El miedo no es más grande que el amor a sus hijos

1698 Words
Eso ya era el colmo. El límite exacto donde la paciencia se rompe y solo queda el instinto. Recibir un maldito regaño de ese hombre que se creía dueño del mundo… y ahora también mi propio padre. No. Simplemente no. Me planté frente a él sin pensar en las consecuencias, con el corazón agitado en el pecho. —Me voy de aquí ahora mismo —le dije, mirándolo de frente—. ¿Me oyes? Ahora mismo. Gonzalo entrecerró los ojos, incrédulo, como si nadie se hubiera atrevido jamás a hablarle así. —No estás en posición de… —Cállate —lo interrumpí, temblando de rabia—. Si quieres matarme, adelante. Que tus hombres me llenen el cuerpo de plomo. Pero no soporto un segundo más tu maldita presencia. El silencio fue incomodo y peligroso. —No voy a negociar contigo nada que tenga que ver con mis hijos —continué—. Ellos son míos. MÍOS. Y así lo decido yo. Respiré hondo, sintiendo cómo el miedo me subía por la garganta. —Y si piensas quedártelos… prefiero morirme con ellos ahora mismo. No esperé respuesta. Me di la vuelta y bajé las escaleras con pasos firmes, aunque las piernas me temblaran. Crucé el vestíbulo, empujé la puerta principal y salí. El aire del jardín me acarició el rostro. Cada paso era un reto. Cada latido, una cuenta regresiva. Sabía que apenas cruzara ese maldito jardín, ahí estarían los gorilas de Echeverría, listos para disparar. El miedo me gritaba que me detuviera, que regresara, que cediera. Pero ya no podía. Y entonces escuché su voz detrás de mí, grave, cargada de algo que no supe identificar. —Da otro paso más, Adeline… y dime si de verdad crees que soy capaz de apretar el gatillo. —Por supuesto que sé que eres capaz de apretar el gatillo, maldito —le respondí sin girarme—. Pero no me importa morirme. No tengo miedo. Continue caminando. Cada nuevo paso era más difícil que el anterior. Sentía el pulso en los oídos, pero no me detuve. No iba a hacerlo. Entonces el estallido rompió el aire. Una bala pasó rozando mi brazo. El ardor fue inmediato, pero no grité. Ni siquiera me estremecí. En ese segundo lo entendí todo con una claridad cruel: no iba a matarme. Solo quería asustarme. Porque a esa distancia, un hombre entrenado como él para matar, conmigo de espaldas… no habría fallado. —Cobarde —murmuré, con una risa amarga. No me detuve. Ni siquiera quise voltear la mirada atrás. Escuché cómo sus guardias cargaban las armas, el sonido metálico se multiplicaba como una amenaza final. Cada clic era una advertencia. —¡Adeline, detente! —gritó Gonzalo—. ¡No tienes idea de lo que estás haciendo! Seguí caminando. Crucé el jardín con el corazón a punto de salírseme del pecho, con la sangre caliente bajándome por el brazo, con el terror marcándome los talones. Pero no miré atrás. No le di ese triunfo. Crucé el límite. Salí de su propiedad. Entonces escuché su voz una última vez, más cerca de lo que esperaba. —Muy bien —dijo—. Corre… pero ¿a dónde crees que puedes huir sin que te encuentre? …… Gonzalo….. Apenas regresé a la casa, perdí el control. Todo lo que encontré en mi camino terminó en el suelo. Un jarrón, una silla, una mesa auxiliar. Los lancé sin medir fuerza ni dirección. El sonido de los objetos destrozándose era lo único que lograba amortiguar la furia que me quemaba por dentro. —¡Maldita sea! —rugí—. ¡Maldita mujer! No había podido retenerla. Se me había escapado delante de mis ojos. Apreté los puños, respiré hondo… y aun así no bastó. Tomé el teléfono con manos tensas y marqué de inmediato. —Aurelio —ordené en cuanto atendió—. Encárgate de Adeline White. Está saliendo de la mansión ahora mismo. Tiene una herida de bala en el brazo. Llévala al hospital. Hubo un silencio al otro lado. —¿Una herida? —preguntó, sorprendido—. Señor… yo jamás lo vi dispararle a una mujer. —No te pedí consejos —corté sus preguntas—. Te estoy pidiendo resultados. Colgué sin esperar respuesta. Aurelio era mi hombre de confianza. Mi sombra. Mi perro fiel. Y aun así había fallado yo. Yo. Ese pensamiento me hizo apretar la mandíbula hasta dolerme. —¿Cómo diablos perdí el control? —murmuré. Una empleada se acercó con cautela, como si yo fuera un animal salvaje. Traía un vaso con agua azucarada y unas gotas de valeriana. —Señor… por favor —dijo—. Para que se calme. Tomé el vaso y lo bebí de un trago. No sirvió de nada. Nada calmaba esto. Caminé de un lado a otro, respirando con dificultad. —Nunca —grité—. Nunca ninguna bruja me había desafiado tanto como esta. Golpeé la pared con el puño. El eco resonó en el salón. —Cree que puede huir —dije entre dientes—. Cree que puede desaparecer con mis hijos. Levanté el teléfono otra vez, marqué un número que no usaba a la ligera y hablé con voz baja, peligrosa. —Prepárate —ordené—. Quiero saber cada paso que dé… y dime algo: ¿qué harías tú si la mujer que desafía tu imperio es la única que puede darte lo que más necesitas? Esa otra persona tenía nombre y apellido, y no era alguien a quien se llamara por error. Antonia Botero. Delincuente menuda, escurridiza como una sombra. Medía pocos centímetros, pero se colaba donde nadie más podía. La acondroplasia jamás fue un obstáculo para ella; al contrario, la volvió invisible para el mundo… y letal para quien la subestimara. —Necesito que te encargues de una mujer —le dije apenas atendió—. Se llama Adeline White. Antonia soltó una risa baja, cargada de burla. —Eso suena aburrido, Gonzalo. Dame algo más jugoso. —Te enviaré todos sus datos —continué—. Dirección, contactos, movimientos conocidos. Quiero que te acerques y me mantengas informado. Puedes intentar ser su amiga. —¿Amiga? —repitió, divertida—. Vaya, eso sí es nuevo viniendo de ti. —No estoy jugando, Antonia. —Tranquilo —respondió—. Primero hay que mirar el tablero antes de mover una ficha. —No está sola —advertí—. Es abogada. Va de la mano con la ley… la que a ti te gusta romper. Antonia guardó silencio unos segundos. Pude imaginarla pensando, evaluando riesgos, sonriendo con esa mueca peligrosa que tanto la caracterizaba. —Entonces bajemos la velocidad —dijo por fin—. Por ahora solo la vigilaré. Quiero conocer sus rutinas, sus manías, sus puntos débiles. Ya después veremos si puedo avanzar. —Eso es todo lo que quiero —admití—. Que la sigas. Esta embarazada de mis herederos, intenta cuidar que no le hagan daño también. —Mmm —murmuró—. Una mujer embarazada, un hombre desesperado y secretos flotando en el aire. Esto se va a poner interesante. …..Adeline…. Apenas crucé el límite de la mansión tuve que apoyarme contra la pared. Mis piernas dejaron de responder y el mundo se volvió borroso. Ya no pude contener las lágrimas. Me llevé la mano al brazo y la sangre caliente me recordó que estuve a punto de morir. Respiré… o lo intenté. El aire no entraba. El pecho me ardía como si alguien lo estuviera apretando desde dentro. No ahora, me repetí, no delante de ellos, no aquí. El embarazo me tenía hecha trizas; todo me dolía, todo me atravesaba el alma con demasiada intensidad. —Respira… respira —me ordené en voz baja, inútilmente. Sentí que me iba a desmayar cuando unas manos firmes me sujetaron por los hombros. —Señora, ¿está bien? —preguntó una voz masculina, preocupada—. Está sangrando. —Hospital… —logré decir—. Por favor… lléveme a un hospital. Me faltaba el aire, las palabras se me rompían en la garganta. El hombre no dudó. Me alzó con cuidado, como si temiera quebrarme. —Tranquila, míreme —dijo—. Respire despacio conmigo. Uno… dos… eso es. Yo la llevo, se lo prometo. No va a morir aquí. No tuve fuerzas para responderle. Solo asentí mientras me aferraba a su camisa como si fuera lo único sólido en el mundo. El trayecto fue una mancha de luces y bocinas lejanas, mi respiración descompuesta y su voz repitiendo que aguantara, que ya casi llegábamos. En la clínica todo se resolvió rápido. —¡Urgencias! —gritó alguien—. Mujer embarazada, herida sangrante y crisis respiratoria. Una enfermera me colocó una mascarilla de oxígeno. —Respire profundo, despacio —me indicó—. Está a salvo. Un camillero me trasladó mientras el hombre caminaba a mi lado sin soltar mi mano. —Aquí estoy —me dijo—. No se vaya, ¿sí? Míreme a mí. —Me… me cuesta… —susurré. —Lo sé, pero lo está haciendo bien —respondió con una sonrisa suave—. Muy bien. La enfermera limpió la herida de mi brazo y preparó la sutura. —Va a arder un poco —avisó. —He pasado por cosas peores hoy —murmuré, con un sarcasmo amargo que ni yo misma reconocí. El hombre que me salvó soltó una leve risa nerviosa. —Eso suena como una historia larga. —No tiene idea —respondí, cerrando los ojos mientras la aguja entraba en mi piel. —¿Es el padre? —preguntó la enfermera, mirándolo. Él dudó apenas un segundo. —No —dijo—, pero no voy a irme. Abrí los ojos y lo miré, sorprendida. Él me sostuvo la mirada con una calma extraña, como si aquella promesa no fuera improvisada. —Gracias… —susurré—. No sé ni su nombre. Sonrió otra vez, inclinado hacia mí, mientras la enfermera terminaba de suturar. —Tranquila —me dijo en voz baja—. Tendremos tiempo para eso… si me dices primero de quién estás huyendo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD