El silencio entre Iván y yo se estiró por lo que pareció una eternidad, solo roto por el sonido de su respiración, tranquila y controlada, en contraste con mi propio pulso que martillaba en mis oídos. Habíamos llegado a un punto muerto, un lugar donde las palabras ya no podían esconder lo que ambos sabíamos. Aun así, el juego no estaba terminado. No todavía.
—¿Aceptarás el contrato, Violet? —preguntó, su voz suave, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas de la importancia de su pregunta.
Me tomó unos segundos responder, el tiempo justo para reunir la compostura que sentía desvanecerse bajo el peso de su mirada. No quería apresurarme a responder, no quería darle la satisfacción de verme vacilar. Pero tampoco quería dar una respuesta que no estuviera completamente segura de poder cumplir.
—Mañana te daré una respuesta —dije finalmente, sosteniéndole la mirada—. Por ahora, el trabajo ha terminado. Mañana temprano me pondré a trabajar.
Un destello de lo que podría haber sido sorpresa cruzó sus ojos, pero lo disimuló rápidamente con una leve inclinación de cabeza.
—Esperaré con ansias tu respuesta —respondió, con una calma que no alcanzaba a disimular el subtexto que acompañaba sus palabras.
No dije nada más. Sabía que cualquier cosa que dijera podría ser utilizada por él en este juego, que parecíamos jugar incesantemente. Así que simplemente di media vuelta, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda mientras me dirigía a la puerta.
El aire fuera de la mansión era fresco, una bocanada de realidad que me sacudió después de la intensidad del encuentro con Iván. Sin embargo, cualquier alivio que pudiera haber sentido fue rápidamente reemplazado por una extraña inquietud cuando vi un auto n***o esperando justo al final de las escaleras. Un hombre alto, con una chaqueta oscura, salió del vehículo y se dirigió hacia mí con una expresión impasible.
—Señorita Violet, soy su nuevo chofer. Trabajo para el señor Iván —dijo, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto formal.
Por un instante, el impulso de rechazar la oferta de inmediato me recorrió el cuerpo. No me gustaba la idea de que Iván estuviera orquestando hasta los detalles más pequeños de mi vida, como la forma en que me movía por la ciudad, pero cuando miré hacia atrás, lo vi en la entrada de la mansión, sus brazos cruzados, observándome con una mezcla de desafío y algo más que no pude descifrar. Sabía que si intentaba discutirlo en ese momento, no haría más que darle más poder sobre mí.
—Está bien —dije al final, intentando mantener mi voz firme, aunque sentía que mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho.
El chofer asintió, y con un gesto, me abrió la puerta trasera del auto. Entré en silencio, sintiendo el peso de la decisión que acababa de tomar. Durante el trayecto, no pronuncié ni una sola palabra. El chofer tampoco intentó entablar conversación, lo cual agradecí. Mi mente estaba demasiado ocupada con la maraña de pensamientos que se entrelazaban, tratando de desentrañar qué significaba todo lo que había pasado con Iván.
Cuando finalmente llegamos a mi apartamento, la oscuridad que lo envolvía fue lo primero que me golpeó. Algo no estaba bien. ¿Dónde está Milagro? Intenté encender la luz de la sala, pero nada sucedió. Mi corazón comenzó a latir más rápido, una sensación de pánico se arrastró por mi pecho. Todo estaba en silencio, un silencio opresivo que parecía absorber todo el sonido.
Con manos temblorosas, saqué mi teléfono y usé la luz de la pantalla para iluminar el camino. El haz de luz tembloroso apenas lograba disipar las sombras que se extendían por todo el lugar, creando formas que parecían moverse en la penumbra. Apreté los labios, intentando mantener la calma, pero no pude evitar que un grito escapara de mis labios cuando escuché un sollozo.
—¿Hay alguien aquí? —mi voz sonó más alta de lo que había planeado, rompiendo el silencio con un eco que me hizo estremecer. Nadie respondió.
El sonido del llanto se hizo más fuerte, un sonido ahogado, como si la persona estuviera intentando contenerse. Sentí el nudo en mi estómago, tensarse más, la adrenalina bombeando en mis venas. Avancé con cautela, moviendo el teléfono para iluminar cada rincón.
—¿Quién está ahí? —volví a preguntar, mi voz ahora más débil, quebrada por el miedo que comenzaba a apoderarse de mí.
Finalmente, el llanto se convirtió en un murmullo.
—Violet…
Casi dejé caer el teléfono cuando reconocí la voz.
—¡Milagros! —exclamé, dirigiendo la luz hacia la esquina de la sala. Allí, sentada en el suelo, con las rodillas abrazadas a su pecho, estaba mi amiga. Sus ojos estaban hinchados por el llanto, su cabello despeinado, y su rostro mostraba una expresión de desolación que me hizo olvidar por un momento mi propio miedo.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué estás aquí, en la oscuridad? —pregunté, acercándome rápidamente a ella.
Milagros levantó la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas.
—Nos cortaron la luz y el agua —dijo en un susurro, su voz temblando—. Lo olvidé. Olvidé pagar las facturas, y ahora… ahora no tenemos dinero para pagar los recibos, ni siquiera para la reconexión.
Su confesión me golpeó como una tonelada de ladrillos. Por un momento, me quedé sin palabras, procesando lo que acababa de decir. La situación era peor de lo que había imaginado. No solo estábamos en la oscuridad, sino que estábamos sin recursos, completamente vulnerables.
—¿Cómo… cómo pasó esto? —logré preguntar, aunque ya sabía la respuesta. Milagros y yo habíamos estado tan ocupadas, tan concentradas en nuestras vidas y trabajos, que habíamos descuidado los aspectos más básicos. Pero no había excusas para lo que ahora enfrentábamos.
—No lo sé, Violet —dijo, su voz quebrándose en un sollozo—. Todo se fue acumulando, y cuando finalmente lo noté, ya era demasiado tarde. Intenté conseguir el dinero, pero no pude… Lo siento tanto…
La desesperación en su voz me desgarró. Me arrodillé a su lado, abrazándola mientras ella lloraba en mi hombro. Intenté tranquilizarla, decirle que encontraríamos una solución, pero la verdad era que yo también estaba aterrada. No tenía idea de cómo íbamos a salir de esta. Mi mente estaba en blanco, cada plan que intentaba formular se desmoronaba antes de tomar forma.
—Vamos a solucionarlo, Milagros —dije finalmente, aunque no estaba segura de cómo—. Mañana hablaremos con alguien, veremos qué opciones tenemos, pero por ahora, necesitas tranquilizarse y buscar un par de velas, creo que las velas aromáticas funcionaran o las dejamos para mañana y es mejor dormir.
Milagros asintió débilmente, pero su rostro mostraba la duda que sentía. Sabía que no sería fácil, pero en ese momento, no podía mostrar debilidad. No cuando mi amiga necesitaba que fuera fuerte por ambas.
Ahora más que nunca estoy convencida de que debo firmar ese contrato.
Después de unos minutos, logré que Milagros se levantara del suelo. Nos dirigimos a nuestra habitación, donde le ayudé a acostarse. La oscuridad era aplastante, pero intenté no dejar que me afectara. Cuando finalmente se quedó dormida, salí de la habitación en silencio, cerrando la puerta detrás de mí.
Regresé a la sala, y por primera vez desde que había llegado, me permití sentir el peso de la situación. Me dejé caer en el sofá, el silencio de la habitación era ensordecedor, solo interrumpido por el sonido de mi propia respiración. El miedo y la incertidumbre me envolvieron, y por un momento, me permití sentir la desesperanza que había estado manteniendo a raya.
Pero luego, la imagen de Iván se filtró en mi mente, su mirada intensa y su controlado comportamiento. Pensé en el contrato, en la oferta que aún colgaba en el aire. La situación en la que me encontraba me hacía dudar si rechazar su propuesta era la mejor decisión. Necesitábamos el dinero, y rápido.