Me desperté sobresaltada por el rugido de un motor rompiendo el silencio de la madrugada. El sonido de las llantas arrancando a toda prisa desde la entrada principal de la mansión me hizo incorporarme en la cama con el corazón acelerado.
—¿Maximiliano? —susurré, aunque sabía que no iba a responderme.
Me puse la bata y caminé descalza hasta la pared falsa. Esa maldita biblioteca corrediza que él había mandado instalar en cuestión de horas solo porque yo le dije que no dormiríamos en la misma cama. Un truco absurdo para dos personas unidas por un contrato y no por deseo. Empujé con cuidado y el panel se deslizó con un leve sonido.
—¿Maximiliano? —murmuré mientras cruzaba hacia su habitación.
La habitación estaba a oscuras. La cama intacta con las sábanas dobladas.
—Esto no es normal… —dije en voz baja.
Salí al pasillo y encontré a uno de los escoltas apostado frente a la puerta.
—¿A dónde fue su jefe? —le pregunté sin rodeos.
El hombre dudó apenas un segundo.
—Asunto urgente, señora Echeverria.
—¿Urgente por qué? —insistí.
—No estoy autorizado a decirlo.
Apreté los labios, conteniendo el miedo.
—Entonces dime una cosa —susurré, acercándome—. ¿Salió solo o salió… a buscar problemas?
El escolta bajó la mirada.
—Cuando el señor Maximiliano sale así, nunca es por algo pequeño.
Mi estómago se contrajo. Volví a mirar hacia la puerta principal, todavía vibrando por el eco del auto que ya se había ido.
—Genial —murmuré—. Justo lo que necesitaba.
Regresé a la habitación, pero no pude volver a la cama. Con las manos heladas y la mente en llamas, porque esa salida podía significar solo dos cosas y ambas eran igual de peligrosas: o Maximiliano estaba haciendo uno de sus negocios sucios o Gonzalo lo había amenazado de alguna manera, y ninguna opción me dejaba respirar tranquila.
—Tranquila, Adeline, no te va a pasar nada —me dije en voz baja, aunque el mareo ya me nublaba la vista—. No ahora… no con tres vidas dentro de ti.
Sentí que la presión se me iba al suelo, así que me puse de pie como pude y salí de la habitación rumbo a la cocina.
—Agua con azúcar, eso siempre funciona —murmuré, apoyándome en la pared.
Al entrar, me sorprendí al ver a una empleada picando frutillas con delicadeza y mezclándolas con yogurt en un tazón. La luz tenue de la cocina le daba un aire casi doméstico a una escena que no debería existir a esas horas.
—¿Se siente bien, señora? —me preguntó apenas me vio.
—No mucho… creo que se me bajó la presión —admití, llevándome una mano al pecho.
Ella dejó todo de inmediato, me tomó de la mano con suavidad y me ayudó a sentarme.
—Tranquila, siéntese aquí.
Me dio un vaso con una bebida dulce y tibia.
—Tome despacio.
—Gracias… —susurré mientras recuperaba el aliento—. Me asusté un poco.
La empleada sonrió con amabilidad.
—Ya va a ver que se le pasa.
Cuando pude enfocar mejor, miré el tazón.
—¿Y eso? —pregunté señalando las frutillas—. ¿Es algún antojo tuyo o es que acaso Maximiliano te obliga a cocinar a esta hora?
Ella soltó una risa suave.
—No, señora. Don Maximiliano es más bueno que el pan.
—¿Entonces? —insistí.
—Se fue a buscar a su niña —dijo con naturalidad—. Está sola en casa de la madre y a esta hora no ha comido. La madre sigue de rumba y no ha llegado.
La miré sin parpadear.
—¿Su niña?
—Sí —asintió—. Llamó a su papá llorando, y él… —sonrió con ternura—, él es capaz de cruzar el océano nadando por ella.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
—Entonces… ¿Maximiliano tiene una hija?
La empleada me miró fijamente, como si acabara de decir algo que no debía.
Me tranquilicé al darme cuenta de que quizá me había equivocado al juzgar a Maximiliano, así que decidí quedarme despierta esperándolo, sentada en uno de los sillones del salón, con los brazos abrazando mis rodillas y mil pensamientos cruzándome la cabeza, hasta que media hora después escuché el sonido inconfundible del auto acercándose por el camino de grava y, pocos minutos más tarde, la puerta se abrió y él entró cargando a una niña de unos diez años, con los ojos enrojecidos y el cuerpo rendido sobre sus brazos fuertes, y en cuanto me vio sonrió con esa mezcla de orgullo y ternura que no esperaba de alguien como él.
—¿No puedes dormir, Berenice? —me preguntó con suavidad—. Ven, te presento a la dueña de mi corazón… mi Carla Victoria.
La niña levantó la mirada hacia mí, aún con rastros de llanto, y la empleada acercó el tazón.
—Mi niña, Carla, tu fruta —le dijo con cariño.
Carla se bajó de los brazos de su padre y fue a sentarse a comer sin dejar de observarme de reojo, como si tratara de descifrar quién era yo en su mundo. Yo me acerqué a Maximiliano y, bajando la voz, le pregunté:
—¿Cómo es que tienes un secreto tan grande y no me lo dijiste?
Él alzó los hombros con una sonrisa ladeada.
—Yo no sé nada de ti y tú no sabes nada de mí. Estamos a paz, ¿no?
No pude evitar reírme.
—Si no ganas, empatas.
Luego me acompañó hasta la habitación y Carla Victoria nos siguió, más curiosa que tímida, y cuando supo que estaba embarazada abrió aún más sus ojos enormes.
—¿De verdad hay bebés ahí? —me preguntó acercándose con cuidado.
—Sí —le dije sonriendo—, aunque todavía no se noten.
Carla Victoria me miró con un puchero tembloroso, aferrándose al borde de la cama como si yo fuera una intrusa en su mundo perfecto, y entonces se giró hacia Maximiliano con los ojos llenos de reproche.
—Papá, me prometiste que yo sería la única… —dijo con la voz quebrada—, faltaste a tu palabra.
Maximiliano se tensó de inmediato y frunció el ceño.
—Carla, estás siendo grosera —le corrigió con firmeza—. Papá no te ha incumplido con nada, pero hay decisiones de los adultos que los niños no deben desafiar.
Yo quise decir algo, suavizar la escena, pero él levantó la mano indicándome que esperara y volvió a mirar a su hija.
—Por ahora ve a dormir a tu cuarto. Mañana resolveré esta situación con tu madre. No puede irse dos días y dejarte sola… —bajó la voz, más herido que molesto—. Además, ¿por qué no me llamaste antes?
La niña apretó los labios.
—Es que mi mamá me lo prohibió —replicó con un hilo de voz.
Maximiliano cerró los ojos un segundo, como conteniendo algo más grande que el enojo, luego se agachó para quedar a su altura y le dio un beso en la frente.
—Ve a dormir, mi reina. Todo se va a arreglar.
Carla caminó hacia la puerta, se detuvo un instante y se giró hacia mí, me miró con una mezcla de desconfianza y tristeza.
—Buenas noches… —murmuró antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, el silencio quedó pesado entre Maximiliano y yo, y finalmente él murmuró casi para sí mismo, aunque lo escuché con claridad:
—La madre de esta niña me va a volver loco. ¿Podrías ayudarme para poder solicitar su custodia? Soy un exconvicto y eso siempre me ha traído problemas.