El León en la Despensa

1405 Words
Pasaron los días y yo seguía limpiando la cocina en las noches. Madame Brévaux parecía pedirle encarecidamente a sus ayudantes que dejasen todo mucho más desordenado que en jornadas anteriores para darme más trabajo, pero yo limpiaba cada noche con esmero y dejaba la cocina reluciente. Me sentía mucho más tranquilo sin los gritos ni los maltratos por parte de Brévaux. Guillaume miraba mi trabajo con atención. Cada mañana, justo antes de que yo me fuera a dormir sobre mi saco de papas, me ofrecía una mueca que imitaba una sonrisa, como una forma de aprobación que se quedaba flotando en el aire. No hablábamos, pero yo notaba cómo sus ojos recorrían el trabajo bien hecho, y luego se posaban en mí con un interés distinto, contenido. Una tarde, según escuché desde el sótano, se preparaba la cocina para un gran banquete. La vieja ordenó que se prepararan todos los postres esa misma tarde, para que estuviesen listos al día siguiente, cuando podrían concentrarse en los platos salados. Salí como de costumbre, cuando sentí que el último de los ayudantes se acostaba en su respectivo rincón del sótano. Aquella noche llovía a cántaros. Podía escuchar cómo las gotas de lluvia pretendían lacerar la imponente estructura de piedra del castillo. Parecía que el mundo entero se iba a derrumbar. De pronto, por una pequeña ventana que estaba encima de los hornos, comencé a escuchar un golpeteo. Me acerqué con cautela. La imagen de un gato montés me sorprendió; casi me da un infarto. El animal, al verme, gruñó furioso, mostrándome sus afilados colmillos. El corazón me latía como un tambor de guerra. Miré detrás de mí: una gigantesca torre de tartaletas y demás postres decoraban la mesa central de la cocina. El gato olfateó y pareció prepararse para lanzarse hacia el festín. Lo más rápido que los nervios me permitieron, agarré un gran cucharón con el que se revolvían las sopas y los guisos. Apunté al animal y este me gruñó con fuerza. Hice un ademán de darle un golpe, pero no retrocedió ni un milímetro. Su mirada se movía entre los postres y yo. El gato hizo un movimiento con las patas traseras, por lo que asumí que brincaría encima de la mesa. Le di un golpe con el cucharón y el animal me respondió con un zarpazo que me hizo gemir de dolor. Ya tenía las manos bastante heridas, producto de las largas jornadas de limpieza. El gato se envalentonó y se acercó más a mí. Me dio otro zarpazo. Le devolví otro golpe con el cucharón. Sacudió la cabeza y volvió a gruñirme, mostrando sus feroces colmillos. Entonces vi, a mi diestra, una de las antorchas que usaba para alumbrar el perímetro que limpiaba. La tomé y la empuñé frente al animal. Salió despavorido por la ventana, y yo me dejé caer en un banco, jadeante. La torre de postres había quedado intacta, y yo, al borde del colapso. Había vencido al animal. Un pequeño triunfo palpitaba dentro de mí, ardiente y solitario. Ahora las manos me ardían más que nunca, pero eso no impediría que cumpliera con mi jornada de trabajo. Con mucho dolor, refregué los pisos y hornos, pulí las ollas y ordené cada uno de los utensilios que los cocineros dejaban regados por toda la cocina. Mis dedos temblaban, pero no cedí. Como si ese esfuerzo final fuera más importante que todo lo anterior. No sé en qué momento ocurrió, pero al día siguiente sentí los rayos del sol colándose por aquella ventanilla y golpeándome en el rostro. Con los ojos aún cerrados, bostecé y me estiré con fuerza. La imagen de un Guillaume observando mis heridas de la jornada pasada me recibió. Parecía preocupado, y me miraba con hambre, con deseo, con lujuria. No necesitaba palabras para entenderlo. Lo percibía en la forma en que recorría mi cuerpo con la mirada, en cómo pasaba la lengua por sus labios una y otra vez, en cómo no podía quitarme la vista de encima aunque lo intentara. Debí sonrojarme, porque sentí mis mejillas arder. Él hizo un esfuerzo notable por dejar de mirarme, y se centró en observar la reluciente cocina que tenía ante sí. Pronto comenzaron a llegar los cocineros, seguidos por Madame Brévaux. Me levanté y caminé hacia el sótano. No cruzamos ni una sola palabra, Guillaume y yo, pero tenía el presentimiento de que aquel hombre sabía lo que había ocurrido esa noche. Lo sabía por mis heridas. Me acosté en mis sacos de papas, y justo cuando estaba a punto de caer en los brazos de Morfeo, sentí el tacto de una mano pequeña sobre mi brazo. Abrí los ojos y vi a Mila, la niña que había salvado de la olla de grasa hirviente. —¡Iskander! El señor Guillaume me dijo que te levantes, que van a cambiar tu puesto de trabajo. —La niña me jaloneaba emocionada. Yo no entendía lo que pasaba. ¿Cómo que me habían cambiado el puesto de trabajo? ¿Acaso había hecho algo mal? Bastante preocupado, me levanté. —Gracias, pequeña Mila —dije, acariciando su cabello. Rápidamente subí a la cocina, y ahí estaba Guillaume esperándome. Algo en él me decía que estaba un tanto nervioso. —Sígueme —fue lo único que dijo. Caminé detrás de él a través de un sinfín de pasillos que parecían un laberinto. Llegamos a una puerta grande de madera, que él abrió para mí. Era una sala repleta de armaduras. Lo miré sin comprender. —Mi señor, no entiendo. ¿Qué hacemos aquí? —Por tu buen trabajo en la cocina, he decidido que ahora vas a pulir las armaduras de los caballeros. Es un trabajo mucho menos laborioso, que podrás desempeñar durante el día. Miré sorprendido al hombre que ahora me hablaba. Su voz era un poco torpe y enredada, como si no quisiera decir más de lo debido, pero aun así se notaba cierta emoción en sus gestos. —Muchísimas gracias, señor. Le prometo no defraudarlo. —Espera. Hay más. Sígueme —añadió, y caminó hacia una puerta al otro lado de la sala. Entramos a un pasillo largo, lleno de puertas. Guillaume abrió la primera, que daba paso a un diminuto cuarto con una cama individual pequeña. No podía creerlo. Ahora tendría una habitación para mí solo. La emoción me consumió tanto que, sin pensarlo, le di un abrazo fuerte al señor. Él no lo correspondió; se puso rígido, pero pude sentir su corazón latir con fuerza. —Descansa. Te espera mucho trabajo —dijo antes de salir de la pequeña habitación. Me lancé sobre la cama. No era la más cómoda del mundo, pero no era un saco de papas. Sonreí ampliamente, contento. La emoción no me había dejado ver una camisa blanca y un pantalón marrón que descansaban sobre la colcha. Rápidamente me puse la nueva ropa y, cuando miré al suelo, divisé un par de botas de cuero en buen estado. Ese día no podía ser mejor. Sin más, me dejé caer sobre la cama, vencido por el cansancio. De pronto, la sensación de que alguien me miraba me saco de mis sueños. Luego de un estirón, mire hacia la puerta en dirección de dónde provenía aquella sensación y pude ver a un Guillaume rígido que me observaba. Sabía lo qué quería e iba a dárselo, no porque él me gustase, sino porque sabía que sería un buen aliado para ascender en esta pirámide real. Con el dedo le hice una señal para que se acercara. Este, que parecía siempre tan severo e inaccesible, ahora parecía un niño tímido. Lentamente entró y se sentó en la cama. Yo acaricié su mejilla barbuda con suavidad y lo miré a los ojos, esos ojos desprendían la lujuria que consumía a aquel hombre. Cerré los mios y lentamente me acerqué, podía sentir su respiración sobre mi rostro. Deposité un suave beso en sus labios. El estaba rígido, como el acero. Comencé a mover mis labios sobre los suyos, este comenzó a ceder lentamente. Aquella tarde entregué mi cuerpo como un pacto, firme mis ascenso con sudor y lujuria. Mi dejé caer en los brazos de ese amante ansioso y generoso, que me devoró con las ganas que jamás nadie me había devorado. Pero para mí, esto solo era una transacción, era una carta más que jugaba sobre esta mesa donde la venganza de mis padres era el objetivo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD