Desde que Élodie me dio acceso a las cámaras diplomáticas, los días comenzaron a tener otro ritmo. Ya no era sólo mensajero ni sombra ocasional, era parte del tejido, de los hilos invisibles que sostienen este castillo sin que nadie los vea. Leía informes, redactaba resúmenes, escoltaba documentos sellados hasta despachos donde las decisiones se hacían sin testigos. No tenía rango oficial, pero lo que sabía… bastaba para que algunos me temieran sin entender por qué. Élodie ya no me trataba como asistente. Me invitaba a cenar en su salón privado, me dejaba tocar las partituras de sus estrategias, me hablaba con esa voz que no suena a orden, sino a confesión. Me preguntó una vez si me sentía cómodo. Le dije que no. Me sonrió como quien ya sabía la respuesta. —Los cómodos no sobreviven aq

