Yo no sabía hasta qué punto Tristán había escuchado los rumores, pero su mirada ya no era la misma, sus pasos ya no eran neutrales, y su presencia tenía el peso de quien está acumulando decisiones en la lengua. En la última reunión de la Guardia Élite me sostuvo la mirada más de lo que era habitual. No preguntó nada. Pero el silencio entre nosotros dolía más que cualquier acusación. No era desprecio. Tampoco decepción. Era ese tipo de espera que uno reconoce antes de que la puerta se cierre, como si me estuviera dando un último margen para que yo hiciera algo que lo convenciera de no mover el puñal. Así que lo hice. No por amor. No por culpa. Por necesidad. Porque si alguien podía borrar rastros, protegerme de una investigación que se empezaba a cocer entre uniformes, era él. Tristán no

