El nacimiento de los bebés

1169 Words
Estaba por empezar el momento al que más había estado temiendo y, aunque la sala estaba llena de gente, en realidad estaba sola. Sola con mis pensamientos. Sola con el peso de todo lo que había perdido en el camino. A excepción de Maximiliano, nadie más había cruzado esa puerta conmigo. Si él no me hubiera demostrado, una y otra vez, que su principal placer era romperle las pelotas a Gonzalo, quizá estaría aterrada pensando que también querría robarme a mis bebés. Pero no era ese el miedo que me oprimía el pecho. El miedo verdadero era otro. Antes de quedar embarazada imaginé este momento de una forma completamente distinta. Me vi tomada de la mano de mi esposo, con mis padres esperándome afuera, rezando, llorando, celebrando. En cambio, mis padres habían decidido dejarme sola por atreverme a casarme con un desconocido. Un desconocido que, irónicamente, era el único que estaba ahí. —Respira, Adeline —me dijo Maximiliano, acercándose a mi oído—. Estoy aquí. No respondí. Tenía la garganta cerrada y las manos frías. La doctora se colocó frente a mí y habló con una calma que me pareció ensayada. —Vamos a empezar con la epidural. Necesito que no te muevas. Asentí, aunque el cuerpo no siempre obedece a la cabeza. El primer pinchazo me hizo estremecer. —¡Señora, no se mueva! —me reprendió la anestesióloga—. Necesito que permanezca completamente inmóvil. —Lo siento… —murmuré—, lo intento. El segundo intento fue peor. Mi espalda se tensó sin que pudiera evitarlo. —Así no puedo trabajar —dijo ella, claramente molesta—. Si sigue moviéndose, no podré aplicar la anestesia correctamente. Sentí la mano de Maximiliano apretando la mía. —Mírame —me ordenó con voz firme—. No mires lo que hacen. Mírame a mí. Un enfermero se acercó entonces. Alto, musculoso, con una serenidad que agradecí en silencio. —Yo la sostengo —dijo—. Apóyese en mí. Posicioné los brazos sobre sus hombros y me aferré con fuerza, como si de eso dependiera mi vida. Quizá dependía. —Eso es —me animó—. Ya casi. Sentí cómo la doctora introducía la aguja raquídea y apreté los dientes, conteniendo un grito. —No se mueva —repitió—. Ya está entrando. El enfermero no soltó mis manos ni un segundo. —Respire conmigo —susurró—. Uno… dos… eso es. Cuando terminó, me pidieron que me recostara despacio. El alivio comenzó a extenderse por mi cuerpo como una marea lenta. Las piernas empezaron a perder peso, la tensión se aflojó un poco. —Lo hiciste muy bien —dijo Maximiliano, inclinándose hacia mí—. Estoy orgulloso de ti. Lo miré, con los ojos húmedos. —No me dejes sola —le pedí en voz baja. —No lo haré —respondió sin dudar—. Pase lo que pase. La doctora revisó los monitores y asintió. —Estamos listos —anunció—. Vamos a empezar. Sentí que el corazón se me subía a la garganta. —Maximiliano… —susurré—, si algo sale mal… Él me interrumpió, inclinándose hasta que su frente rozó la mía. —Nada va a salir mal —dijo—. Pero dime… ¿estás preparada para escuchar el primer llanto? Pasaron cerca de quince minutos que me parecieron eternos, aunque la doctora hablaba con una calma casi insultante, como si no me estuvieran abriendo en dos mientras yo miraba el techo intentando no pensar. —Respira, Adeline, ya casi —me dijo, y sentí cómo Maximiliano apretaba mis dedos por encima del campo quirúrgico. —No me sueltes —le pedí en un hilo de voz. —No pienso hacerlo —respondió sin dudar—. Mírame a mí, no al techo. Entonces escuché el primer llanto. Agudo, fuerte y real. —Aquí está el primero —anunció la doctora. No tuve tiempo de procesarlo cuando lo colocaron sobre mi pecho. Pequeño, tibio, temblando. Se me atascó el aire en los pulmones. —Hola… —susurré—. Hola, mi amor. —Adeline, viene el segundo —dijo otra voz. Otro llanto, distinto, como si ya desde ese segundo quisiera hacerse notar. Lo apoyaron junto al primero, y mis manos temblaron intentando abrazarlos a los dos. —Son preciosos —murmuró Maximiliano, con la voz rota—. Son iguales a ti. —No digas tonterías —reí entre lágrimas—. Apenas llegaron y ya los estás adulando. No alcancé a terminar la frase cuando el tercer llanto llenó la sala. Más suave, más corto, pero igual de desesperado por existir. —Y aquí está el último —anunció la doctora—. Los tres están bien. Los colocaron sobre mi pecho, uno junto al otro, llorando, moviéndose, reclamándome como si siempre me hubieran conocido. Sentí las lágrimas caerme sin control. —Bienvenidos, mis niños —dije, besando cabecitas y mejillas diminutas—. Mamá los ama con todo el corazón. Maximiliano se acercó despacio, como si temiera dañar el instante, y se inclinó sobre mí para besar a cada uno de los bebés. Primero al que estaba más cerca de mi corazón, luego al segundo, y por último al más inquieto, que no dejaba de mover los puñitos. —Escúchenme bien —murmuró con una media sonrisa—. Yo soy el tío malo. El que no sonríe en las fotos y el que siempre va a estar listo para cuidarles de cualquiera que quiera hacerles daño. —No les hables así, recién nacieron —le dije, riéndome entre lágrimas—. Van a pensar que eres un ogro. —Que lo piensen —respondió—. Mejor que me teman a que alguien los lastime. La puerta se abrió y entraron varias enfermeras empujando una cuna térmica. Todo pasó muy rápido. Maximiliano dio un paso al frente y, en un movimiento seco, sacó una pistola. El brillo del arma me heló la sangre. —Ni un paso más —ordenó, apuntándoles—. Nadie se lleva a los bebés. Estoy seguro de que Gonzalo infiltró gente aquí. —Señor, por favor —intervino el doctor con las manos en alto—. Esto es protocolo. Necesitamos revisarlos, pesarlos y colocarles la identificación correspondiente. Nada más. —No salen de esta habitación —replicó Maximiliano sin bajar el arma—. Hagan lo que tengan que hacer aquí. Yo solté una risa nerviosa, incapaz de contenerme. —Estás peor que las gallinas, Maximiliano —le dije—. Deja que revisen a mis niños. No los van a secuestrar en tu propia casa. Él me miró de reojo y, con evidente esfuerzo, bajó la guardia. Guardó el arma, aunque su cuerpo seguía tenso. —No te burles, Adeline —dijo en voz baja—. Mi contrato sigue en pie. Pueden haber nacido los bebés, pero mi responsabilidad termina cuando abordes ese avión y desaparezcas de este lugar para siempre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD