….Gonzalo…
Desperté de golpe.
Mi pecho latía con una violencia que me atravesó las costillas, como si algo quisiera escapar de mi interior.
El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por la lámpara tenue sobre la mesa de noche, y el silencio era tan espeso que podía escucharlo.
Me incorporé de un tirón, llevándome la mano al corazón.
—Mierda… —murmuré, respirando entrecortado.
El sudor frío me recorría la espalda y las sienes.
Sentía las sábanas pegándose contra mi piel. Sentía el pulso en la garganta, golpeando sin control.
Alcancé el frasco de pastillas con manos temblorosas.
—Tranquilo, Gonzalo… solo respira —me dije a mí mismo.
Tomé una pastilla y la tragué con un sorbo de agua que me supo horrible. Cerré los ojos, apoyé la cabeza en el respaldo de la cama y conté mentalmente cada inhalación, como me habían enseñado años atrás.
Uno… dos… tres…
Pero los recuerdos no se iban.
Los demonios nunca se apagaban.
Vi sombras en las paredes, rostros que ya no estaban, voces que creí haber enterrado. Sentí esa vieja opresión en el pecho, esa sensación de estar atrapado en un laberinto sin salida.
Me pasé una mano por el cabello, frustrado.
—No otra vez… —susurré.
Me levanté y caminé descalzo hasta la ventana. Afuera, la ciudad estaba en silencio, ajena a mi tormenta interna. Apoyé la frente contra el vidrio frío y cerré los puños.
—Creí que ya había superado esto —murmuré.
Mi mente regresó al pasado, a todo lo que intenté olvidar. A decisiones que me persiguen, a errores que no me sueltan, a rostros que me miran acusadores incluso en sueños.
El frasco de pastillas tintineó cuando lo tomé de nuevo.
—No puedo seguir así —dije en voz alta.
Me dejé caer en el sillón junto a la ventana. Mis manos temblaban. Mi respiración seguía agitada, aunque el medicamento comenzaba a hacer efecto.
Me llevé las manos al rostro.
—Necesito ayuda… de verdad que la necesito.
Recordé las palabras de mi terapeuta años atrás, su voz calma y firme.
“Los demonios no desaparecen por ignorarlos, Gonzalo.”
Solté una risa amarga.
—Fácil decirlo… —murmuré.
Miré el reloj: 3:17 a.m.
La noche aún era larga, y yo estaba despierto con mi tormenta interna rugiendo dentro.
Después de horas de dar vueltas en la cama, de sudar frío y de pelear con sus propios pensamientos, su cuerpo simplemente colapsó.
Se deslizó hasta el borde del colchón y, casi por instinto, se metió debajo de la cama.
Allí, en ese pequeño espacio oscuro y cerrado, su respiración por fin se reguló. El mundo se sentía más lejano, más manejable. No había luces, no había sombras moviéndose en las paredes, no había recuerdos gritándole al oído.
Se acurrucó de lado, abrazándose a sí mismo, y… encontró paz.
La luz del amanecer se filtró por las cortinas cuando Aurelio abrió lentamente la puerta.
Primero miró la cama y estaba vacía.
El ceño se le frunció, pero no entró en pánico. Ya sabía exactamente dónde buscar.
Suspiró, dejó la bandeja con café sobre la mesa y se agachó hasta quedar al nivel del piso.
—Jefe… —llamó con voz suave, golpeando con suavidad el colchón—. Ya amaneció.
No hubo respuesta.
Aurelio se recostó de lado en el suelo, apoyando la cabeza sobre su brazo, mirando directamente hacia el espacio bajo la cama.
—Gonzalo… —insistió—. ¿Se siente bien?
Durante unos segundos solo se escuchó el silencio.
Luego, un movimiento.
Gonzalo apareció lentamente, arrastrándose sobre el piso, despeinado, con los ojos aún pesados de sueño y el rostro tenso.
Se sentó al borde de la cama, pasando una mano por su cara.
—Sí… estoy bien —murmuró con voz ronca—. Solo esos malditos fantasmas que me agobian.
Aurelio lo observó con atención. Conocía demasiado bien esa mirada.
—Jefe… —dijo con cautela—. Necesita renovar la medicación. Siento que ya no le hace el mismo efecto que hace un año.
Gonzalo apretó la mandíbula de inmediato.
El tema lo jodía.
Su mirada se volvió más dura y distante.
—No empieces con eso —respondió seco.
Aurelio no se inmutó.
—No lo digo por molestarlo. Lo digo porque sé que todo lo que está pasando con esa mujer te afecta. No podemos tener otra crisis como la del año pasado.
Gonzalo tragó saliva, desviando la mirada hacia el suelo. La sola mención de su última crisis le revolvía el estómago.
Recordaba fragmentos borrosos: gritos, manos temblorosas, camisas de fuerza.
No quería volver ahí.
—Lo sé… —admitió finalmente, con voz más baja.
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando el exterior como si buscara respuestas en el cielo.
En su mente apareció otro pensamiento, más oscuro, más íntimo.
Esas muestras… las había tomado mucho antes de que la medicación comenzara a afectarlo de verdad. Antes de que su mente se volviera un laberinto impredecible. Antes de que tomara la decisión de hacerse la vasectomía.
Aún recordaba el día que mintió al respecto.
“Sí, ya me hice el procedimiento, no puedo tener hijos”, había dicho con naturalidad.
Era más fácil así. Menos preguntas. Menos miradas de lástima. Menos curiosos queriendo saber cómo funcionaba su enfermedad.
En realidad, nunca quiso quedar estéril por una medicina.
Prefería cargar con la mentira.
Apretó los puños.
—A veces siento que esta maldita enfermedad me tiene acorralado —murmuró, más para sí mismo que para Aurelio.
Aurelio se levantó y se acercó con cautela.
—No está solo en esto, jefe.
Gonzalo respiró hondo y se giró para mirarlo.
—Si no voy por la medicación adecuada… recaeré —admitió—. Y no puedo permitirme eso.
Su voz se volvió más firme.
—Necesito estar bien… necesito estar aquí para mis herederos.
Aurelio asintió, con expresión seria.
—Entonces dé el paso correcto.
Gonzalo se quedó en silencio unos segundos, mirando el frasco de pastillas sobre la mesa.
Luego, levantó la vista hacia Aurelio.
—Y si esta vez… el remedio termina quitándome más de lo que ya me ha quitado, ¿qué hago entonces?
La noche anterior a su colapso, Gonzalo había vuelto a soñar lo mismo.
No como un recuerdo borroso, sino como una escena nítida, viva y palpitante.
Tenía ocho años otra vez.
La casa estaba en silencio, un silencio que le aterraba. La luz del pasillo titilaba, y el olor de la sangre apareció antes incluso de que comprendiera lo que veía.
Su padre estaba en el suelo del despacho.
Inmóvil y bañado en sangre.
Gonzalo se quedó paralizado en la puerta, con los ojos muy abiertos, incapaz de gritar. Su pequeño pecho subía y bajaba con desesperación.
Y entonces lo vio.
Su tío Maximiliano.
De pie, muy cerca del cuerpo, con un cuchillo en las manos manchadas, respirando agitado.
—Gonzalo… —había murmurado el hombre, con una voz extraña, quebrada—. Vete a tu habitación. No mires.
Pero Gonzalo no podía moverse.
Su mente infantil unió piezas que no entendía, pero que su corazón asumió como verdad: su tío había matado a su padre.
Desde ese día, el terror se le metió bajo la piel.
Una semana después, cuando aún no había procesado la muerte de su padre, el mundo volvió a romperse.
Su madre no salió a desayunar.
La vecina tocó la puerta varias veces. Nadie respondió. Gonzalo sintió un nudo en el estómago que no sabía explicar.
Cuando entraron a la habitación, el grito de la vecina aún resonaba en su memoria.
Su madre yacía en la cama degollada.
Las sábanas blancas estaban empapadas.
Gonzalo no lloró, ni gritó.
Solo se quedó de pie, mirando fijamente, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo.
Esa noche dejó de dormir con las luces apagadas.
Y nunca volvió a dormir en una cama con normalidad.
…..
Años después, sentado frente a su psicóloga, Gonzalo miraba por la ventana mientras hablaba con voz monótona.
—Desde entonces… siempre siento que el siguiente seré yo.
La doctora anotaba sin interrumpir.
—¿Cree que su tío tuvo algo que ver con la muerte de su madre? —preguntó con cuidado.
Gonzalo apretó los labios.
—Por supuesto, por eso fue a la cárcel.
El trauma no solo le robó el sueño.
Le dejó ansiedad, episodios de pánico, crisis nocturnas, y esa necesidad casi obsesiva de esconderse bajo la cama cuando el miedo lo superaba.
Cuando cumplió la mayoría de edad, heredó las empresas familiares.
Un chico marcado por la tragedia convertido de golpe en jefe.
En las juntas, nadie veía al niño temeroso que se escondía bajo los muebles. Solo veían a un hombre serio, calculador, eficiente.
….
Esa noche, después de firmar contratos millonarios, Gonzalo regresó a su departamento y se encontró temblando frente a la puerta.
Aurelio lo observaba en silencio.
—Jefe, parece agotado —dijo con suavidad.
Gonzalo soltó una risa amarga.
—Agotado… y aun así tengo que seguir funcionando como si nada hubiera pasado.
Se dejó caer en el sofá, aflojándose la corbata.
—Todos creen que estoy bien —añadió—. Que superé todo. Que soy fuerte.
Aurelio se sentó frente a él.
—¿Y usted qué cree?
Gonzalo lo miró fijamente, con la angustia cruzando sus ojos.
—Que sigo siendo ese niño que encontró a su padre muerto… y que cada noche teme que la historia vuelva a repetirse.