Capitulo 13

1959 Words
Astrid Sentía un zumbido constante en la cabeza. Como una colmena furiosa. La música retumbaba en las paredes, las indicaciones se clavaban en mi oído como dardos: “¡Pies en punta!”, “¡Más estirada!”, “¡Cuida la expresión!”. Solo quería silencio. Un segundo de paz. —De nuevo— ordenó Anastasia, cruzada de brazos, el tono seco, casi con fastidio—. ¿De verdad estás a la altura de una protagonista? No dije nada. Tragué la respuesta que me ardía en la garganta, corregí mi postura y me preparé para empezar de nuevo. No podía darme el lujo de discutir. No aquí, no ahora. La música arrancó una vez más. Y yo también. Una y otra y otra vez. Quiero esto. Es mi sueño. No voy a rendirme. —Suficiente— dijo finalmente la profesora, dejando caer los brazos como si cargar con nuestra mediocridad la agotara—. Tomaremos un receso de diez minutos. Despejen la cabeza y vuelvan con la energía que se necesita para entregar excelencia en el ensayo. Si van a ser mediocres… no regresen. Respiré hondo, con dificultad. Las piernas me temblaban y cada músculo ardía. Fui hasta donde había dejado mis cosas. —¿Qué le pasa? — preguntó Helena, acercándose con el ceño fruncido. Abrí mi botella y tomé un sorbo largo. El agua me supo a alivio—. Parece que la tiene fija contigo— insistió. —Es exigente— murmuré, intentando sonar indiferente mientras me masajeaba las sienes. —¿Estás bien? — preguntó de pronto, observándome con más atención—. Estás pálida. Estiró la mano y me tocó la frente. —Estás hirviendo de fiebre— dijo, y retrocedí un poco—. Deberías irte a casa. —¿Qué? No. Ella ya piensa que soy pésima— negué, bajando la mirada—. No puedo darle más motivos para desagradarle. No voy a irme. Helena negó con la cabeza. Quiso decir algo más, pero se contuvo. Cuando los diez minutos terminaron, volvimos al ensayo. Y con cada paso, cada giro, cada salto, sentí cómo el cuerpo empezaba a traicionarme. Como si mis huesos fueran de vidrio. Como si el mundo se desdibujara a mi alrededor. Pero aún así… seguí bailando. Porque no se trataba solo de un sueño, se trataba de demostrar que sí soy suficiente. Aunque me costara el alma. El ensayo terminó sin gloria. Sin felicitaciones, solo el silencio frío de Anastasia y su mirada que evitaba la mía como si ya hubiese desistido de enseñarme. Sentí alivio cuando las luces se apagaron y los altavoces dejaron de escupir música. Mi cuerpo ya no respondía, todo dolía. La fiebre me envolvía como una manta gruesa y asfixiante, y cada paso me costaba más que el anterior. Caminé lentamente hacia los vestuarios. Cada movimiento era un suplicio: los dedos entumecidos, la cabeza palpitante, el sudor frío corriéndome por la espalda. Me senté en el banco y traté de sacar las zapatillas de punta. Las manos me temblaban, las piernas también. Respiré hondo. Una, dos, tres veces. No era debilidad, solo era el cuerpo, agotado. Solo eso. Me cambié con torpeza. Me puse la ropa de calle como pude, sin siquiera fijarme si la camiseta estaba del derecho. Solo quería salir, irme a casa, tirarme en la cama y desaparecer por unas horas. Al salir del vestuario, el pasillo estaba en penumbra. Se escuchaban risas y voces apagadas más adelante, cerca de los camarines. Supuse que algunos compañeros seguían allí, recogiendo sus cosas. No quise saludar a nadie, no tenía energía para sonreír, ni para fingir que todo estaba bien. Avancé despacio, hasta que los vi. Primero fue su voz. La de él. Inconfundible. —Nadie tiene tu fuerza en escena, Anastasia. Lo sabes, ¿no? Me detuve