Madame Brévaux

1476 Words
Mucho tiempo antes... Un día de pleno invierno, cubierto bajo una ligera capa de nieve, me compró un capataz del castillo en la plaza del pueblo. Tiritaba de frío, por lo que agradecí cuando, como a un vil perro, me lazaron a la jaula-carroza junto a los demás esclavos. El calor que desprendían sus cuerpos ayudaba a soportar la fuerte nevada que caía por aquellos días. El majestuoso castillo de Valtherion se presentó ante nosotros como un dragón hambriento dispuesto a devorarnos. Al llegar, los guardias que custodiaron el carruaje durante el camino nos fueron sacando uno a uno y nos pusieron en fila ante un hombre alto y fornido de músculos. —Señor Guillaume, aquí están los nuevos esclavos que solicitó. El hombre nos observó detenidamente a cada uno. Yo, al igual que los demás, temblaba de frío, pero aun así mantenía mi mirada firme y puesta al frente; tenía la necesidad de mostrar mi temple desde el primer momento. Me había costado mucho lograr que me comprara un emisario enviado de la corona. Fueron muchos meses de estudio, cálculo y manipulación hacia mi anterior amo. El tal Guillaume empezó a asignar puestos de trabajo a cada uno de los esclavos. Cuando tocó mi turno, espetó: —Tú. Sala este. A la cocina, con Madame Brévaux. Uno de los guardias me tomó con fuerza del brazo y me llevó por el largo patio hacia un gigantesco portón. Dentro se podían ver a unos jóvenes que, dirigidos por una señora, se movían de allá para acá en una laboriosa jornada de trabajo. —Madame Brévaux —dijo el guardia—, aquí tiene al nuevo asistente que solicitó. El desgraciado me tiró al piso y caí de rodillas. Estaba tan débil por el frío que me costó un poco incorporarme. Subí la mirada y, delante de mí, una anciana arrugada como una pasa, con los cabellos grises alborotados y una expresión de asco, me observaba con desdén. —¿Qué? ¿Esperas quedarte todo el día ahí arrodillado? ¡Levántate, saco de huesos! Gritó la vieja maldita. Yo, con todas mis fuerzas, viendo quebrantado mi orgullo, me levanté lo más rápido que pude y me quedé de pie frente a la que tendría que llamar por respeto "Madame". Detrás de ella, al verme, tres mujeres y dos hombres estallaron en carcajadas. Me miraban y reían con malicia: era una risa falsa y siniestra. —¿Ese es el nuevo? ¡Ja, ja, ja! Hasta el perro de caza tiene más huesos. La vieja me vio como a una mercancía en mal estado; volteó la cabeza y les dedicó una mirada severa a los que reían detrás de ella. Estos, sin más, hicieron silencio inmediatamente. —Iskander Le Noir, para servirle, mi señora. La vieja alzó una mueca antes de dedicarme otra mirada cautelosa. Sus ojos recorrieron mi delgado cuerpo cubierto en harapos. —Hay que desinfectarte. No tocarás nada de mi cocina en ese asqueroso estado. Sin que pudiera prevenirlo, la vieja tomó un balde de agua helada y me lo tiró encima. Las carcajadas de los demás ayudantes impregnaron el lugar. Yo sentí de pronto ganas de llorar ante tal humillación, pero sabía que venir acá sería difícil. No podía derrumbarme ante el primer obstáculo. —Te espera un gran saco de codornices. Necesito que les saques las vísceras. ¡Muévete! Busqué, rápidamente y temblando de frío, el saco con dicho producto. Fui y me senté en el suelo, y comencé a sacarlas una a una, abrirlas con las manos y extraerles las sangrantes y malolientes tripas. Uno de los chicos, quizá por lástima, me lanzó una diminuta daga sin mango para ayudarme. A cada instante, la vieja se acercaba y me gritaba: —¿Qué haces, idiota? ¿Acaso no sabes cómo destripar una estúpida codorniz? Y dicho esto, me pellizcaba y me jaloneaba el cabello. Yo la miraba lleno de ira, pero me contenía. Sabía que si me dejaba llevar por mis instintos podrían sacarme a patadas del castillo, y todo mi trabajo se vería perdido. Cuando hube terminado con las codornices, me hicieron llevar tres sacos repletos de huesos en mal estado a unos perros hambrientos que, al verlos, casi se me tiran encima y acaban conmigo. Yo se los arrojaba y salía casi corriendo de vuelta a la cocina con el estómago revuelto, pues el olor de los huesos era nauseabundo.Al