Miré mi brazo vendado y pensé, con una lucidez casi cruel, que los problemas con hombres como los Echeverría no se resolvían con códigos ni con artículos constitucionales.
Yo era una abogada prestigiosa, sí, pero Gonzalo jugaba en otra liga, una donde la ley era solo una sugerencia educada. Y ahora tenía enfrente al único hombre que quizá podía enfrentarlo: su propio tío.
—No puedo huir sola —le dije a Maximiliano, mirándolo fijamente—. Tardaría lo mismo que una hoja seca en caer de un árbol. Gonzalo me encontrarían antes de que yo pudiera esconderme.
Él sonrió, apoyado contra la pared de la sala de urgencias.
—Lo sé. Por eso estás aquí, conmigo.
—Pero no soy una idiota —añadí—. Si usted y yo vamos a tener una alianza, será como lo establece la ley. Con acuerdo notariado, con cláusulas claras. Me entenderá que ahora no puedo confiar en nadie.
Maximiliano soltó una risa baja.
—Me parece justo. Tú necesitas huir de Gonzalo y yo quiero vengarme un poco. —Se inclinó hacia mí—. Hagamos un trato por lo que dure tu embarazo.
—¿Qué clase de trato? —pregunté, ya sospechando que no sería algo sencillo.
—Cásate conmigo —dijo sin rodeos—. Así aparezco con mujer ante la sociedad y mi querido sobrino recibe una lección que no olvidará.
Abrí los ojos con incredulidad.
—¿Y qué sacaría yo con eso? —repliqué—. No quiero que mis hijos figuren como tuyos. Ya estoy divorciada y los quiero bajo mi apellido.
Volvió a reír, como si aquello fuera un detalle menor.
—No te preocupes. Mi interés por ti solo será fingido. Apenas nazcan tus hijos, te dejo en paz. Nuestro contrato tendrá validez solo hasta que esos niños vean la luz del mundo.
Lo observé en silencio. Gonzalo me había disparado.
El padre biológico de mis bebés había intentado decidir si ellos vivían o morían como si fueran una inversión fallida.
Cualquier cosa parecía menos peligrosa que volver a estar a su merced.
—Acepto —dije por fin—. Vamos a casarnos.
La enfermera terminó de suturar mi brazo y Maximiliano me miró con una expresión que no supe descifrar.
—Perfecto, Adeline —murmuró—. Entonces dime… ¿estás lista para convertirte en una Echeverría y desatar una guerra que nadie podrá detener?
Sabía que la noticia de mi boda con el peor enemigo de Gonzalo lo iba a destruir, y no voy a fingir que eso no me producía una satisfacción peligrosa.
Tal vez era mezquina, tal vez era humana. No era mi culpa haber sido inseminada con su muestra para que él reaccionara como una bestia.
Al final solo era eso, una muestra, algo que él podía volver a producir cuando quisiera, pero mis hijos no eran reemplazables. Eran vidas. Y por ellos iba a pelear como una fiera.
—¿Estás segura de esto? —me preguntó Maximiliano, mientras firmaba unos papeles en una carpeta azul—. No es un juego, Adeline. Mi sobrino no sabe perder.
—Tampoco yo —le respondí sin mirarlo—. Y ya perdí demasiado con hombres que creen que el mundo les pertenece.
Él soltó una risa seca.
—Eso me agrada de ti. No bajas la cabeza.
—No después de que me apuntaron con un arma —repliqué—. Ahora solo quiero algo: que Gonzalo sepa que no puede tocarme ni a mí ni a mis hijos.
—Créeme —dijo Maximiliano, inclinándose hacia mí—, cuando vea tu apellido unido al mío, va a sentir que le arrancan el corazón a mordidas.
—Bien —susurré—. Porque eso es exactamente lo que él intentó hacerme a mí.
Tomé la pluma y firmé un leve acuerdo que redacté. La tinta parecía demasiado negra, demasiado definitiva.
—Listo. Ahora todo cambiará de rumbo.
—Así es —asintió Maximiliano—. Y cuando Gonzalo se entere… será un espectáculo digno de primera fila.
Respiré hondo, sintiendo cómo mis manos temblaban apenas un poco.
Ese mismo día, con el brazo vendado y el pulso todavía inestable por todo lo que había vivido, fui con Maximiliano a legalizar nuestro trato.
No había flores, ni sonrisas falsas, ni promesas románticas. Solo un notario con cara de aburrimiento y una carpeta llena de papeles que definirían mi futuro inmediato.
Yo acababa de recibir una pequeña fortuna por el divorcio con Doyle, y no pensaba permitir que ningún Echeverría, por muy elegante que fuera, metiera las manos en lo que me pertenecía.
—Capitulaciones matrimoniales —dije en voz alta mientras leía—. Separación total de bienes. Lo que es mío sigue siendo mío. Lo que es tuyo, también.
—Como debe ser —respondió Maximiliano, apoyado en el respaldo de la silla—. No necesito tu dinero, Adeline. Tengo suficientes demonios que me pertenecen.
—Me alegra oírlo —repliqué—. No me casé para volver a mantener a otro hombre.
El notario carraspeó.
—Si ambos están de acuerdo, procedemos a la firma.
Maximiliano tomó la pluma primero.
—Esto solo es una alianza —dijo sin mirarme—. Una muy conveniente para ambos.
—Para mí es un escudo —le respondí—. Y para ti, una provocación.
Sonrió.
—Exacto. Mi sobrino odia perder. Y detesta más que nada que alguien le quite algo que cree suyo.
—Yo no soy algo —le recordé.
—Lo sé —asintió—. Pero él no. Y eso es lo que vamos a usar contra él.
Firmé. La hoja crujió bajo la presión de mis dedos.
—No menciones a mis hijos —advertí en voz baja—. Ese es el único límite que no estás autorizado a cruzar.
—No hace falta —contestó—. Lo que voy a arrebatarle a Gonzalo no son los bebés… es su orgullo.
—¿Y qué exactamente piensas hacerle? —pregunté, levantando la mirada.
Maximiliano inclinó la cabeza, con una sonrisa lenta y peligrosa.
—Dime, Adeline… ¿alguna vez has visto a un rey arrodillarse cuando le quitan a la reina que aún no sabe que ha perdido?
La ironía de Maximiliano me arrancó una risa que ni yo misma esperaba.
Era absurda la situación: recién “casada”, con el brazo vendado, embarazada de trillizos que pertenecían a su sobrino psicópata y firmando pactos que parecían sacados de una novela criminal.
—Entonces… esposo por contrato —le dije—, ¿dónde vamos a vivir? Porque mírame, necesito ir a mi casa por mi ropa y mis cosas personales. No pienso enfrentar esta locura con un solo vestido y una bata de hospital.
Maximiliano me observó con esa expresión burlona que parecía no tomarse nada demasiado en serio.
—Tu casa ya no es un lugar seguro, Adeline. Gonzalo la convertirá en un nido de vigilancia en cuestión de horas.
—Genial —bufé—. A mi vida desastrosa se le suma otro problema. Mi familia va a quedarse congelada cuando les diga que volví a casarme.
—No te preocupes —rio—. Mi mala fama ayudará. Pensarán que fue una locura impulsiva. Y, en cierto modo, lo fue.
—Sí —murmuré—, una locura muy bien notariada.
Salimos de la clínica y, en cuestión de segundos, una decena de hombres armados nos rodearon como si estuviéramos entrando en una zona de guerra.
Llevaban unos trajes oscuros, y las manos cerca de las pistolas. Yo me quedé quieta, tratando de no parecer una presa nerviosa.
—¿Tanto peligro corremos en la calle? —le pregunté en voz baja.
Maximiliano sonrió con calma inquietante.
—Así es este mundo, esposa. Nunca sabemos en qué momento aparecerá un enemigo.
—¿Y Gonzalo cuenta como enemigo o como pesadilla recurrente? —repliqué con sarcasmo.
—Ambas cosas —respondió—. Y créeme… no tardará en venir por lo que cree que le pertenece.
Me detuve un segundo antes de subir al auto blindado.
—¿Y cuando venga, Maximiliano… estarás de mi lado o me usarás como cebo?