Capitulo 15

2274 Words
Astrid Me remuevo en la cama, con el cuerpo pesado, empapada en calor. El dolor en mi cabeza palpita, constante, como una campanada sorda que retumba en mis sienes. Siento algo duro detrás de mí, contra mi espalda baja, y me tenso al instante. Parpadeo varias veces. La luz que se cuela por los ventanales es como agujas incandescentes que me apuñalan los ojos. Entonces lo siento. Un brazo firme sobre mi vientre. Mi respiración se traba en el pecho mientras giro con lentitud, y cuando mis ojos se abren del todo, el impacto me deja sin aliento, Vladimir. Dormido, o al menos con los ojos cerrados, su rostro tan cerca del mío que podría contarle las pestañas. Su perfume, tan suyo, me rodea, se me mete en la piel, en la cabeza. Me embriaga. Me desarma. ¿Cómo es que terminé aquí? Imágenes desordenadas me asaltan: correr fuera de la academia, la fiebre devorándome por dentro, las piernas a punto de ceder, y él… alcanzándome justo antes de que me desplomara. —Deja de restregarte contra mí— gruñe de pronto, sin abrir los ojos, con la voz rasposa y el cuerpo tenso—. No creo que estés lista para hacerte cargo de las consecuencias. Me aparto de inmediato, como si me hubiera quemado. Quedo al borde del colchón, intentando crear una distancia que no existe realmente. Vladimir abre los ojos y me observa. Su mirada azul es opaca, densa, como si pesara toneladas. —¿Cómo…? — balbuceo, pero no llego a terminar. —Te desmayaste en mis brazos, Astrid— dice, llevándose una mano al rostro—. No sabía qué hacer, así que te traje a mi casa. —Oh… —Un médico te revisó. Tienes un cuadro gripal. Dejó algunas cosas para que tomes y recomendó reposo. —Entiendo, yo… — pero el sonido estridente de mi teléfono me interrumpe. Vuelvo la cabeza. Está en la mesita de noche. La pantalla titila con el nombre de mi padre y el estómago se me encoge. —Mierda… — susurro. Deslizo para atender de inmediato. —Papá… —¿Dónde estás metida, Astrid? — su voz está cargada de tensión, de preocupación. Cierro los ojos con fuerza—. No volviste a casa, no avisaste. Tu madre y yo no hemos dormido en toda la noche. Y encima no contestas el maldito teléfono. —Lo siento, papá, de verdad… —Tampoco estás con Helena. La llamamos anoche y nos dijo que no estabas con ella. Suspiro, atrapada. Nunca les he mentido con nada, pero no puedo decirles que pasé la noche… aquí. Con él. En su cama. Mi mirada se desliza hacia Vladimir. No dice nada, apenas parpadea. —Después de las clases me encontré con April— miento con suavidad—. Quería que la ayudara con unos ejercicios. Se nos pasó el tiempo y me invitó a tomar unas cervezas para despejarnos. Bebimos de más y me quedé dormida. Tenía el celular en silencio… Silencio. Un segundo. Dos. —¿Quieres que vaya a buscarte? —No, no hace falta. Estoy por volver a casa. —¿Segura? —Sí, papá. Y de verdad, lo siento, no fue mi intención preocuparlos. —Está bien. Adiós, princesa. —Adiós… Cuelgo, sintiéndome más enferma que antes, pero no por la fiebre. El aire entre Vladimir y yo se vuelve denso, casi eléctrico. Estoy consciente de cada centímetro que nos separa. Y también de cada cosa que no dije. Y, aún así, lo que más me duele no es la culpa que me retumba desde el teléfono, sino lo cerca que está Vladimir y lo imposible que se vuelve pensar en otra cosa. Me quedo unos segundos mirando la pantalla apagada del celular, como si todavía pudiera absorber parte de la calma que necesito. Pero no hay calma, solo el golpeteo irregular de mi corazón y el peso invisible del cuerpo de Vladimir, que sigue tan cerca que puedo sentir el calor que irradia. Trago saliva. No sé cómo debería actuar. No sé qué se supone que debo decir. Esta cama. Esta casa. Esta situación. Nada de esto me pertenece. Y, sin embargo, ahí estoy. Con la piel erizada, con la garganta seca. Con su perfume clavado entre las costillas. —Gracias por... traerme — musito, sin mirarlo. Mi voz suena débil incluso a mis propios oídos—. Ya me siento mejor. Voy a vestirme y… Me incorporo, incómoda. Me duele todo, pero nada tanto como ese silencio espeso que hay entre