacaba una botella de agua. —¿Quieres un poco? —Sí, gracias— dije, dejando que sirviera dos vasos. Se sentó a mi lado, en silencio. Durante unos segundos, lo único que se oyó fue el sonido de nuestras respiraciones y el crujido tenue del hielo en los vasos. —Te vi tan concentrada que no quise interrumpir antes— dijo al fin—. Hace días que casi no te veo. —He estado con mil cosas… entre los ensayos dobles, y las clases no he tenido tiempo de nada— admití, girando el vaso en mis manos. Mamá me miró, con esa mirada cálida que era solo de ella. Asintió de forma paciente y acarició mi mejilla. La mire de reojo, y después de un momento, tome coraje y le pregunte, casi como si hablara consigo misma: —¿Cuándo supiste que papá era el hombre de tu vida? Mamá parpadeó, sorprendida, y luego se echó hacia atrás en la silla con una sonrisa nostálgica. —¿Así, de pronto? —Sí… es una pregunta rara, ya sé. Pero me da curiosidad. Mamá se quedó pensativa. Su mirada se perdió en un punto de la cocina que no existía. —No sé si hubo un momento en concreto. Supongo que fue todo de él y todo lo que vivimos que me hizo saber que era el hombre de mi vida. Tenía el corazón roto cuando lo conocí y el… me ayudo en ese momento. Días después descubrí que era mi nuevo jefe y a este punto no sé si lo evitamos mucho, pero enamorarnos fue natural a pesar de que tardamos en admitirlo— ella me mira y sonríe—. Mas tu padre por supuesto, en ese entonces era un cubito de hielo, pésimo para demostrar amor con palabras. Siempre fue un hombre de hechos, de acciones. Ella suspira y el brillo en sus ojos es abrumador. —No lo sé cariño, he amado a tu padre desde que tengo memoria y supongo que mi corazón supo antes que mi cabeza esa noche que chocamos que sería el amor de mi vida. Y lo ha sido desde entonces. —¿Y la diferencia de edad? —¿Qué pasa con eso? —¿Nunca te molesto? — ella me mira y niega. —No, no creo en eso si hay dos personas que se aman. De manera consciente y madura obviamente. Uno no elije de quien enamorarse Astrid, solo… sucede. Trago saliva y asiento. —¿Y nunca dudaste? Ella me miró con dulzura. —Dudé de muchas cosas en mi vida. Pero no de tu padre y no de cómo me hacía sentir. Y con el tiempo entendí que eso— dijo, apoyando la mano sobre el corazón—, eso pesa más que cualquier duda. Baje la mirada pensativa. Definitivamente mi cabeza era un caos. —Gracias por contármelo. Mamá me acarició el pelo como hacía cuando era más chica. —¿Hay algo que está molestándote, cariño? — me preguntó—. Llevas días así, distraída, pensativa. —No, está todo bien— respondí, casi en un suspiro. Y aunque no estaba segura de nada, en ese momento me sentí un poco más liviana. Mamá se levantó y antes de salir, me dijo: —Si alguna vez te pasa… lo vas a saber. Te lo prometo. Cuando mamá se fue, me quedé sola en la cocina, con los codos sobre la mesa, los apuntes como testigos de mi fracaso y una nueva distracción dulce instalada en el pecho. Nada de lo que había leído en las últimas dos horas había quedado en mi cabeza. Absolutamente nada. La conversación con ella me había dejado una sensación rara, como si me hubieran aflojado un nudo que no sabía que tenía. Y, sin embargo, otro, mucho más profundo, seguía apretado en el centro del pecho. Vladimir. Suspiré, recogí los apuntes sin demasiado cuidado y apagué la luz. La casa entera dormía, y yo subí las escaleras con pasos lentos, como si pudiera retrasar el momento de estar sola con mis pensamientos. Ya en mi cuarto, me miré en el espejo del baño. Tenía los ojos cansados, la piel algo pálida, el cabello revuelto por el roce constante con mis manos mientras intentaba estudiar. Abrí la ducha y dejé que el vapor llenara el espacio antes de meterme bajo el agua caliente. Ahí fue cuando todo me golpeó. Su mirada. Su voz. Su cercanía. El agua corría por mi piel, pero no lograba borrar esa sensación que él había dejado en mí. Era como si me habitara, como si su presencia se aferrara a mi cuerpo incluso cuando él no estaba. Cerré los ojos, apoyé la frente contra la pared fría y respiré hondo. Quería dejar de pensar en él. Quería concentrarme en lo importante. Pero... ¿cómo se hace para ignorar algo que te quema por dentro? Me sequé con lentitud, con movimientos automáticos. Me puse un short de algodón y una camiseta vieja que aún tenía un leve aroma a hogar. Me encantaba cómo se sentía esa prenda, como una caricia conocida. Dejé que el pelo húmedo cayera sobre mis hombros, apagué las luces y me metí en la cama. La