El celular de Gonzalo vibró sobre el escritorio y él lo tomó con manos aún temblorosas; al leer el mensaje, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
—Así que ya entraste, pequeña rata… —murmuró—. Ya estás dentro de la casa de Maximiliano.
Respiró hondo por primera vez en horas y se dejó caer en la silla.
—Por fin voy a saberlo todo —dijo en voz baja—. Todo lo que hace, todo lo que dice… y todo lo que esa mujer esconde.
Minutos después entró al consultorio de su psiquiatra. La mujer, elegante y serena, le indicó que se sentara.
—Cuéntame, Gonzalo. ¿Cómo te has sentido esta semana?
Él soltó una risa sin humor.
—¿Cómo cree? Estoy hecho pedazos. Ansioso, intranquilo, con la cabeza llena de voces. Siento que voy a perder el control otra vez.
—Eso no va a pasar —respondió ella con firmeza—. Mírame. Respira. Estás aquí, estás a salvo.
—No lo entiende —replicó, apretando los puños—. Me quitaron lo único que era mío. Y ahora está en manos del hombre que más odio en el mundo.
La psiquiatra inclinó la cabeza con calma.
—El miedo no significa que estés perdiendo la razón. Significa que algo te importa. Vamos a trabajar con eso.
Gonzalo cerró los ojos unos segundos y luego los abrió, con una chispa peligrosa.
—¿Y si lo que me importa es demasiado importante como para dejarlo en manos del destino, doctora… cree que eso me haría un loco o un hombre dispuesto a hacer cualquier cosa?
….
Horas después, entré a mi casa como un fantasma y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Por tu culpa —murmuré al aire—. Por tu culpa todo esto se me está yendo de las manos.
Fui directo al botiquín y saqué el frasco de pastillas. Mis dedos temblaban.
—Tranquilo, Gonzalo, tranquilo —me dije—. Si pierdes la cabeza ahora, pierdes a tus hijos.
Me serví un vaso de agua y tragué la dosis.
—No eres débil —susurré mirándome al espejo—. Estás cansado. Eso es todo.
Me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme los zapatos. El techo parecía girar lento.
—Solo necesito dormir —dije en voz baja—. Dormir y despertar pensando mejor.
Cerré los ojos y la imagen de Adeline con otro hombre me atravesó el alma.
—No te los vas a llevar —murmuré—. No te atrevas a creer que puedes arrebatármelos.
….
Maximiliano me miró serio, con los codos apoyados en la mesa, como si estuviera cerrando un trato más y no hablando de la custodia de su hija.
—De verdad necesito que me ayudes —dijo—. Quiero ganar la custodia de Carla Victoria.
Sentí que el aire se tensaba antes de que pudiera responder, porque no estaba sola.
—¡Yo no necesito otra mamá! —gritó Carla Victoria que se había escondido detrás el sillón—. ¡Y te odio por traer a ese hermano que no quiero!
—Carla, basta —replicó Maximiliano, llevándose la mano a la frente—. Eres una niña, no entiendes nada de esto. Solo intento hacer lo mejor para ti.
—¿Lo mejor? —interrogó ella—. Lo mejor era que me prometieras que seguiría siendo la única.
Maximiliano se levantó de golpe, caminó hasta ella y alzó la mano con evidente frustración.
—No me hables así —dijo con voz dura—. Estás cruzando un límite.
Me interpuse antes de que pudiera tocarla.
—No —dije firme—. No tienes que castigarla. No puedes imponerle una nueva persona en su vida, y mucho menos a alguien como yo.
Me miró sorprendido.
—¿Alguien como tú?
—Una desconocida —aclaré—. No soy su madre, no soy su aliada todavía, y forzarla solo hará que te odie más.
Carla Victoria me observó con atención, ladeó la cabeza y soltó una risa breve, casi burlona.
—Finalmente —dijo—, una mujer inteligente.
Maximiliano cerró los ojos un segundo, vencido.
—Entonces dime, Adeline —preguntó al fin, mirándome fijo—, ¿cómo se gana la custodia de una hija que ya ha decidido que no te quiere?
Carla Victoria terminó por irse a su habitación dando un portazo digno de telenovela de las ocho. El silencio que dejó atrás pesó más que sus gritos. Yo seguía de pie, con los brazos cruzados, mirándolo como quien evalúa a un cliente difícil, no a un hombre poderoso acostumbrado a mandar.
—Lo que importa aquí no se basa en la ley —le dije al fin—. Los jueces van y vienen, los papeles se firman, pero lo que realmente decide una custodia es algo que tú has descuidado.
—¿Y se puede saber qué es eso? —preguntó con ironía cansada—. Porque si es sentimentalismo, ahí sí estoy perdido.
Me reí, no pude evitarlo.
—No necesitas ser experto en emociones, Maximiliano. Necesitas ser padre. Recuperar los nexos amorosos que se rompieron por descuido, por inexperiencia, por creer que el dinero y la autoridad lo solucionan todo.
Él suspiró, pasándose la mano por la barba.
—Siempre he sido torpe para esas cosas. Negocios, guerras, enemigos… eso lo entiendo. ¿Pero una niña? —negó con la cabeza—. No tengo manual para eso.
—No lo necesitas —respondí—. Solo empezar. Escuchar. Estar. Ese reclamo absurdo de que no quiere hermanos no es odio, es miedo. Tiene terror de perder el poco cariño que siente que aún le das.
Me miró en silencio, como si esas palabras le hubieran dado justo donde más dolía. Aproveché para clavar la estocada final, con suavidad, pero sin anestesia.
—Y no olvides algo —añadí—. Lo nuestro tiene caducidad. Apenas nazcan mis hijos, yo desaparezco de la vida de los Echeverria. No puedo involucrarme con ella.
—¿Así de simple? —preguntó, entre incrédulo y tenso—. ¿Te irías sin mirar atrás?
Lo miré de frente, sin adornos.
—Tan simple como eso. La pregunta es otra, Maximiliano —dije en voz baja—: cuando yo ya no esté, ¿seguirás siendo solo el hombre poderoso… o por fin decidirás ser el padre que tu hija necesita?
En los meses venideros empecé a ayudar a Maximiliano a entender a su hija, casi como si estuviera armando un rompecabezas emocional pieza por pieza.
Carla Victoria dejó de mirarme como intrusa y comenzó a observarme con esa curiosidad silenciosa que tienen los niños cuando algo les importa demasiado para decirlo en voz alta.
—No me hables como si fuera una adulta —le dijo una tarde a su padre—, solo dime la verdad.
—La verdad es que te quiero —respondió él, torpe, incómodo—, aunque no siempre sepa demostrarlo.
Ella lo miró fijo, desafiante.
—Entonces pelea por mí —dijo—. No dejes que mamá me lleve otra vez.
Yo observaba desde el sillón, con una mano apoyada en mi vientre cada vez más grande, preguntándome cómo algo tan simple podía costarle tanto a un hombre que sabía doblegar imperios. Maximiliano me miró de reojo, como pidiéndome auxilio.
—Vas bien —le susurré—. No arruines el momento.
—Gracias por no tratarme como un caso perdido —respondió con ironía.
Pero mientras dentro de la casa se reconstruían vínculos, afuera el peligro respiraba. Más de una vez vi a Gonzalo merodeando los límites de la propiedad. Los guardias reaccionaban rápido, hacían disparos al aire, daban órdenes secas, se notaba la tensión contenida.
—No va a atreverse —decía Maximiliano—. Sabe que aquí no tiene poder.
Yo apretaba los labios.
—Gonzalo no necesita permiso para cruzar límites —le respondía.
Moverme cada día se volvió más difícil. El peso, el cansancio, el miedo acumulado. Aun así, seguí adelante. No podía permitirme flaquear ahora.
—Prometiste protegerlos —le dije una noche, exhausta.
—Y lo haré —respondió él sin dudar—. Hasta el último día.
Cuando la fecha del parto comenzó a acercarse, Maximiliano tomó una decisión que no admitía réplica.
—La clínica vendrá a la mansión —anunció—. Nada de traslados, nada de riesgos innecesarios.
—Será cesárea —agregué—. Ya está decidido.
Él asintió.
—Entonces que sea aquí. Bajo mi techo.
Esa misma noche, mientras me acomodaban entre almohadas y escuchaba pasos vigilando cada pasillo, Maximiliano se acercó a la ventana y frunció el ceño.
—Adeline —dijo sin girarse—, si Gonzalo intenta algo antes de que nazcan los niños…
—No termines esa frase —lo interrumpí, mirándolo fijamente—. Dime mejor qué vas a protegerme justo ahora que estaré más vulnerable que nunca.