nosotros. Silencio… o tal vez, no es silencio. Tal vez es todo lo que no decimos, todo lo que nos grita por dentro. Cuando bajo las piernas por el borde de la cama y estiro la mano hacia mi ropa, siento su mirada clavarse en mi espalda. La tensión entre nosotros cambia, es como electricidad estática flotando en el aire, erizando los extremos de mi piel. Recuerdo su voz de anoche. Su boca sobre la de Anastasia. El nudo de celos ardiendo en mi estómago justo antes de que el mundo se me oscureciera. Y ahora, aquí, en su cama, sin haber cruzado una línea que técnicamente no existe porque nosotros no somos nada, lo único que quiero es escapar. No por orgullo, por protección. —No debí quedarme— murmuro, más para mí que para él. Pero me escucha. Lo sé. Me inclino para tomar el sweater que está en el suelo, pero de pronto, antes de poder ponerme de pie, siento el colchón hundirse detrás mío. Su cuerpo. El calor de su cuerpo, el peso de su presencia justo detrás de mí. Y antes de que pueda girar, me empuja suavemente hacia atrás, obligándome a recostarme de nuevo. Quedo atrapada. Su cuerpo encima del mío, sus brazos a cada lado de mi cabeza, enjaulándome. Sus ojos, intensos, fijos en los míos. No dice nada. Mi respiración se vuelve errática, mi pecho sube y baja con fuerza. Y él solo me observa. Como si me analizara, como si intentara contener algo que le carcome por dentro. No sé cuánto tiempo pasa, podrían ser segundos o siglos. Y entonces suspira. Lento. Duro. —No hay nada entre Anastasia y yo— dice finalmente, con la voz ronca, baja, casi dolida—. Lo que viste, fue ella besándome. No yo a ella. El corazón se me aprieta. Pero no puedo permitirme caer tan fácil. —Entonces... ¿por qué? — pregunto, casi sin darme cuenta. Y me odio. Porque mi voz suena tan frágil. Como si importara. Como si yo importara. Sus ojos recorren mi rostro. Siento su mirada en mi boca, en mi cuello. En la forma en que mis piernas, apenas cubiertas por la sábana, tiemblan bajo él. Y luego, su confesión. Cruda. Sincera. Como un golpe directo al centro de mi alma. —No estoy seguro de que deba haber algo entre tú y yo. Y eso me está volviendo loco. No puedo responder, no puedo moverme. Porque esa frase se me mete en la sangre como un veneno dulce. No dice “no siento nada”. No dice “esto no va a pasar”. Dice que no debe. Y eso significa que quiere, y yo también. Dios, yo también. Pero lo único que hago es quedarme ahí, mirándolo. Con la respiración rota, con el deseo latiendo entre mis piernas. Y con las palabras atragantadas en la garganta. Porque lo deseo. Y lo deseo desde que lo vi por primera vez. Pero no sé si sobreviviría a tenerlo. Y mucho menos, a perderlo después. Sus palabras se quedan suspendidas entre nosotros como una amenaza. Como una promesa. "No estoy seguro de que deba haber algo entre tú y yo. Y eso me está volviendo loco." Podría responderle. Decirle que yo también estoy al borde, que llevo semanas sintiéndome como una llama encendida a punto de consumirse. Pero mis labios no se mueven. Porque Vladimir baja la mirada. Y en vez de alejarse… se acerca más. Siento su aliento en mi mejilla. Su nariz rozando apenas la mía, su pecho descendiendo lentamente sobre el mío hasta dejarme sin espacio ni aire. Mis manos, sin permiso, se aferran a su camiseta. No lo pienso, es instinto, es necesidad. Es él. Sus labios están peligrosamente cerca de los míos. Apenas separados por una respiración temblorosa. La mía. La suya. Me mira. Y juro que lo veo debatirse consigo mismo. Entre dar el paso o no, entre rendirse o seguir luchando contra eso que sea qué siente cuando me mira como si no existiera nadie más en el mundo. Una de sus manos sube, lenta, decidida. Y me aparta el cabello de la cara. Lo hace con la yema de los dedos, con esa suavidad que duele más que mil golpes. Roza mi mejilla con el dorso de la mano, y luego baja por mi cuello hasta detenerse en mi clavícula. Ese contacto me enciende. Me arde. Me desarma. —Vladimir… — susurro, temblando. Pero él no responde. Solo baja un poco más, sus labios rozando apenas el contorno de mi boca. No