oscuridad del cuarto era reconfortante, pero no silenciosa. Mi mente seguía parloteando, seguía viéndolo. Pensé en lo que mamá me había dicho: “Cuando sea él, lo vas a saber.” ¿Y si ya lo sabía? ¿Y si algo dentro de mí gritaba su nombre desde aquel primer momento, cuando chocamos en el hall de entrada de la academia? Apreté la almohada contra mi pecho y cerré los ojos con fuerza. No quería que me importara tanto. No quería que su recuerdo tuviera ese poder sobre mí, pero lo tenía. Y mientras el sueño empezaba a envolverme, lo último que pensé fue, en los muchos problemas que estaba. La mañana llegó demasiado rápido. Dormí, sí, pero no descansé. Me sentí como si hubiese pasado la noche entera girando entre pensamientos, con su sombra al borde de mis sueños, rozándome sin tocarme. Y ahora, ahí estaba yo, caminando por los pasillos de la academia, con el cabello recogido en un moño alto, las medias apretadas contra mis piernas y el corazón latiéndome como si hubiera corrido hasta allí. Hoy era día de pesaje. Día de tensión en el aire, de miradas esquivas, de cuerpos demasiado conscientes de sí mismos. Toqué el botón del ascensor. Subir las escaleras habría sido una tortura con la cabeza como la tenía. Se abrieron las puertas y entré junto a dos profesoras y un par de alumnas que conversaban en voz baja sobre la gala del mes próximo. Me hice a un lado, al fondo, apoyándome contra la pared metálica, con los brazos cruzados. Las puertas estaban por cerrarse cuando escuché pasos, y entonces, entró él. Vladimir. No hizo falta mirarlo para saber que era él. Lo sentí. El aire cambió, como si la temperatura bajara de golpe. Como si el espacio se encogiera. Y mi cuerpo… mi cuerpo reaccionó como si lo reconociera antes que mi mente. La espalda se me tensó, los sentidos se afinaron. Cada célula despertó. Se paró justo a mi lado, detrás de las demás. No nos miramos. No nos hablamos, pero su cercanía era palpable. Su perfume, sutil pero inconfundible, me envolvió sin permiso. Sentí que me faltaba el aire. Y entonces pasó. Nuestros dedos, los suyos y los míos. Apenas un roce, como si fuese un accidente. Pero no lo fue. Fue intencional. Preciso. Letal. El contacto fue tan leve, tan fugaz, que, si alguien me preguntaba después, podría haber mentido y dicho que fue sin querer. Pero los dos lo sabíamos. El aire entre nosotros era un campo cargado de electricidad, cada molécula vibrando como si supiera lo que estaba por suceder. Apenas un contacto, tan sutil como el roce de un pensamiento. Pero suficiente para que mi corazón se desbocara. Fue como si un rayo silencioso se me deslizara por la piel, directo al centro del pecho. Y más abajo. Mucho más abajo. Mi garganta se cerró. El estómago se contrajo como si hubiese olvidado cómo respirar. No podía moverme, ni un milímetro. No lo miré, pero podía sentirlo observándome de reojo, como si su mirada me acariciara el perfil. Sabía que, si me atrevía a girar la cabeza siquiera un poco, me iba a perder. Pero no lo hice. No podía. Sus dedos se retiraron, solo para volver a buscarme unos segundos después. Esta vez más lento. Más seguro. La yema de su meñique contra la mía, como un secreto compartido, como una promesa que ninguno de los dos se animaba a decir en voz alta. Me ardieron las mejillas. Y, aún así, me quedé quieta. Porque si me movía, si lo miraba, si le daba una sola señal… sabía que todo iba a estallar. Y todavía no. Todavía no podía. El ascensor siguió subiendo, piso tras piso, como si lo hiciera más lento a propósito. El murmullo de las conversaciones ajenas se volvió un zumbido lejano, sin forma ni sentido. Lo único que existía para mí era su presencia. Él, justo a mi lado. Silencioso. Inmóvil. Irrefutable. Nuestros ojos no se buscaron, pero todo el cuerpo hablaba. Las puertas se abrieron con un leve pitido. La profesora que estaba más cerca salió primero, seguida por las demás. Yo lo hice también, sintiendo sus pasos detrás de los míos. No lo miré. No dije nada, y él tampoco lo hizo. Pero lo sentí quedarse quieto un instante en el umbral, como si me diera la espalda para que pudiera avanzar. Y en ese silencio donde todo había pasado sin que nadie lo notara, yo ya no era la misma que había entrado. Porque ese roce, ese mínimo gesto, me había dejado temblando. Porque su cercanía seguía adherida a mi piel. Y en ese instante supe que, aunque no hubiéramos dicho una palabra, todo entre nosotros ya había comenzado a arder.
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