Capitulo 14

2060 Words
Vladimir No tenía idea de qué hacer con Astrid desmayada en mis brazos. Ni la más mínima puta idea. Y, sin embargo, en algún rincón oscuro de mi retorcido cerebro, me pareció sensato subirla a mi auto y traerla a mi piso. Bueno, no lo fue. No fue sensato, no fue correcto. No fue lo que alguien con una pizca de decencia habría hecho. Debí haberla llevado a su casa, y dejar que su familia se ocupe. Incluso una clínica hubiera sido lo lógico. Pero no. La traje conmigo. A mi piso. A mi cama. ¿Qué mierda estaba mal conmigo? El ascensor se cierra detrás de mí con un sonido sordo que retumba en mi cabeza como una condena. Cruzo la sala a oscuras, apenas iluminado por el reflejo de la noche que entra por los ventanales. Sus piernas cuelgan inertes de mis brazos y el calor de su cuerpo —demasiado caliente, enfermo— se filtra por mi camisa. Mi habitación está en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido. La acuesto con cuidado, con demasiada suavidad, tal vez. Como si fuera algo frágil, como si importara más de lo que debería. Le quito los tenis, temiendo despertarla, aunque no hay señal de que recobre el sentido. Luego le retiro el sweater enorme que usa, empapado en sudor. Solo lleva una camiseta fina debajo. Se estremece y aprieta los labios en un gesto de dolor. La cubro con una manta, y por un segundo, me permito mirarla. Tan hermosa. Tan joven. Tan... jodidamente fuera de mi alcance. Mi pecho se contrae. Pero no es solo preocupación, es algo más. Algo que odio reconocer y me carcome desde que la conocí. Deseo. Maldito deseo. Incluso ahora, con su cuerpo febril temblando en mi cama, algo dentro de mí se activa. Algo primitivo, algo cruel. Me obligo a apartar la mirada. No. No así, no con ella vulnerable. No conmigo sabiendo exactamente lo que está mal. Camino hasta el baño con las manos temblando, mojo una toalla de mano con agua fría y la exprimo con fuerza. Vuelvo junto a ella y la coloco sobre su frente. Ella gime. Apenas un sonido, apenas un suspiro. Pero me atraviesa. Como una daga, como una súplica. —Tranquila, Astrid— murmuro, sabiendo que no puede oírme, y quizás por eso me permito hablar. Tal vez por eso me atrevo a sonar tan jodidamente... humano. Saco el teléfono del bolsillo y llamo a mi médico personal. Habla con voz cansada, pero dice que llegará en diez minutos. Diez minutos. Diez minutos en los que tengo que mantenerme cuerdo. Después de que él la revise, la llevaré a su casa. Eso es lo correcto. Eso es lo único correcto en medio de esta cadena de malas decisiones. Ella no debe estar aquí. No debería haber cruzado esa línea, y, sin embargo, aquí estamos. Ella, delirando en mi cama, y yo, como un imbécil al borde de perder el control. Debo alejarme. Debo ser mejor que esto. Pero no lo soy. Y esa es la parte que más me asusta. Toco su frente una vez más. La toalla ya se ha calentado con la fiebre que no cede, así que voy al baño por otra. Cada segundo que paso lejos de ella me pesa. Me pesa demasiado. El timbre del ascensor suena como un disparo en medio del silencio. Es él. El médico. Mi médico personal desde hace años, discreto, confiable, acostumbrado a no hacer preguntas. Voy a la sala y las puertas del ascensor se abren. Él me sigue hasta la habitación, su maletín en una mano, el ceño ligeramente fruncido. No dice nada al verla tendida en mi cama, pero sé lo que está pensando. Todos lo pensarían. —Fiebre alta. Se desmayó frente a mí— explico, seco, más brusco de lo necesario—. No respondía y no supe qué hacer. Él asiente y se acerca a ella, pide espacio. Yo me muevo un poco... solo un poco. Porque me niego a irme. No puedo. No quiero. Él comienza a revisarla. Toma su pulso, mide la temperatura, le observa los ojos, escucha su respiración con el estetoscopio. Astrid se queja apenas cuando le acomoda el brazo. Sus párpados vibran, pero no se abren. Yo permanezco de pie, al pie de la cama, como un perro guardián enloquecido. No me muevo, ni un paso. Mis puños están cerrados. Mi mandíbula, tensa. No me gusta verla así. No me gusta sentirme así. —¿Vladimir? — me dice el médico, con ese tono que uso yo mismo cuando quiero que alguien vuelva en sí. Levanto la mirada. —¿Qué tiene? —Un estado gripal fuerte. Viral, seguramente. Está deshidratada y con fiebre alta. Nada grave, necesita descanso, un antifebril y mucho líquido. Puedo dejarte algo para bajarle la temperatura más rápido, pero no es nada que requiera hospitalización. Sus palabras caen como una bofetada suave. Lo que yo sentí como una catástrofe inminente no era más que una simple gripe. Pero no me relajo. No puedo. —¿Está seguro? — insisto. —Totalmente. Si mañana sigue igual, la vemos de nuevo. Pero por ahora, lo mejor que puedes hacer... es dejarla descansar. ¿Tiene alguien que pueda cuidarla? Me trago la respuesta, porque no sé qué decir. Claro que tiene gente. Tiene una familia, amigos, una vida que no incluye esto. No me incluye a mí. —La llevaré a su casa en cuanto se despierte. Él asiente. Me deja la medicación sobre la mesa de noche, me da algunas indicaciones más, y se marcha sin más palabras. Como siempre. Profesional, impecable. Cierro la puerta detrás de él, y el silencio vuelve. Cierro los ojos por un instante, me apoyo contra la madera. Esto no debería estar pasando. No así. No con ella aquí, en mi cama, frágil y enferma, mientras yo la deseo como un maldito enfermo. Y aun así... no puedo alejarme. Me acerco de nuevo y me siento en la butaca junto a la cama. No la toco, no me atrevo. Pero tampoco me voy. Porque el infierno, al parecer, es esto: estar al borde de lo prohibido y desear cruzarlo. Y decidir, una y otra vez, no hacerlo. Le di el antifebril en cuanto pude, guiando su cabeza apenas para que trague, hablándole en voz baja, aunque no sabía si me había escuchado. Después, cambié de nuevo la toalla de su frente. Su piel seguía ardiendo, pero ya no temblaba tanto. Eso debía tranquilizarme. Pero no lo hacía. Me obligué a salir de la habitación. Me obligué a soltarla por unos minutos. El cuerpo me dolía. Los hombros, la espalda, la mandíbula, todo rígido, todo contenido. Así que fui al baño y abrí la ducha. El agua cayó como una descarga eléctrica, caliente al principio, luego cada vez más fría. Me quedé ahí, inmóvil, dejando que el agua me golpeara la piel. Como si pudiera lavarme de lo que sentía. Como si pudiera arrancarme la imagen de Astrid en mi cama. Pálida, vulnerable, demasiado hermosa incluso en su estado febril. Mi cuerpo no entiende razones. Ni líneas, ni moral. Y eso me enferma más que cualquier virus. Apoyé las manos contra los azulejos y bajé la cabeza. El vapor se mezclaba con mi respiración agitada. Cerré los ojos. No debería estar aquí, ella no debería estar aquí. No en mi cama, no en mi espacio. No colándose por las grietas que tanto me costó sellar. ¿Por qué la traje? ¿Por qué no la dejé con su familia? ¿Por qué no hice lo que cualquiera haría? La respuesta es simple. Y brutal. Porque no quise dejarla. Porque necesitaba tenerla cerca. Porque cuando la vi caer, cuando la sostuve, algo en mí se rompió y otra cosa más oscura se activó. Y eso me aterra. El agua corría por mi espalda, pero el nudo seguía ahí. Ella es un peligro, no por lo que pueda hacerme. Sino por lo que despierta en mí. Una parte que pensé muerta, una parte que, si dejo salir... no sabe amar. Solo sabe poseer. Me pasé las manos por el rostro. Inútil. No hay ducha que me saque esto de encima. Cerré la canilla con un movimiento brusco y salí de la ducha. Me sequé sin mirar el espejo. No quería verme, no quería enfrentar al hombre que la quiere en su cama por todas las razones equivocadas... Y que, al mismo tiempo, se odia por ello. Me puse una remera y un pantalón de algodón, y caminé de regreso. No corrí. Pero casi. Porque, aunque no debería estar ahí... aunque mi conciencia me grite que la aleje… no quiero que se despierte sola. No quiero que se despierte y no me vea. Y eso, también, está mal. Todo está mal. Y, sin embargo, no puedo dejar de acercarme a ella. La habitación sigue en penumbras cuando regreso. El aire está quieto, cargado y ella no se ha movido. Respira un poco más tranquila ahora, gracias al antifebril, pero su rostro sigue ruborizado por la fiebre. Su cabello, húmedo en las sienes, se esparce sobre la almohada. Su boca entreabierta deja escapar un leve murmullo, como si soñara. Hay algo dolorosamente inocente en su expresión que me desarma. Me siento al borde de la cama. No debería hacerlo, lo sé. Pero lo hago igual, porque no puedo irme. Porque no quiero irme. La observo en silencio. Dios… qué hermosa es. Incluso ahora, con el rostro enrojecido, temblorosa y agotada. O tal vez precisamente por eso. Porque ha bajado las defensas, porque ya no me lanza esa mirada dura, ni dispara palabras filosas como cuchillas. Ahora parece… mía. Y eso es peligroso. Porque no lo es, porque no me pertenece. Porque esto roza un límite que no sé si estoy preparado para cruzar. Levanto una mano y, antes de que mi conciencia me detenga, le acaricio el rostro. Apenas con los dedos. Un roce. Su piel está caliente bajo mi palma, su respiración se agita un segundo y luego se estabiliza de nuevo. No se despierta. —¿Qué haces conmigo, Astrid? — susurro, más para mí que para ella. Me obligo a apartarme. A levantarme y lo hago. Me incorporo con lentitud, con la idea clara de salir de la habitación. De alejarme de ella, aunque no quiero. Aunque todo en mí grita lo contrario. Pero mientras me giro, algo me detiene. Un tirón leve. Sus dedos en los míos. Su mano, tibia y débil, sujeta la mía como si, incluso dormida, supiera que estoy a punto de marcharme. Y entonces, su voz ronca, rota por la fiebre, me llega como un golpe: —Quédate... conmigo... Mi mundo se detiene, el tiempo, el juicio, la lógica. Todo colapsa. Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mi cuerpo entero vacila. No debería, no puedo. Y, sin embargo... no me suelta. Y yo… yo tampoco quiero soltarla. Doy la vuelta con movimientos lentos, medidos, como si cualquier paso en falso pudiera hacer que esto desaparezca. Me tumbo a su lado, encima de las mantas. Dejo espacio entre los dos. Un espacio que debería ser suficiente para tranquilizarme. Es lo correcto. Pero apenas mi cuerpo se acomoda en el colchón, ella se mueve. Instintivamente, sin abrir los ojos. Se acurruca contra mí. Su frente se apoya en mi pecho, y una de sus piernas se desliza sobre las sábanas, buscando calor. Y suspira. Un suspiro tan profundo, tan dulce, que me rompe. Se queda dormida así. Pegada a mí. Como si fuéramos algo, como si esto significara más de lo que debería. Como si no estuviéramos, en realidad, jugando con fuego... y yo ya tuviera las manos quemadas. Y no me muevo. No respiro más de lo necesario, no me atrevo a romper este instante que no me pertenece, pero que igual me guardo como si fuera mío. Cierro los ojos, con el corazón golpeando como un tambor maldito en el pecho, con el alma desgarrada entre lo que debo y lo que deseo. Y por primera vez en mucho tiempo... me permito quedarme. A su lado, solo por esta noche. Solo por ella. Me inclino apenas, mi boca cerca de su frente, y en un susurro ahogado le digo: —Descansá, moya malen'kaya ved'ma… que yo me quedo contigo.
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