me besa. Solo amenaza con hacerlo y ese casi-beso es peor que cualquier caricia. Porque lo deseo. Dios, cómo lo deseo. Cierro los ojos y lo siento inclinarse. Siento que el mundo deja de girar justo antes de… Ding. El sonido agudo del ascensor nos atraviesa como un disparo. Vladimir se congela, y yo también. Ni siquiera respiramos. Y entonces… —¡Vladimir! ¿Estás aquí? — la voz chillona y perfectamente reconocible de Anastasia retumba desde la sala, con ese tono que me hace apretar los dientes—. Subí sin que nadie me atendiera, ¿te molesta? ¡Hola! Vladimir cierra los ojos, como si el mundo acabara de romperse bajo sus pies. Se aparta apenas, lo justo para que el aire vuelva a colarse entre nosotros. Ya no está encima mío, pero aún puedo sentir su cuerpo ardiendo sobre el mío. Siento la piel en llamas. Mi corazón en guerra. Trago saliva. Sus ojos se abren de nuevo y me miran. Esta vez hay frustración en ellos, deseo. Y algo parecido a dolor. Pero no dice nada, solo se levanta despacio de la cama y me deja ahí, envuelta en sábanas, sudor y preguntas y lo único que puedo pensar es que, si Anastasia no hubiese llegado, yo ya habría perdido la ropa, el juicio y el alma. Y aún no estoy segura de si eso me asusta… o me fascina. La puerta de la habitación se ha cerrado, pero la incomodidad quedó abierta como una herida. Se fue sin mirarme una sola vez, dejando tras de sí el rastro de todo lo que no pasó, de todo lo que pudo haber sido. Me cubro con la sábana, todavía temblando. Mi piel arde. Mi boca sigue con el sabor de ese casi-beso que nunca llegó a existir. Mi corazón late con un ritmo errático, como si no supiera en qué compás moverse. Desde la habitación escucho el sonido apagado de voces. Son ellos, Vladimir y Anastasia. No distingo lo que dicen, pero sus tonos son claros: él suena seco, contenido, como si tratara de no explotar. Ella, aguda, insistente, molesta. Como una piedra que no deja de rozar una herida abierta. Cierro los ojos con fuerza. No quiero escuchar, no quiero imaginar. Pero mi cuerpo se tensa igual, como si esperara algo, como si temiera todo. Me obligo a salir de la cama. Busco mi ropa y me visto lo más rápido que puedo. El calor sigue trepando por mi cuerpo, no sé si es la fiebre o la vergüenza. O el deseo que todavía me atraviesa como un eco. Camino hasta el baño. Me miro en el espejo. Me veo… Descompuesta. Desubicada. Con el cabello alborotado, la piel pálida y los ojos hinchados por el cansancio y la confusión. Abro la canilla y dejo correr el agua fría. Me lanzo un par de veces el líquido helado sobre la cara, intentando recuperar algo de control, aunque sea una mínima parte de mí. Pero no hay nada claro en mi cabeza. Ni siquiera sé qué somos, ni por qué me afecta tanto. Ni qué hacer con todo esto que crece entre nosotros, aunque ninguno se atreva a nombrarlo. Seco mi rostro con una toalla, me paso los dedos por el pelo intentando peinarlo, como si al ordenarlo pudiera ordenar algo adentro también. Como si pudiera volver a ser la Astrid de antes. La que sabía dónde estaba parada, la que no tenía a su director metido bajo la piel. Cuando regreso al dormitorio, el piso está en silencio. Solo el eco lejano de una puerta cerrándose me devuelve a la realidad. Entonces, salgo. Camino con cuidado por el pasillo, con pasos lentos y sigilosos, como si esperara tropezarme con algo que no quiero ver. Pero la sala está vacía. No hay nadie. La incomodidad se instala con fuerza en mi pecho. ¿Se fue Anastasia? ¿Se fue él? ¿Están juntos en otra parte de la casa? No lo sé. Y no quiero averiguarlo. Me siento pequeña, ajena. Como si hubiese invadido un espacio que no me corresponde, como si todo esto fuera un error del que todavía puedo escapar. Y eso hago. Tomo mi bolso, mis cosas, mis dudas y mis silencios. Y salgo. No dejo una nota, no miro hacia atrás. Solo quiero aire. Espacio. Distancia de él… aunque sé que no hay calle lo suficientemente larga para alejarme de lo que siento cuando me mira como si pudiera romperme y reconstruirme al mismo tiempo.
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