Un enemigo reaparece

1773 Words
Aurelio entró con la cabeza ligeramente gacha, y con eso ya supe que nada bueno iba a salir de su boca. —Jefe… revisé los alrededores de la mansión —dijo—. Portería, cámaras externas, caminos secundarios… Adeline no está. Sentí cómo algo me reventaba por dentro. —¿Cómo que no está? —gruñí—. Solo tenías una maldita tarea, Aurelio. Una. —Señor, le juro que… —¡No me jures nada! —le corté, golpeando el escritorio—. ¿Cómo se te escapa una mujer herida, embarazada, cruzando mi propiedad, sin que tú la veas? Aurelio tragó saliva. —No pasó sola por portería. Eso es lo extraño. —Entonces explícame el milagro —dije, caminando de un lado a otro—. Porque aquí nadie entra ni sale sin que yo lo sepa. Me acerqué al panel de seguridad y activé las grabaciones. Adelanté, retrocedí, cambié de cámara. Ahí estaba. Un auto oscuro se detuvo. Un hombre bajó con presunta calma. Traje impecable. Postura arrogante. Mi estómago se hundió. —No… —murmuré. Aurelio se acercó. —¿Lo reconoce, jefe? Lo reconocía demasiado bien. Esa manera de caminar. Ese gesto seco al abrir la puerta. Esa sonrisa torcida que había visto de niño antes de que todo se fuera al infierno. —Es él —dije entre dientes—. El hermano gemelo de mi padre. Aurelio abrió los ojos. —¿Maximiliano… Echeverría? —El mismo —admití—. El desterrado. El criminal. El bastardo que juré no volver a ver jamás. Volví a mirar la pantalla. Maximiliano sostuvo a Adeline con cuidado, como si fuera algo precioso. Como si me la estuviera robando en la cara. —De todos los malditos hombres del mundo… —murmuré—, tenía que ser él. —Señor —dijo Aurelio con cautela—, si la mujer está en manos de su tío… —No es mi tío —lo corregí—. Es mi enemigo. Apreté los puños. Sabía cómo operaba Maximiliano. Sabía que nada era gratis. Y sabía, con una certeza que me quemaba la sangre, que usaría a Adeline. Su herida y su embarazo para joderme. —Prepárate —ordené—. Porque la llamada va a llegar. Espero que una buena suma de dinero le baste. Aurelio dudó. —¿Y si pide algo imposible? Sonreí sin humor, mirando la imagen congelada de Maximiliano volviendo la cabeza hacia la cámara, como si supiera que lo estaba observando. —Ese maldito nunca llama para saludar —dije—. Llama para recordarte que ya perdiste. Suspiré y marqué directo a la línea segura, esa que solo contestan los hombres que no hacen preguntas inútiles. —Activen rastreo total —ordené—. Quiero saber por dónde respira el zángano de mi tío. Cámaras públicas, peajes, clínicas, hoteles. Si compra una botella de agua, lo quiero saber. —¿Confirmado que es Maximiliano? —preguntó Bruno, mi investigador más antiguo. —Tan confirmado como que la sangre traiciona —respondí—. Y esta vez no pienso perder. Caminé por el despacho mientras ellos ejecutaban órdenes. Mi padre apareció en mi mente como una herida vieja. Muerto por enfrentarse a su propio hermano. Apuñalado por la misma sangre que debía protegerlo. Por eso jamás dudé en querer herederos pronto. No por romanticismo. Por estrategia. Para que el imperio Echeverría siguiera del lado correcto de la historia. Del mío. —Jefe —intervino otro—, estamos siguiendo el sedán oscuro, placas falsas. Salió rumbo al centro médico privado del norte. Apreté la mandíbula. —Claro —bufé—. Siempre tan teatral. La lleva al hospital, se hará el comprensivo, el salvador. Maximiliano nunca cambia. Me serví un trago que no bebí. Pensé en Adeline. En su embarazo. En mis únicos hijos. Y en lo irónico que resultaba todo. No había plan B. Nunca lo hubo. Yo mismo me aseguré de eso cuando me practiqué la vasectomía irreversible después de congelar mis muestras en la clínica. Una jugada limpia. Control absoluto. O eso creí. —No hay margen de error —dije en voz baja—. Esos niños son mi futuro. El único que tengo. —¿Aceptamos sus propuestas si intenta negociar? —preguntó Bruno. Sonreí sin humor. —Mi tío no negocia. Extorsiona. Me serví otro trago que tampoco bebí. El vaso temblaba en mi mano, y eso me enfureció más que cualquier traición. —Fuiste un animal, Gonzalo —me dije en voz alta—. Un maldito salvaje que ahora lo dañó todo. La imagen de Adeline saliendo por el jardín no se me iba de la cabeza. La sangre en su brazo. Su espalda rígida. Ese orgullo absurdo que la empujó directo a los brazos equivocados. Porque no era ingenuo, no me engañaba: ella no huyó sola, siento que huía hacia alguien. Y apareció Maximiliano que sabía exactamente como jugar. —Claro que se va a refugiar en él —murmuré—. Está asustada… y él se va a presentar como el héroe. Golpeé la mesa con el puño. —Le prometerá protección, le dirá palabras suaves con una sonrisa calculada —enumeré con desprecio—. Usará con ella el manual completo de manipulación. Sabía cómo operaba mi tío. Maximiliano no imponía miedo de entrada, no. Él envolvía. Escuchaba. Daba la sensación de control mientras te lo quitaba todo sin que lo notaras. Y Adeline… Adeline era inteligente, sí, pero también estaba herida. Y una mujer herida confía cuando no debería. —Le va a decir la verdad —escupí—. Toda la verdad y será mi perdición. Imaginé la escena con una claridad que me revolvió el estómago. Ella hablando de la clínica. Del error y de mis amenazas. De mis exigencias. Confesándole incluso cosas que yo aún ignoro. Su historia. Sus miedos. —Y ahí se pierde —susurré—. Ahí se condena y me condena con ella. Mi asistente entró sin tocar. —Señor, hemos localizado el hospital. Hay registro de ingreso femenino con herida de bala superficial. Está acompañada. —¿Por quién? —pregunté sin mirarlo. Dudó un segundo. —Por un hombre que se presentó como familiar. Cerré los ojos. Sonreí sin alegría. —Claro… familiar —dije—. La palabra favorita de los traidores. ……. Mientras tanto, en la clínica, el hombre amable y sonriente no se había movido del lado de Adeline ni un solo segundo. Permanecía sentado con una paciencia casi teatral, observándola como quien finge distraerse mientras arma un rompecabezas en silencio. —Deberías decirme de quién estabas huyendo —insistió con voz suave—. No es normal salir herida así. —Fue una bala perdida —respondió Adeline, seca, sin mirarlo—. Y no estaba huyendo de nadie. Maximiliano alzó una ceja, divertido. No la contradijo de inmediato. Prefería dejar que la mentira respirara antes de asfixiarla. Él la había visto salir de la mansión de Gonzalo, había reconocido ese portón, esos jardines, esa manera desesperada de caminar cuando alguien cree que no va a salir con vida. —Claro —murmuró—. Las balas perdidas tienen una puntería muy selectiva. Antes de que Adeline pudiera responder, la enfermera regresó con una bandeja metálica. —¿Es alérgica al diclofenaco? —preguntó mientras revisaba la historia clínica. —No —contestó Adeline—, pero estoy embarazada. El aire cambió. No fue brusco, fue sutil. Maximiliano no perdió la sonrisa, pero algo en su mirada se afiló con precisión. Embarazo. Mansión Echeverria. Bala. Gonzalo. Las piezas comenzaron a encajar con una elegancia inquietante. —Entonces evitaremos cualquier antiinflamatorio —dijo la enfermera—. Vamos a ser muy cuidadosos. —Eso suena tranquilizador —comentó Maximiliano—. Aquí nadie quiere riesgos innecesarios. Adeline lo miró con atención. Aquel hombre no vestía como médico, pero tampoco como alguien común. Tenía porte, seguridad y una calma peligrosa. —¿Quién es usted? —preguntó, desconfiada. Él sonrió, satisfecho de que por fin formulara la pregunta correcta. —Conmigo estás a salvo —dijo—. Mi nombre es Maximiliano Echeverría… pero no soy igual que Gonzalo. El apellido de inmediato le alteró los nervios. Adeline se tensó al instante, cada músculo se puso en alerta. Maximiliano lo notó y confirmó lo que ya sospechaba: ella no era una empleada, no era una desconocida, y esa herida no era casualidad. Había historia ahí. Y poder. —Tranquila —añadió—. No tienes que contarme nada… todavía. …… Sus ojos se deslizaron con calculada discreción hacia mi vientre y luego regresaron a su rostro. Maximiliano se acomodó en la silla como si estuviéramos teniendo una charla trivial, no una conversación que podía decidir el destino de los hijos de su sobrino. —Mi sobrino es un hombre impulsivo —dijo con un suspiro casi cansado—. Pierde los estribos por casi nada. Por eso ninguna mujer aguanta más de tres días en esa mansión. Lo miré con el ceño fruncido. —No parece el tipo que acepta un no por respuesta —murmuré. —No lo parece, pero lo es —confirmó—. Y tampoco tolera perder el control. Gonzalo tiene un historial… complicado. Bipolaridad diagnosticada, episodios de violencia, internamientos en sanatorios psiquiátricos. Su poder siempre ha barrido todo bajo la alfombra. Tragué en seco. Eso no era solo peligroso, era aterrador. —Entonces… —mi voz se quebró—, entonces está loco. Maximiliano ladeó la cabeza, con una sonrisa ladeada. —Digamos que es inestable. Y los hombres inestables con poder ilimitado son una pésima combinación. Respiré hondo. No podía seguir callando. Necesitaba un aliado, aunque viniera con apellido maldito. —Estoy embarazada de él —confesé—. Fue un error médico. Me inseminaron con su muestra sin que yo lo supiera. Sus ojos brillaron, atentos. —Interesante… —Me propuso abortar —seguí, con rabia—. O entregarles a mis hijos como si fueran mercancía. Y no es uno… son tres. Trillizos. El silencio duró apenas un segundo. Luego, Maximiliano sonrió de oreja a oreja, una sonrisa como la de alguien a quien la vida acababa de devolverle una jugada largamente esperada. —Vaya… —murmuró—. Tres herederos. Gonzalo debe estar fuera de sí. No entendía su expresión, yo no sabía la oportunidad que acababa de poner en sus manos. Maximiliano se inclinó hacia mí, con una calma que me heló la sangre. —Dime tú… ¿prefieres huir sola de un loco, o dejar que yo me encargue de protegerte?
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