Astrid No pasé una buena noche. La congestión, la fiebre intermitente y ese malestar punzante detrás de los ojos me recordaron, minuto a minuto, que seguía enferma. Solo conseguí estar ausente en el ensayo de ayer, un gesto mínimo de indulgencia para un cuerpo agotado. Pero no hoy. Hoy debía estar en la academia. Puntual, peinada, lista. Como si no sintiera que el día se extenderá como una condena. Ayer, cuando me escapé del piso de Vladimir, lo hice casi corriendo. No miré atrás. Al llegar a casa, el silencio me recibió como un manto. Solo papá estaba allí, de pie en el living, con el ceño fruncido y ese aire de hombre que ha estado esperando —no algo, sino a alguien. A mí. Pero cualquier sermón que tenía preparado murió en sus labios cuando me miró detenidamente. Bastó con que l

