Yo guardé la daga en el bolsillo de mi pantalón. El silencio en la sala era cómodo; Élodie y yo bebíamos vino con la mirada fija en un punto indefinido. Entonces, como si se hubiese cansado del mutismo, Élodie se giró hacia mí con una sonrisa extraña, casi traviesa.
—¿Quieres distraerte un rato?
Asentí con entusiasmo.
—¿Qué tienes para mí?
Élodie fue a la misma cómoda de donde había sacado la daga y, luego de hurgar un momento, extrajo una carta pequeña, sellada, que exhalaba una atmósfera de misterio y absoluta impenetrabilidad.
—Necesito que lleves esto a las afueras del castillo. ¿Sabes cabalgar?
En ese instante, recordé al hombre que me crio, un campesino que me enseñó a montar a caballo para supervisar la hacienda. Su voz aún resonaba cuando sujetaba las riendas con firmeza.
—Por supuesto —le respondí.
—Vas a pedir un caballo en la caballeriza. Como eres asistente de Tristán, nadie te lo negará. Saldrás del castillo en dirección sur. Te toparás con un bosque denso, lo atravesarás y llegarás a un río. Siempre hacia el sur. Frente al río, encontrarás una pequeña choza. Entregarás esta carta sin decir una sola palabra.
Escuché sus instrucciones con atención, intrigado. Me levanté para tomar la carta.
—Nadie puede leer el contenido de este mensaje. Es cuestión de vida o muerte, Isk. Yo sabré cómo agradecerte este favor.
—No la decepcionaré, mi señora.
Tomé la carta y la guardé en el otro bolsillo de mi pantalón. Caminé hacia las caballerizas y hablé con los peones:
—Necesito que preparen un caballo. Sir Tristán lo ha solicitado.
Al escuchar el nombre del general de la Guardia Élite, los peones se apresuraron a ensillar un corcel blanco, imponente y de porte elegante. Una vez listo, monté. La sensación fue extraña; hacía años que no cabalgaba. Acaricié el cuello del animal para calmarlo y, cuando sentí seguridad, di un espuelazo. El caballo trotó hacia la entrada del castillo. El gran portón estaba custodiado por Guillaume, quien al verme me sonrió con sorna, devorándome con la mirada. Yo rodé los ojos y detuve el caballo.
—Necesito salir. Es un asunto confidencial —le dije sin mirarlo.
Él acarició mi pierna. Su tacto me hacía hervir la sangre.
—Parece que ahora el noble necesita de mí —su sonrisa se ensanchaba con cada palabra.
—Por favor, Guillaume. Me ha enviado Tristán —mentí. Nadie debía saber que esto estaba ligado a la dama Élodie. No podía traicionar su confianza.
Él apretó mi pierna y luego me dio una palmada.
—Vale, vale. Ve —pero había algo en su tono que me inquietaba.
Abrió el portón y salí con el caballo. Una vez afuera, determiné por dónde salía el sol: ese era el este. Extendí los brazos para ubicar el oeste, y entonces supe que el sur quedaba a mi espalda. Volví a espolear al corcel y lo dirigí hacia el rumbo que había calculado. El caballo galopaba con fuerza. Atravesamos un bosque espeso, y al fin llegamos al río. Frente a nosotros estaba la choza. Descendí para entregar la carta, metí la mano en el bolsillo...
No estaba.
Desesperado, revisé cada rincón de mi ropa, palpitando por dentro. Sólo estaba la daga. Tragué saliva con fuerza, nervioso, paralizado. No podía decepcionar a Élodie.
Me subí al caballo y fui recorriendo el mismo camino por el que había venido, con la mirada clavada en el suelo, aferrado a la esperanza de ver la carta tirada entre la grama. Pero no había nada. Entonces, la imagen de la mano de Guillaume sobre mi pierna se instaló en mi mente, su sonrisa socarrona como un cuchillo en mi recuerdo. Fue él. Él la había robado.
