Gonzalo se estera que ya es papá

1382 Words
Antonia no había fallado ni un solo día. Con su presencia diminuta y su voz siempre baja, le había llevado a Gonzalo cada detalle como si fueran migajas de pan. —Está más tranquila —le decía—. Duerme mejor. —¿Sola? —preguntaba él, conteniendo la respiración. —Sola —confirmaba ella—. Maximiliano duerme en otra ala. Eso lo había calmado durante semanas. Le permitía pensar, respirar, convencerse de que aún había grietas por donde entrar. Pero ese día Antonia no se sentó. Caminaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas, incapaz de mirarlo a los ojos. —Habla —le exigió Gonzalo—. ¿Qué está pasando? Antonia tragó saliva. —Ya empezó el procedimiento —dijo—. Están en quirófano. A Adeline le están haciendo la cesárea. Tus hijos están a punto de nacer. El mundo se le vino encima. Gonzalo apoyó las manos sobre el escritorio, bajó la cabeza y soltó una maldición entre dientes. —Maldito Maximiliano… —susurró—. Maldito sea el día en que se cruzó en nuestras vidas. —No puedes hacer nada ahora —añadió Antonia, casi con miedo—. La mansión está cerrada. Hay guardias por todas partes. —Lo sé —respondió él, con una risa amarga—. Mi poder no se compara con el de mi tío. Nunca lo hizo. El silencio se volvió espeso. Gonzalo caminó hasta la ventana, observó la ciudad iluminada y apretó los puños. —No se van a quedar con ellos para siempre —dijo al fin—. Nadie puede esconder a mis hijos de mí eternamente. —¿Vas a pedir verlos? —preguntó Antonia. —Claro que sí —respondió—. Cuando llegue el momento. Se giró despacio, con el rostro endurecido por una decisión largamente postergada. —Podría arrancárselos —añadió—. Llevan mi sangre. La ley incluso podría ampararme. Antonia lo miró con cautela. —Eso no es lo que te enseñó tu padre —le recordó. Gonzalo cerró los ojos un segundo. —No —admitió—. Y por eso sigo aquí, esperando como un imbécil. Abrió los ojos y su voz se quebró apenas. —Fui impulsivo —dijo—. La herí. Y por eso tomó esa decisión tan absurda… casarse con él. Antonia se acercó un paso. —Aún no todo está perdido —murmuró. De pronto la pantalla se iluminó. Gonzalo estaba a punto de apagar el teléfono cuando la imagen apareció sin aviso, nítida, brutal. Tres bebés dormían sobre una mesa clínica, envueltos en mantas blancas, diminutos, perfectos. —Dios… —murmuró, llevándose una mano al rostro. Los ojos se le aguaron sin pedir permiso. No intentó detener las lágrimas. No quiso. Aquella imagen lo atravesó como un golpe limpio en el pecho. Sus hijos. Sus tres hijos. —Lo lograste… —susurró, con la voz rota—. Los vi. El teléfono vibró otra vez. Un mensaje corto, preciso, tembloroso. —Fue lo único que pude hacer. No podía irme sin mostrártelos. Gonzalo apretó el aparato entre los dedos. Sabía lo que aquello significaba. Su enfermera aliada se había arriesgado más de lo permitido, quizá más de lo prudente. —Gracias —escribió—. No tienes idea de lo que acabas de darme. Pasaron unos segundos eternos antes de que llegara la respuesta. —Están bien. Ella está despierta. Maximiliano no se separa de la habitación. El nombre le tensó la mandíbula. —Claro que no —dijo en voz alta—. Cree que puede custodiar lo que no le pertenece. Miró de nuevo la foto. Uno tenía los labios fruncidos. Otro parecía a punto de llorar. El tercero dormía con una paz que lo desarmó por completo. —Los voy a proteger —les prometió en voz baja—. Aunque tenga que enfrentarme al mundo entero. Le volví a mirar una vez más. No me cansaba. Amplié la imagen, como si así pudiera atravesar la pantalla y tocarlos. Tres vidas que me pertenecían más de lo que cualquier papel, firma o apellido pudiera negar. —Mis niños… —murmuré—. Espérenme un poco más. Respiré hondo antes de reenviar la foto. No fue un impulso. Fue una decisión. Abrí el chat de mi secretario y adjunté la imagen con cuidado, como si al hacerlo pudiera romper algo sagrado. —Imprímela —escribí—. Tamaño gigante. Quiero esa foto en mi oficina. El mensaje quedó en visto casi de inmediato. —¿Alguna indicación especial, señor? —respondió él. —Sí —tecleé—. Que quede justo frente a mi escritorio. Necesito verlos todos los días. Dejé el teléfono a un lado y me apoyé contra el respaldo del sillón. Cerré los ojos. Por primera vez en semanas, mi pecho no se sentía tan apretado. Aquella imagen, aunque pequeña, era suficiente para sostenerme. —Esto no es resignación —me dije en voz baja—. Es paciencia. El teléfono vibró de nuevo. —Estará lista hoy mismo —dijo mi secretario—. ¿Algo más? Sonreí sin darme cuenta. —Sí —respondí—. Cada vez que la mire, quiero recordar por qué no debo perder la cabeza. Hubo una pausa al otro lado. —¿Esos son…? —Mis hijos —lo interrumpí—. Y algún día, no muy lejano, los voy a tener aquí. Colgué. Me levanté despacio y caminé hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Nadie sabía que tres corazones acababan de cambiar el curso de mi vida. —No tengo prisa —susurré—. El tiempo también sabe devolver lo que se arrebata. …… Estaba exhausta. El cuerpo me pesaba como si no fuera mío y los párpados se me cerraban sin pedirme permiso. Habían sido días interminables, noches cortas y un embarazo que terminó por dejarme sin fuerzas. Mis bebés sumaban casi seis kilos y ahora, por primera vez en meses, el silencio me arrullaba. Me sentía liviana, vulnerable, extrañamente en paz. Sentí el roce frío de un paño húmedo en la frente. Abrí los ojos apenas lo suficiente para distinguir a Maximiliano inclinado sobre mí, concentrado, cuidadoso, como si temiera romperme. —Descansa —me dijo en voz baja—. Ya pasó lo peor. —Eso dices tú —murmuré—. El cuerpo todavía no me cree. Sonrió con cansancio y siguió limpiándome el rostro. Sus movimientos eran lentos, casi torpes, pero honestos. Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y suspiró. —He aprendido a quererte, Adeline —dijo de pronto. Lo miré, alerta pese al sueño. —Eso suena peligroso —respondí—. No estaba en el contrato. —Nada de esto lo estaba —replicó—. Al principio solo quería vengarme de Gonzalo. Verlo perder. Hacerle daño donde más le doliera. Guardó silencio unos segundos. Yo no lo apuré. Sabía que cuando Maximiliano hablaba así era porque lo que venía después no era sencillo. —Pero convivir contigo… —continuó—. Verte resistir, protegerlos, no quebrarte ni siquiera cuando estabas sola… eso cambia a cualquiera. Tragué saliva. —Gonzalo es muchas cosas —dije—. Pero no te corresponde juzgarlo desde el rencor. —No lo juzgo —negó—. Me da rabia que haya sido tan bruto. Tan ciego. Bajó la mirada hacia la cuna improvisada donde dormían mis bebés, juntos, enredados como si todavía compartieran el mismo latido. —Verlos así… —confesó—. Me vuelve nostálgico. Daría lo que fuera porque hubieran sido míos. El aire se volvió espeso. Sentí el cansancio mezclarse con una punzada de alarma. —No digas eso —susurré—. No es justo. —Lo sé —aceptó—. Por eso no lo digo en voz alta casi nunca. Me acomodé un poco, luchando contra el sueño. —Maximiliano… —murmuré—. No confundas gratitud con amor. Él sonrió, pero no había humor en su rostro. —Eso es lo que intento averiguar —respondió—. Y dime algo, Adeline… cuando despiertes mañana, ¿seguirás creyendo que entre nosotros no puede existir nada más que un acuerdo?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD