―Mi niña, que ya te has convertido en mujer, ¿cómo ha sido que no me he dado cuenta de que has crecido tan rápida? Seguí sintiéndome insegura por la situación, pues no sabía si aquello era un signo de que acogía bien la idea o porque la daba lástima mi situación, así que la pregunté, ―¿No te enfadas? ―No, en absoluto, mi niña ―me dijo besándome la frente. Le devolví un fuerte abrazo, sintiéndome ahora más tranquila, todavía temerosa de lo que me deparaba el futuro, ni tan siquiera sabía si mi pareja iba a aceptar lo que llevaba dentro, pero ahora estaba segura de que contaba con el apoyo de mi madre. ―Déjame que sea yo quien se lo diga a tu padre esta noche durante la cena ―me dijo con voz suave. ―¿Es necesario? ―la pregunté intranquila mirándola a los ojos. ―No te preocupes que ser

