El Tintineo de las Copas

1082 Words
Las puertas del salón se abrían ante mí con majestuosidad. La luz de los candelabros y antorchas, rebosantes de cera, danzaba sobre los muros de piedra y el piso de mármol. Olía a incienso, perfume, carnes y vino. Estos aromas se mezclaban en mi nariz, formando una combinación exageradamente exótica. Era el olor de la ostentación, del exceso, de la opulencia. Era la fragancia que desprendía el despilfarro del rey Lucien. Los caballeros y las doncellas danzaban al ritmo de la flauta, la cítara y el laúd; sus cuerpos, cubiertos con las mejores sedas y terciopelos, parecían fantasmagóricos deslizándose sobre la pista de baile. La orquesta, al fondo, hacía su menor esfuerzo por entretener a la muchedumbre que comenzaba a dejarse llevar por la influencia del vino. Y ahí estaba yo, entre ese tumulto alocado de personas: ya no era aquel esclavo que había llegado al castillo fregando platos y limpiando el estiércol de los caballos. Ahora pertenecía a la nobleza. —¡Querido! —dijo la dama Elodie en cuanto me vio—. Qué hermoso estás, te dije que este traje rojo haría resaltar tus preciosos ojos azules. —Fue, sin duda, una decisión muy acertada, mi señora —respondí con una sonrisa. Dama Elodie se dispuso a contarme, como siempre, lo bien que iban sus amoríos con Lord Baldric, pero yo no estaba en la conversación; mi mente vagaba mucho más lejos, sobre la figura del asqueroso rey Lucien, que saciaba su voraz sed de vino junto a sus consejeros más cercanos. Las tripas, como un torbellino, peleaban unas con otras dentro de mi abdomen al ver su despreciable figura. —¿Pasa algo, Iskander? —preguntó la dama Elodie al notarme más disperso que de costumbre. Sacudí la cabeza en un intento de apartar, por un momento, las escenas que por tanto tiempo había planeado y que hoy vería realizadas. No es lo mismo invocar al diablo que verlo llegar. Pero yo no era quien lo había invocado; fue Lucien quien hace muchos años lo llamó, y ahora debería pagar las consecuencias. —Lo siento, mi señora. Me distraigo un poco pensando en la guerra. Se me hace difícil concentrarme en un ambiente como este cuando afuera se derrama tanta sangre. —Oh, mi querido Iskander. Trata de distraerte, ve y toma algo de vino. Disfruta, que el culpable de este baño de sangre está en su trono, muy tranquilo, con al menos un barril de vino encima. Dama Elodie rió estruendosamente y se fue en busca de su amado. Yo permanecí ahí de pie, recostado sobre una columna, mirando a la multitud, que a cada minuto parecía más poseída por el vino. Vi a un niño abrazado a las faldas de su madre, y entonces, como un torbellino, las imágenes de aquella tarde azotaron mi mente. La cabeza de mi padre parecía rodar en medio de la pista de baile, entre los zapatos de las personas, rebotando, dejando una estela de sangre a su paso... Las risas de Lucien impregnaban de realidad aquella terrorífica escena. La sangre se me helaba; sentía un escalofrío recorrer mi cuerpo. Tantos años habían pasado, y aquella escena seguía tan viva en mi mente como el mismo día en que ocurrió. De pronto, un brazo rodeando mi cintura me sacó de mis pensamientos. Sentí el olor a sándalo y cedro de Cassius, y automáticamente mi cuerpo se relajó. Recosté la cabeza en su pecho. No necesitaba mirarlo para saber que era él; así pasa cuando uno se enamora. —Ya el peón está preparado para la señal. Los nobles están bastante ebrios, pronto podremos ejecutar el plan —susurró Cassius en mi oído. Yo solo solté un suspiro. Mis ojos se detenían a contemplar toda la escena. Por fin, después de tantos años, podría cobrar mi venganza. —¿Cómo te sientes? —cuestionó Cassius. Yo lo miré, me perdí en la paz que el abismo n***o de sus ojos brindaba a mi alma. —Estoy algo nervioso... —le confesé. —Juntos lo lograremos —depositó un suave beso en mi frente y se marchó. Y ahí volví a quedarme, solo, recostado sobre la columna, con la mirada fija en el repugnante asesino de mis padres. En mi mente se libraba una terrible batalla; por una parte, quería venganza, quería honrar el nombre de mi padre y restaurar el antiguo prestigio de nuestro apellido y nuestro linaje. Pero otra parte de mí, aquella que despertó cuando conocí a Cassius, ese hielo que se derritió y dio paso a la ternura que por tanto tiempo estuvo presa en lo más profundo de mi ser, ahora me cuestionaba: ¿Estás seguro, Iskander?, me decía, ¿acaso quieres ser como él?, ¿es lo correcto? Entonces, Cassius, desde el otro extremo del salón, hizo la señal. Un simple guiño de ojo que capté de inmediato. El vino ya había borrado la conciencia de los nobles que rodeaban al rey y del propio monarca. Yo, como una sombra, me deslicé entre los cuerpos que danzaban con efusividad. Un peón fue apagando, una a una, las velas que iluminaban las cercanías de Lucien. Nadie se dio cuenta; el alcohol nublaba sus mentes. Rápidamente, saqué de mi bolsillo una gigantesca capa negra, me la puse, y al entrar en aquel sector oscuro del gran salón, nadie podía verme. Los nobles reían y hacían bromas crueles sobre la guerra. El funesto rey dirigía las risas con júbilo. Y ahí lo vi de nuevo, su asquerosa y cruel carcajada burlándose del dolor de mi madre y del mío, riéndose ante la cabeza que se deslizaba sobre el piso. La rabia me cegaba. Me fui acercando cada vez más; podía sentir su nauseabundo olor a alcohol. Saqué la daga de la parte trasera de mi pantalón de cuero, la empuñé. Cassius, con disimulo, me observaba, expectante, desde la distancia. Estaba a punto de hacerlo. Pero entonces, aquella otra parte de mí me detuvo: ¿Estás seguro de lo que estás haciendo, Iskander? ¿Es esto lo correcto? ¿Ya no se ha derramado suficiente sangre? ¿Acaso quieres ser igual que él? Por primera vez mi pulso vaciló, sentí un vacío en el estómago. Dentro de mí se libraba una batalla. Cassius me observaba, preocupado. Alguien se había percatado de la penumbra y pidió encender las antorchas. El peón se acercaba, la mirada de Cassius sobre mi mano, la garganta del rey, la daga, mis pensamientos... No sabía qué hacer.
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