terminar, me pusieron un costal con olorosas cebollas, las cuales debí pelar una a una con la diminuta daga que me otorgaron. —Pela bien esas cebollas, trapo con patas. Dijo maliciosa una de las ayudantes de la terrible Madame Brévaux. Yo no me inmutaba, aunque por dentro sentía ganas de agarrar la daga y sacarle los ojos. Pero solo suspiraba entre las lágrimas que me producían las cebollas. No había terminado de pelarlas cuando ya la horrible vieja me mandaba a limpiar unas tuberías llenas de grasa. Así, con las manos desnudas y todas magulladas por la diminuta daga, tuve que sacar la nauseabunda grasa de los tubos. El estómago se me revolvió, pero logré cumplir con mi tarea sin vomitar. —Espectro, anda a recoger las ratas muertas del sótano. Dijo mi verduga. Sentí un escalofrío; las ratas me daban un asco que no podía controlar, pero era nuevo y debía cumplir con todo lo que me pidiesen. Me lavé las manos en un balde de agua y salí con un saco para echarlas ahí, pero uno de mis compañeros, por diversión, colocó un balde justo cuando pasaba y me tropecé, cayendo por las escaleras hacia el sótano, encima de una cama de ratas. Sentí que moría. La sensación de sus cuerpos peludos rozando mi piel producía una impresión desagradable que me erizaba. Rápidamente me levanté y, reteniendo las ganas de vomitar, las fui tomando una a una por la cola y las fui depositando en el saco. Desde arriba escuché la voz de la vieja que decía "eso le formará carácter". Quería asesinarla. Cuando terminé, me sentía demasiado cansado, como si en cualquier momento fuera a desmayarme y caer rendido por el sueño. Subí a la cocina y la vieja me dio un tazón con sopa de vísceras—supongo que las mismas que saqué de las codornices. Y aunque tenía muy mal aspecto, era demasiada el hambre que tenía. Me senté en una esquina de la cocina y me la comí mientras los demás ayudantes, guiados por la bruja, preparaban la cena.Entonces, un olor a quemado inundó la cocina. La vieja sacó del horno, rápidamente, un pichón: estaba chamuscado. Su cara era un poema. —¡La cena, la cena del rey, idiota! —Le gritó la vieja al que había metido el pichón en el horno. En eso entró el tal Guillaume. —¿Qué pasó con la cena del rey, Brévaux? —le cuestionó el hombre. —Na-nada, mi señor. En un instante estará lista. Ya reprenderé a este idiota —dijo la vieja con las manos temblorosas a la vez que agarraba el rodillo y le daba de golpes al peón que había chamuscado la cena de la nobleza. En medio de ese alboroto, vi una oportunidad latente que me llamaba. Recordando a la mujer que me crió, me levanté y, mientras ellos discutían, agarré uno de los pichones que se habían asado para la cena de los plebeyos y mejoré el guiso con especias que aquella mujer usaba. El pichón había tomado un aroma y un color exquisito. La vieja me vio y quiso descargar su ira también conmigo, pero Guillaume la detuvo y probó un poco del caldo del pichón. Me miró con los ojos muy abiertos, sorprendido. —Vaya... —dirigió su mirada a la vieja bruja—. Sírvanle de inmediato esto al rey. Dijo sin más y se marchó, no sin antes darme una mirada misteriosa. La vieja me observó con ira mientras terminaba de preparar la cena del rey, pero también pude notar en aquella mirada algo de respeto. Algo en ella había cambiado hacia mí. Aquella noche dormí en el sótano sobre unos sacos de papas con los demás asistentes. Estaba cansado, sentía mi cuerpo magullado, casi a punto de desmayar. Pero, por otro lado, algo dentro de mí se sentía satisfecho: no me habían botado, aún seguía dentro del castillo, y mientras estuviera aquí, cada vez sería mayor la posibilidad de acercarme a mi objetivo y vengar la muerte de mis padres. Además, había logrado salvar una cena importante. Sabía que había quedado en la mente de aquel hombre de mirada dura. De pronto, imágenes de mi madre cocinando se produjeron en mi mente. Recordé sus hermosos ojos azules, que yo le había heredado, recordé su sonrisa noble y sus cariños. Entre estos pensamientos logré conciliar el sueño y prepararme para otro día de trabajo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD