No quería mostrarle que estaba nerviosa, que la intensidad de su mirada me descolocaba. Quería mantener el control, o al menos la apariencia de ello. Pero la forma en que me observaba, con esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que decía, hacía que mis pensamientos se mezclaran. Aun así, me obligué a hablar.
—Hay algo en ti… —dije, buscando las palabras adecuadas—, algo que no logro descifrar. Y me molesta no poder hacerlo.
Iván arqueó una ceja, una pequeña sonrisa curva en sus labios.
—¿Te molesta no poder descifrarme, Violet? —replicó suavemente, su voz baja y llena de una suave burla que me hizo estremecer—. Me pregunto por qué te importa tanto.
Esa pregunta, aparentemente inocente, estaba cargada de un significado más profundo, uno que no estaba lista para explorar por completo. Sabía que Iván disfrutaba de este juego, de mantenerme en vilo, de observar cómo intentaba mantener la compostura. Pero también sabía que no podía dejar que él llevara la ventaja todo el tiempo.
—Es una cuestión profesional, Iván —respondí, tratando de mantener mi tono firme, aunque sabía que él vería más allá—. Para hacer bien mi trabajo, necesito entender cada aspecto del proyecto. Y eso incluye al cliente.
Iván dejó escapar una risa suave, una que vibró en el aire entre nosotros.
—Interesante enfoque —murmuró, dando un paso más cerca de mí—. Pero te advierto, Violet, soy un hombre complejo. Intentar descifrarme puede no ser la tarea más fácil.
Sus palabras estaban impregnadas de una promesa implícita, una advertencia que no pude ignorar. Podía sentir su presencia tan cercana, la fuerza de su carácter envolviéndome, y aunque parte de mí quería retroceder, la otra, la parte que disfrutaba de este juego, se negaba a dar marcha atrás.
—Nunca he sido de las que se rinden ante un reto —respondí, levantando la barbilla para mostrarle que no me intimidaba—. Aunque tú, Iván, puedes ser más complicado que la mayoría, no significa que no sea capaz de descifrarte.
Por un breve momento, la intensidad en sus ojos cambió, como si mis palabras lo hubieran sorprendido. Pero tan rápido como apareció, esa chispa se desvaneció, y volvió a su expresión enigmática.
—Veremos —fue todo lo que dijo antes de girarse hacia una de las estanterías, pasando los dedos por el lomo de un libro viejo con un movimiento casi meditativo.
Lo observé en silencio, preguntándome qué pasaba por su mente, qué secretos guardaba detrás de esa fachada controlada. Sabía que Iván era un hombre con muchas capas, y cada vez que creía entender una, aparecía otra aún más impenetrable. Pero eso solo hacía que quisiera descubrir más.
—Este lugar tiene una historia interesante —dijo de repente, su tono casual mientras miraba los libros—. Cada libro aquí tiene un valor personal para mí, y cada uno ha sido elegido con cuidado. Algunos incluso han estado en mi familia por generaciones.
Su voz estaba llena de nostalgia, un sentimiento que no había visto en él antes. Me sorprendió ese cambio, la apertura repentina, aunque sabía que era deliberado, otro movimiento en nuestro juego. Se estaba mostrando vulnerable, pero solo hasta cierto punto, sabiendo que esa vulnerabilidad no era un punto débil, sino una herramienta para mantenerme intrigada.
—Me encantaría saber más sobre ellos, si tienes tiempo para compartirlo —dije, acercándome a él, sin dejar que su cambio de tema me distrajera de lo que realmente estaba sucediendo entre nosotros.
—Tal vez algún día —respondió, volviendo a mirarme con una sonrisa ladeada que no alcanzaba sus ojos—. Pero no creo que eso sea lo que realmente quieres saber de mí, ¿verdad?
El aire entre nosotros se cargó de nuevo con esa tensión conocida, un tira y afloja en el que ambos parecíamos disfrutar. Iván era un maestro en este juego, y aunque yo no era una novata, él tenía una ventaja que me costaba equilibrar.
—Estás en lo cierto —admití con sinceridad, dando un paso más cerca de él—. Hay muchas cosas que quiero saber, Iván. Pero estoy dispuesta a esperar para descubrirlas, si tú también lo estás.
Por un momento, pensé que iba a responder con una nueva provocación, con otro comentario ingenioso para mantener el juego en marcha. Pero en lugar de eso, Iván simplemente me observó en silencio, como si estuviera considerando mis palabras, como si estuviera decidiendo qué tan lejos quería llegar en este momento.
Finalmente, sonrió, pero era una sonrisa diferente, una que parecía contener más de lo que mostraba.
—La paciencia es una virtud, Violet. Una que no muchos poseen.
Su tono era más suave, casi un susurro, y me encontré perdida en la profundidad de sus ojos, en la promesa silenciosa de algo más, algo que solo el tiempo revelaría.
—Lo sé —respondí, sintiendo que cada palabra era una apuesta en este juego que ambos jugábamos—. Y tengo paciencia, Iván. Pero no confundas mi paciencia con pasividad.
Esa afirmación pareció intrigarlo, y vi un destello de interés genuino en su mirada. Estaba claro que Iván no estaba acostumbrado a que alguien le siguiera el ritmo, a que alguien se atreviera a desafiarlo de esta manera. Y aunque sabía que me estaba adentrando en un terreno peligroso, había algo en mí que no podía detenerse, algo que quería ver hasta dónde podía llegar.
—Nunca lo haría —respondió finalmente, su voz apenas audible, pero con un filo que me hizo estremecer.
La tensión entre nosotros era casi tangible, un lazo invisible que nos mantenía cerca, aunque ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder terreno. Pero justo cuando sentí que ese momento se alargaría indefinidamente, Iván se giró, rompiendo el contacto visual, y caminó hacia una ventana que daba al jardín trasero.
Lo seguí con la mirada, sintiendo una extraña mezcla de alivio y frustración. Habíamos estado tan cerca de algo, de un punto de inflexión, pero él lo había esquivado con la misma facilidad con la que movía las piezas en su tablero mental. Sabía que esto no había terminado, pero también sabía que Iván controlaba el ritmo de este juego, y que debía estar preparada para cuando decidiera dar el siguiente paso.
—Este jardín ha estado en mi familia durante generaciones —dijo, cambiando de tema con una fluidez que me sorprendió, como si el momento anterior no hubiera sucedido—. Mi abuela solía pasar horas aquí, cuidando cada planta con una dedicación que siempre admiré.
Me acerqué a él, manteniendo una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para ver el jardín a través de la ventana. El sol de la tarde bañaba las plantas con una luz suave, creando un ambiente casi mágico.
—Es hermoso —comenté, intentando recuperar algo de la normalidad que habíamos perdido—. Puedo imaginar que debió ser un lugar muy especial para ella.
Iván asintió, pero su expresión era distante, como si sus pensamientos estuvieran en otro lugar, en otro tiempo.
—Lo era —murmuró, su voz perdiéndose en el sonido del viento que acariciaba las hojas afuera—. Hay muchas cosas en esta casa que tienen un valor sentimental para mí. Algunas son simples recuerdos, otras… son más complicadas.
No sabía qué responder a eso, y por un momento, me quedé en silencio, respetando su espacio, su necesidad de mantener ciertas cosas para sí mismo. Pero al mismo tiempo, no pude evitar sentir que él me estaba ofreciendo una pequeña ventana a su mundo, una que podía abrir si lo hacía con cuidado.
—Debe ser difícil mantener todo eso dentro —dije finalmente, eligiendo mis palabras con cuidado—. Especialmente cuando hay tanto que recordar, tanto que proteger.
Iván no respondió de inmediato. En cambio, continuó mirando por la ventana, como si estuviera buscando algo en la distancia, algo que no estaba allí.
—La dificultad no está en mantenerlo dentro, Violet —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. Está en decidir cuándo dejarlo salir, y con quién compartirlo.
Sentí un nudo formarse en mi garganta ante sus palabras. No eran solo un comentario al pasar, eran un reconocimiento de lo que había entre nosotros, de la conexión que ambos sentíamos, pero que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir abiertamente.
—Y tú, ¿eres bueno decidiendo eso? —pregunté, sin apartar la mirada de su perfil.
Finalmente, Iván se giró para mirarme, sus ojos llenos de esa intensidad que parecía siempre estar presente cuando hablábamos.
—He aprendido a serlo.