Sangre sobre marmol

1236 Words
Aquella mañana, Madame Brévaux me encargó transportar unos enormes sacos de sal húmeda desde el patio central del castillo hasta la cocina. Los bultos pesaban como dos niños juntos y el trayecto era algo extenso. Cargué alrededor de cinco sacos de gran tamaño; los demás esclavos me observaban con curiosidad mientras cumplía mi labor. Seguramente murmuraban, pero eso me complacía: que me vieran, que supieran quién sería ese chico que pronto les daría órdenes. Que me miren, sí. Que lo recuerden. El rostro de quien no permanecerá abajo. Al concluir mi tarea, se me presentaron dos costales repletos de papas, las cuales debía pelar con la pequeña daga que me dieron al llegar. El ambiente en la cocina era tenso: al parecer, ese día llegaban algunos nobles y se preparaba un gran banquete. La anciana vociferaba instrucciones a sus ayudantes; podía percibirse cómo el olor del miedo se mezclaba con el de la grasa rancia. A eso se sumaba un vapor sofocante, proveniente de los hornos, que me hacía arder los ojos. Sudo, pero no por el miedo. El miedo huele diferente. Yo solo ardo por dentro. Ya no quedaba rastro en mí del frío que me calaba el día anterior, luego del balde de agua que me arrojó la vieja. Desde el suelo, observaba cómo sacrificaban pichones con aquellos enormes cuchillos que relucían bajo la luz solar que se filtraba por la puerta. Su brillo parecía una advertencia, un "No te equivoques" que emanaba desde lo más profundo de la vieja bruja. Al menos, desde que salvé la cena, ya no volví a escuchar los apodos que me lanzaban el día anterior. Fue un alivio que me permitió realizar mis tareas con mayor tranquilidad. Me llamó la atención la imagen de una niña de unos nueve o diez años ¿Por qué una niña aquí? Tan pequeña, tan sola. En esta guerra disfrazada de cocina., encargada de desplumar las aves. Sentí pesar al ver a alguien tan pequeña siendo reprendida y mandada por aquella horrenda señora. Tenía el impulso de auxiliarla, pero desde donde me encontraba lo único que podía hacer era rezar para que no cometiera errores ni recibiera una reprimenda de la temible bruja de la cocina. En eso, la niña cruzó para depositar los pichones en una bandeja y tropezó cerca de un caldero con manteca hirviendo. Rápidamente, salté desde donde estaba y la jalé hacia el otro lado. Soltó un grito de dolor al sentir la grasa caliente caerme en el brazo: una herida pequeña, pero ardiente. El dolor me muerde, pero callo. Porque hablar sería perder ventaja. La cocina quedó en silencio por unos instantes. Todos nos miraban a mí y a la niña. Madame Brévaux analizó la escena detenidamente y, de pronto, gritó como una loca, señalándome: —¡Fue él! ¡Lo hizo a propósito para meterme en problemas con Guillaume! ¡Desgraciado, quieres arruinar mi cocina desde que llegaste! No podía creer lo que escuchaba, pero el dolor era demasiado fuerte como para discutir con ella. Además, estaba seguro de que preferiría morir antes de darme la razón. —¡Madame Brévaux, él me ha salvado! —dijo la niña, pero la anciana no escuchaba razones. —¡Cállate, niña tonta! —escupió Brévaux—. Tú —añadió, señalando a uno de sus asistentes—, busca a Guillaume inmediatamente. El muchacho salió y regresó a los pocos minutos. La vieja relató lo sucedido a Guillaume, tergiversando toda la historia; decía que yo había intentado quemarlos a todos y arruinar el almuerzo, justo el día que llegaba la nobleza, todo con el supuesto propósito de apoderarme del mando de la cocina. Entonces entendí la actitud de aquella despreciable mujer: no quería perder su título de cocinera. Mila, la niña, se aferró con fuerza a mi pierna y gritó desesperada: —¡Él solo me salvó, mi señor! La grasa estuvo a punto de quemarme y él se interpuso, se quemó por ayudarme. Guillaume me miró; podía sentir en su expresión que creía más en ella que en Brévaux. —¿Es cierto eso, muchacho? Alcé la mirada, pero decidí no decir nada. Sentía cómo su mirada se volvía más intensa. —Podrías alzar la voz. Defenderte. —¿Sirve de algo? —le respondí. Pero no lo creo. No aquí, donde la verdad es un estorbo para quien manda. —A veces sí, al menos para que algunos te escuchen. Pero yo no dije nada. ¿Para qué? Sentía que su atención se posaba en mis ojos. Percibí algo más: un pequeño triunfo. Mi belleza estaba surtiendo efecto. Su mirada me recorrió, desde mis pupilas hasta la herida del brazo. —Tu castigo será limpiar la cocina por las noches, cuando todos duerman —la bruja sonrió con malicia—. Por ahora, ve al sótano y quédate allí hasta que se desocupe la cocina. Desde ahora trabajarás en el turno nocturno. Trabajar de noche. Perfecto. Nadie vigila a las sombras. Y se marchó. Yo contuve una sonrisa: ya no tendría que soportar los gritos de Madame Brévaux ni a los detestables compañeros que me habían tocado. Pasé todo el día encerrado en el sótano, pensando en lo sucedido y observando la herida que ardía con intensidad. No podía hacer otra cosa que resistir el dolor y reflexionar en lo despreciable que era aquella mujer... y en el alivio que sentía al haberme librado de sus garras. Por la tarde, Mila me trajo una cazuela con pichón y papas. Le agradecí con una sonrisa. La comida me devolvió las fuerzas para prepararme para mi nuevo trabajo. Cuando ya no escuché pasos en la cocina, subí y tomé, de una puertita al fondo, los utensilios de limpieza. Sin más, me dispuse a fregar el suelo engrasado. Las manos me ardían al contacto con el jabón, pues estaban cubiertas de cortaduras causadas por la pequeña daga. Todo estaba en penumbra, apenas iluminado por la tenue luz de unas lámparas que había encendido para poder ver mientras limpiaba. Estaba arrodillado en el piso, apoyándome para restregar con fuerza la grasa adherida a la superficie. Estoy solo. O eso creo. La oscuridad a veces es mentirosa. Entonces, sentí una mirada tras de mí... una mirada que escudriñaba lo más profundo de mi ser. Por un instante sentí miedo, y froté el piso con más energía, intentando convencerme de que eran simples imaginaciones. Sin poder quitarme la sensación de encima, me giré y vi la figura de Guillaume saliendo rápidamente por la puerta. Me había estado observando. Me vio. No como a un esclavo. Como a un enigma. O una debilidad. Eso me hizo sonreír. Unos momentos después, llegó un niño con un pequeño frasco entre las manos. —Esto se lo envía el señor Guillaume —dijo extendiéndome el recipiente—. Dice que es un ungüento de herbolario para quemaduras y heridas. Que se lave bien antes de aplicárselo. —Gracias, pequeño —le respondí. No pude evitar sonreír. Aquella duda que recorría mi mente se confirmaba. Guillaume, como la mayoría de los hombres, había sucumbido ante mi belleza... la misma que heredé de mi madre, la misma que me trajo hasta aquí y que me ayudaría a escalar hasta el trono y vengar la muerte de mis padres. Cada favor que despierto es un peldaño. Cada mirada, una promesa. La belleza no es mi escudo. Es mi espada
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD