Gonzalo recibe la peor noticia

1262 Words
…Gonzalo…. Me levanté de un golpe, la sangre todavía me corría por los dedos mientras el cristal de la copa caía en pedazos sobre la alfombra. Aurelio retrocedió un paso, pero no bajó el teléfono ni el papel que sostenía. —Eso que me muestras es falso —gruñí—. Díme la verdad ahora mismo o te juro que te arrepentirás. —No es falso, Gonzalo —respondió con la voz tensa—. Mira la fecha, mira el sello del juez… y mira las firmas. Arranqué el certificado de sus manos y lo sacudí frente a su cara. —¿Maximiliano? ¿Ese bastardo? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Adeline no haría algo así, no después de todo… ¡ESO ES ABSURDO! —Lo hizo hoy al mediodía —me cortó—. En el registro civil del centro. —¡Mientes! —le grité, y el dolor en la mano cortada ni siquiera me importó—. Me estás jugando una broma enfermiza. Aurelio negó con la cabeza y me mostró la pantalla del celular. La foto era clara: Adeline con el brazo vendado, Maximiliano sonriendo como si hubiera ganado una guerra, y el juez entre ambos levantando un documento. —Sabía que no me creerías —dijo—, por eso fui y lo obligué a dejarme tomar esta foto de las cámaras de vigilancia. —Ese maldito… —murmuré, apretando los dientes—. ¿Entiendes lo que significa? Ahora va a darle su apellido a mis hijos. —También son de él, al menos ante la ley —me recordó con frialdad. —¡No! —golpeé la mesa—. Son míos. Llevan mi material genético. Él solo está robándome lo que es mío. Aurelio respiró hondo. —Por eso te lo estoy diciendo ahora. Antes de que sea demasiado tarde. —Demasiado tarde ya fue cuando disparé —escupí—. Creí que eso la iba a quebrar, que volvería rogando… —Y no lo hizo —susurró—. Se levantó, se fue y ahora es esposa de tu peor enemigo. Lo veo como una venganza justa. Me pasé la mano ensangrentada por el cabello, riendo sin humor. —Mírame, Aurelio. Mírame bien. ¿De verdad crees que voy a dejar que Maximiliano se quede con lo que es mío? —Lo que creo es que él ya se está moviendo —respondió—. Ha puesto seguridad, ha cerrado filas, y en cuanto la prensa publique la boda, tú quedarás como el villano que quiso matarla. —Que publiquen lo que quieran —dije entre dientes—. Yo solo necesito una oportunidad para hablar con ella. —¿Hablar? —arqueó una ceja—. Gonzalo, tú crees que después de dispararle va a querer escucharte. —Fue mi error, sí —respondí—. Solo necesito que Adeline me mire a los ojos y me diga que todo esto no es real. Aurelio guardó el celular y me observó con cautela. —¿Y si te lo dice? ¿Y si te confirma que eligió a Maximiliano por voluntad propia? Lo miré fijamente, sintiendo cómo algo oscuro me subía por el pecho. Marqué el número de Abraham Clark con la mano temblorosa, todavía húmeda de sangre. Cuando contestó, su voz sonó demasiado tranquila para lo que estaba a punto de preguntarle. —Dime que el divorcio de Adeline no se ha procesado —solté sin saludo—. Dime que sigue siendo la esposa de ese tal Doyle. Del otro lado hubo una risa breve, casi divertida. —Gonzalo, eso ya no existe —dijo—. El exmarido incluso transfirió el dinero de la separación. Todo quedó limpio y cerrado. —¿Estás diciendo que quedó libre para casarse otra vez? —pregunté, sintiendo cómo algo se me rompía por dentro. —Exactamente eso —respondió—. El divorcio está legalmente firmado y aprobado. Corté la llamada sin dejarlo terminar. Me apoyé contra la pared y comencé a golpear mi frente contra ella una y otra vez, como si pudiera borrar la imagen de Adeline entregándose a otro hombre. —Maldita sea… maldita sea… La puerta se abrió con cuidado. —Jefe… —dijo una voz femenina, pequeña pero firme. Me giré con los ojos enrojecidos. —¿Qué ocurre, Antonia? Ella avanzó hacia el mueble y, con esfuerzo, trepó para quedar a mi altura. Su acondroplasia hacía que cada movimiento le costara el doble, pero no pidió ayuda. —Intenté acercarme a la abogada White —informó—, pero ahora la rodea un escuadrón de seguridad. No dejan ni que el aire la toque. —¡Maldición! —rugí, golpeando el escritorio—. ¿Y vienes a decirme eso como si fuera útil? —Es lo único que encontré por ahora —respondió, sin bajar la mirada. —Lárgate de aquí —le espeté—. Y no vuelvas hasta que me consigas hechos, no migajas. ….Adeline…. El teléfono vibró en mi mano y, al ver el nombre de Abraham, sentí un nudo en el estómago. Me alejé unos pasos hacia el jardín, buscando aire. —¿Cómo estás, Adeline? —preguntó apenas contesté—. Ya hablé con mis padres, van a buscar apoyo, no te desesperes… —Abraham, escúchame —lo interrumpí, bajando la voz—. Ya no estoy en la casa de Gonzalo. Hubo un silencio breve. —¿Entonces dónde estás? —En casa de su tío… de Maximiliano Echeverria. —¿¡Qué!? —prácticamente gritó—. ¿Estás loca? ¡Huyes de un tipo arrogante y desequilibrado para meterte con un criminal! Se me erizaron los vellos de los brazos. —Eso no es todo —dije, tragando saliva—. Me casé con él. Es un trato, Abraham. El matrimonio durará solo hasta que termine mi embarazo. Del otro lado estalló. —¡¿Te casaste?! —rugió—. ¿Dónde quedó la mujer inteligente que pensaba antes de actuar? ¿Cómo pudiste ser tan impulsiva, Adeline? —No tenía opciones —respondí, con el corazón golpeándome con fuerza—. Necesitaba protección para mis hijos. —¿Protección? —replicó, con voz dura—. Acabas de declarar una guerra, hermana… ¿estás segura de que sabes contra quién acabas de ponerte? El tono de Abraham cambió cuando le dije que pronto iría de visita a casa. —Ni se te ocurra —me cortó de inmediato—. Olvídate de que tienes hermano, Adeline. Si Gonzalo llega a saber que somos familia, no va a pensarlo dos veces, me manda a matar sin compasión. Cerré los ojos y solté un suspiro largo, pesado. —Lo sé… tienes razón —admití—. No puedo ponerlos en riesgo. —¿Vas a volver al bufete? —preguntó después, con cautela. Negué, aunque él no pudiera verme. —No por ahora. Quiero pasar estos meses encerrada, donde nadie pueda hacerles daño a mis trillizos. —Esto no es una pausa, es una fuga —replicó—. Y las fugas siempre se pagan. —Envía mis saludos a nuestros padres —le pedí, intentando sonar firme—. Diles que no necesito ser rescatada. Abraham guardó silencio unos segundos, luego habló con una gravedad que me heló la sangre. —Te equivocaste de refugio, hermana. Has entrado a un infierno mucho más ardiente que el que Gonzalo te ofrecía… ¿estás preparada para descubrir qué precio te va a cobrar Maximiliano?
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