Espoleé al caballo con fuerza, y salimos como el viento en dirección al castillo. Atravesamos el bosque y llegamos al imponente edificio. Guillaume ya me esperaba en la puerta, sonriente, con la carta entre las manos. Maldito.
—¡Ja, ja, ja! ¿Pensaste que te dejaría ir así sin más?
—Dame esa carta, Guillaume, o tendrás que vértelas con Tristán.
—Si la quieres, tendrás que venir y darme lo mío. No le temo a Tristán, no le temo a nadie. Entrégate a mí y te daré la carta.
Tragué saliva con dificultad. No tenía otra opción. Mi mente iba a mil por hora, buscando salidas. No podía cederle terreno tan fácilmente. Lo detestaba con cada fibra de mi cuerpo.
—¿Entonces? ¿O acaso prefieres que divulgue su contenido por todo el castillo?
Sin pronunciar palabra, bajé del caballo y lo observé. No tenía escapatoria.
—Así me gusta. Ven, sígueme.
Caminamos hacia los establos. Al final, había un cubículo libre. Me dirigió hasta allí, me jaló del brazo y me empujó dentro. Me tomó por la cintura, me atrajo contra él y comenzó a dejar besos asquerosos, cargados de saliva, sobre mi cuello. Su olor nauseabundo me revolvía el estómago. Tenía ganas de vomitar. Empezó a desvestirme mientras yo, con cada gramo de resistencia, dirigía lentamente mi mano hacia el bolsillo. Estaba tan desesperado por consumir mi cuerpo que no notaba nada.
Cuando sentí la daga entre mis dedos, le propiné una patada en la entrepierna. Guillaume gruñó, encendido de furia.
—Maldita zorra, me las vas a pagar.
Me lanzó un puñetazo que apenas logré esquivar; el golpe, destinado a mi cara, impactó contra mi brazo. Aproveché ese instante. Le clavé la daga en el cuello. Guillaume lanzó un grito de dolor, intentó golpearme de nuevo, pero ya era tarde. Su cuerpo se desplomó lentamente. Quiso decir algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
Guillaume yacía sin vida entre la paja. Un estremecimiento me recorrió el cuerpo, un vacío gélido se instaló en mi estómago. Había matado a un hombre. Verlo ahí, inmóvil, con la sangre manchando el suelo, era irreal. Me provocaba náuseas. La culpa empezó a envolverme con sus garras, pero sacudí la cabeza para alejarla. Tenía que continuar.
Saqué la daga de su cuello y la guardé en el pantalón. Tomé la carta y salí de ese lugar.
Me deslicé sigilosamente por los rincones hasta llegar al caballo. Ninguno de los peones pareció notarme. Cabalgué hasta la choza y toqué la puerta con suavidad. Un anciano la abrió y me examinó con la mirada. Sin decir palabra, le entregué la carta. Él la tomó y cerró la puerta sin más.
Volví a montar y cabalgué en dirección al castillo. Una vez allí, me dirigí a la sala de la dama Élodie. Me recibió con una sonrisa serena, como si ya supiera.
—¿Lo lograste, Isk?
—Sí, mi señora.
—Gracias, mi corazón. Mañana te daré un gran anuncio.
Asentí. Las palabras pasaban por mis oídos sin que lograran tocarme. Sin decir nada más, me retiré del salón y me dirigí a la torre solitaria del castillo. Me senté en un banco de piedra y pasé las manos por mi rostro. No podía creer lo que había hecho. Miraba mis manos como si no fueran mías, como si alguien más las hubiera dirigido.
Entonces, la imagen de la cabeza de mi padre rodando por el suelo apareció ante mí con brutal claridad. Sentí cómo una capa de hielo se apoderaba de mi pecho y ahogaba toda emoción. Soy Iskander Le Noir, hijo de Cedric Le Noir, y voy a vengar su muerte cueste lo que cueste. Muera quien muera.