en seco. El pasillo estaba en penumbra, apenas iluminado por una luz tenue que parpadeaba en el techo. Me asomé con cuidado, conteniendo la respiración. Desde el rincón donde me ocultaba, los vi. Vladimir estaba recostado contra la pared, su postura relajada. Anastasia, de pie frente a él, se inclinaba ligeramente hacia su rostro. Reía, suave, etérea, como si la crueldad de la tarde no la pesara en absoluto. Como si no hubiera destrozado a nadie con sus palabras. —Por supuesto que sí— respondió ella, aún sonriendo, como si fuese obvio. —Pero tienes que parar— dijo él, en un tono más bajo, más firme—. Una cosa es ser exigente… y otra muy distinta es destruir la confianza de alguien. Astrid es buena. Muy buena, de hecho. Solo necesita que alguien crea en ella, que le dé un voto de confianza. Mi pecho se contrajo al escuchar mi nombre en su boca. ¿Me estaba defendiendo? ¿De verdad pensaba eso de mí? —¿Por qué la defiendes tanto, Vladimir? — preguntó Anastasia, ladeando la cabeza, como quien intenta descifrar un acertijo—. ¿Por qué te importa tanto lo que le pase o deje de pasarle? Nunca te involucras con nadie, y ahora, de pronto, te desvelas por alguien… sin importancia. —Anastasia… — suspiró él, y en su voz había una mezcla de cansancio y advertencia. —No quiero discutir— lo interrumpió ella con suavidad. Se acercó un poco más. Una de sus manos se apoyó en el pecho de él, y la otra acarició su cuello con familiaridad. Yo contuve el aliento. El mundo pareció inclinarse de golpe, inestable, absurdo. —Hace días que no nos vemos… y te extraño— murmuró ella. Y entonces lo besó. Así. Sin dudar. Lenta, segura. Como si el mundo le perteneciera. Como si yo no existiera. Como si no le importara quién los viera, como si ese beso no me aplastara por dentro. Y él no se apartó. No dijo nada, no se movió. No hizo nada. Y yo sentí cómo algo dentro de mí se quebraba en mil pedazos, como se me despegaba el alma del cuerpo. El aire se volvió espeso, como si intentara respirar bajo el agua. Tragué saliva, pero no me alcanzó. Me ardieron los ojos, la garganta, el pecho. Todo. Iba a retroceder, a huir sin ser vista, cuando Vladimir alzó la mirada. Y me vio. Se congeló. Sus labios aún rozaban los de ella. Y me vio. Nuestros ojos se encontraron por un instante que me pareció eterno. Un segundo que gritaba todo lo que ninguno de los dos dijo nunca. Entonces giré sobre mis talones. Y corrí. Corrí como si algo me persiguiera. Corrí, aunque el cuerpo me suplicara que me detuviera. Corrí con el corazón palpitando y las lágrimas resbalando sin permiso por mis mejillas ardientes. Porque esa imagen… ese beso… me iba a perseguir mucho más tiempo del que quería admitir. Corrí sin pensar, sin respirar. Solo corrí. Empujé la puerta de salida con las manos temblorosas, tropezando en los escalones, con los ojos nublados por lágrimas que no pedí. El aire nocturno me golpeó la cara como una bofetada, frío y despiadado, pero ni siquiera eso me detuvo. Tenía que irme. Tenía que alejarme de ese lugar, de sus voces, de lo que había visto. Mi corazón latía como si quisiera arrancarse del pecho. Las piernas me dolían. El cuerpo entero me dolía. Pero era un dolor distinto, uno que empezaba en el pecho y se expandía como veneno por dentro. La fiebre no ayudaba. Sentía calor y frío al mismo tiempo. El mundo giraba un poco más rápido de lo normal, pero no me detuve. Doblé la esquina y seguí corriendo, una cuadra más. Las luces de los autos me encandilaban, las bocinas sonaban lejanas. Era como estar atrapada bajo el agua, oyendo todo desde lejos, a punto de ahogarme. —¡Astrid! Me frené en seco. No porque quisiera, sino porque el cuerpo ya no me dio más. Vladimir venía corriendo tras de mí. Su voz sonaba preocupada, incluso desesperada. Pero yo ya no podía más. Me apoyé contra la pared de un edificio, respirando entrecortado, con las manos en las rodillas. Las lágrimas me caían sin permiso y el sudor frío me pegaba la ropa al cuerpo. —Astrid, espera, por favor. Él se detuvo a un metro de mí. Yo no lo miré. No podía. Si lo hacía, me rompía entera. —¿Por qué me seguiste? — susurré, con la voz hecha trizas. —Porque te vi. Porque saliste corriendo como si te estuvieran persiguiendo. No podía dejarte así. Me reí, sin humor. Una risa rota. Vacía. —No me persigue nadie. —No era lo que parecía— dijo él. —¿Y qué era, entonces? — levanté la vista por fin, y nuestros ojos se encontraron—. ¿Un ensayo? ¿Una obra privada que tuve la mala suerte de ver? Vladimir apretó la mandíbula, pero no dijo nada al principio. Dio un paso hacia mí, pero yo retrocedí uno instintivamente. —Ella y yo… — lo miré, esperando algo. Cualquier cosa—. No somos pareja como seguramente estás pensando. —¿Pero son algo? Silencio. Solo el ruido del tráfico. Y mi corazón, cayéndose a pedazos. —Ni siquiera sé por qué estoy diciéndote esto— continúe—. No somos nada. No… en realidad sí. Eres mi director. —Astrid… —Solo déjame ir— pedí intentando que mi voz saliera entera y fallando en el proceso. —Estás temblando— dijo, acercándose y tocando mi mejilla—. Tienes fiebre. No deberías estar sola. —No me toques— susurré, dando otro paso atrás—. No es correcto. Él entreabrió los labios, como si quisiera decir algo. Pero no lo hizo. No dijo nada. Así que lo hice yo. —No te preocupes, Vladimir. Por mi parte no te preocupes, no he visto nada. Me di la vuelta y empecé a caminar, aunque cada paso se sentía más pesado que el anterior. Solo quería desaparecer. Hundirme en la oscuridad de alguna calle, dejarme tragar por ella. No pensar. No recordar. No sentir. Pero el mundo giraba raro. Las luces parpadeaban con demasiada fuerza, como si estuvieran burlándose de mí. Me ardían los ojos y el corazón me golpeaba el pecho como un tambor mal afinado, cada vez más desordenado. —¡Astrid, espera! — la voz de Vladimir volvió a alcanzarme, más cerca esta vez. No. No. No. No quiero escucharte. No quiero que me digas que no fue lo que parecía, cuando lo fue todo. —¡Astrid! Sentí su mano en mi brazo. —Suéltame— murmuré, apenas con voz—. Te dije que no me toques. Pero mi cuerpo ya no me obedecía. El mundo se inclinó de repente, como si alguien hubiese empujado el suelo bajo mis pies. Todo se volvió blanco y n***o al mismo tiempo. Sentí que el aire no entraba, que mis piernas ya no estaban, que mi piel ardía y tiritaba a la vez. —Astrid… Su voz sonó distinta. Ya no era una súplica, era miedo. —No me siento… bien— alcancé a decir. Pero las palabras salieron como un susurro, como si las pensara en vez de pronunciarlas. Y entonces todo se volvió oscuro. No el tipo de oscuridad que uno encuentra con los ojos cerrados, sino esa que se mete en el cuerpo, que se arrastra por la sangre y apaga todo desde adentro. Solo recuerdo caer hacia adelante. Y que me sostuvo. Lo último que sentí fue su brazo firme atrapándome contra su pecho. Su voz llamándome, repitiendo mi nombre como si pudiera despertarme con solo decirlo. Astrid. Astrid. Astrid. Después, nada. Y aún así… me dolía que fuera él quien me sostenía
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