Al día siguiente, el mismo niño que había venido la otra vez con una misiva de parte de la dama Élodie, volvió a presentarse. Esta vez traía otra carta.
—Para Iskander Le Noir.
Me lo dijo, y yo la tomé entre las manos, agradeciéndole con un gesto. El niño se marchó de inmediato. Abrí el sobre y leí: “Querido Iskander, por favor, ven lo antes posible a la biblioteca. Necesito un favor tuyo.” Guardé la carta en el bolsillo al encuentro de la dama Élodie. Mis nuevas pisadas resonaban de forma distinta: tenían el eco de la nobleza, de una autoridad reciente. Mientras avanzaba por los pasillos, los soldados y demás habitantes del castillo miraban mis botas con recelo—solo los de sangre elevada podían calzar prendas nuevas. Yo sonreía con sutileza, disfrutando el reflejo de ese estatus recién adquirido.
El salón al que me dirigió esta vez no era el habitual. Estaba más lejos, apartado. No tenía tapices ni olor a perfume. Solo el aroma penetrante de la cera derretida y los libros vetustos. La atmósfera pesaba con la densidad de los siglos, como si entrara en una cripta de conocimiento olvidado.
Ella me esperaba sola, de pie, sin copa, sin escolta. Llevaba unos guantes grises que desentonaban con su vestido—una elección que hablaba por sí sola: había venido a hablar, no a impresionar.
—Gracias por venir, Iskander —dijo sin ceremonias—. Hoy no necesito favores. Solo tu atención.
Asentí. Ella giró y cerró la puerta con llave. Sobre una mesa de madera envejecida había un objeto cubierto con un paño n***o. Lo retiró con la misma delicadeza con la que se revelaría un cadáver... o una reliquia. Era un antiguo mapa del castillo, ilustrado a mano. La tinta, corrida por la humedad de los años, aún dejaba ver pasadizos, túneles y salas que nunca había cruzado mientras cumplía con las órdenes de Tristán.
—Esto no está en los archivos oficiales —murmuró—. Ni siquiera los soldados lo conocen todo. Aquí están los huesos de Valtherion. Lo que nadie ve.
Me acerqué, inspeccionando el trazado con una mezcla de cautela y fascinación. No hubo emoción intensa. Solo una punzada de intriga, como si cada línea del papel insinuara un secreto al acecho.
—¿Por qué me muestra esto, mi señora?
Élodie guardó silencio unos instantes. Dio un par de pasos y me observó con la intensidad con la que se contempla una promesa a medio cumplir. Como si me estuviera reconociendo por primera vez.
—Porque ya no eres un peón. Solo un necio empuña su belleza como único recurso, y tú… estás aprendiendo a luchar con el silencio.
Desplegó otro objeto: una pequeña caja de madera, cerrada con un broche de cobre.
—Entregarás esto al barón Silas de Robelac. No la abras. No preguntes. Solo observa su reacción al recibirla. Eso me bastará.
Tomé la caja. No pesaba mucho, pero el encargo... cargaba con un peso distinto.
—¿Y si no confía en lo que vea?
—Entonces aprenderé a no confiar en ti. Pero… no creo que me falles, Iskander. Porque tú no deseas pertenecerle a nadie. Tú solo quieres que todos crean que ya lo hacen.
Sonreí. No por cortesía, sino por afinidad. Ella había comprendido el juego. Al darme vuelta, me rozó la muñeca con su guante.
—Hay caminos que se abren con llaves… y otros con gestos. Esto fue ambos.
Caminé por los corredores sin prisa. Afuera, el viento traía olor a tormenta, pero dentro de mí... el castillo por fin empezaba a revelar sus grietas. Y yo... yo estaba listo para deslizarme por cada una. Con el mapa grabado en la memoria, recorrí incontables pasillos hasta llegar a una puerta de madera enterrada en lo profundo del ala este. La abrí. Detrás de ella, una escalera descendía a un pasadizo oscuro como la noche cerrada.
Casi a tientas, me interné en la penumbra y avancé hasta llegar a otra puerta, también de madera. Di unos golpes suaves.
—¿Quién es? —preguntó una voz áspera al otro lado.
—Me envía la dama Élodie de Montrevault —respondí.
La puerta se abrió. Las antorchas del interior bañaron de luz el umbral. Yo extendí el paquete con lentitud. El hombre me miró, luego bajó la vista hacia la caja. Asintió en silencio y la tomó. Cerró la puerta sin pronunciar palabra. Regresé sobre mis pasos, cruzando el castillo hasta volver al salón. Allí me esperaba Élodie. Su rostro estaba pálido. El cabello, despeinado. Parecía llevar horas sosteniendo una preocupación que ya no sabía cómo ocultar.
—Listo —dije sin más.
Ella sonrió y se acercó a mí, acariciando mi rostro con su guante gris.
—Sabía que podía confiar en ti, Isk. Debes entender que entre los muros de estos castillos es difícil hallar a alguien en quien confiar. Hay que mantener los ojos bien abiertos, observar cada gesto, cada mirada. Aquí, todo puede decir algo.
—Lo entiendo perfectamente, Élodie.
Ella volvió a sonreír.
—¿Te apetece una copa de vino?
Asentí en silencio. Élodie sirvió dos copas y me indicó que me sentara junto a ella. Me acomodé y tomé la copa entre los dedos, bebiendo un sorbo con aparente tranquilidad.
—¿Y cómo te va con Tristán?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—B-bien. Es un buen jefe. —Tristán me habría reprendido si me oyera titubear así frente a un noble.
Ella sonrió con picardía.
—No hablo de eso, tonto —dijo, acompañando sus palabras con una seña reveladora.
—No sé a qué se refiere entonces —respondí, desviando la mirada. La dama Élodie soltó una leve risa.
—Sabes, Iskander... conozco a Tristán muy bien. Él llegó aquí igual que tú, como un esclavo, y trabajó con esfuerzo hasta alcanzar su lugar actual. —Hubo un largo silencio—. Sé que no eres solo su asistente. Lo que me inquieta es la ambición que veo en ti.
Tragué saliva con fuerza.
—Tengo un propósito en este castillo, dama Élodie. No puedo desviarme por nada ni por nadie.
Élodie tomó mi mano con calidez. Buscó mis ojos, como si quisiera arrancar la respuesta desde lo más hondo de mi alma, como si su mirada pudiera leer la herida que me sostenía.
—Lo sé. Lo veo en tus ojos —susurró mientras acariciaba mi mejilla con ternura—. Solo trata de no dejar demasiada sangre en el camino... Los fantasmas existen, y no siempre están muertos. Tú eres uno.
No supe qué responder. El silencio se asentó entre nosotros como una manta tibia, inesperadamente cómoda. Entonces, como si su advertencia hubiera sido una llave, se abrieron las puertas de mi memoria: la risa del vil rey Lucien retumbó en mis oídos. Vi con nitidez cómo la cabeza de mi padre rodaba por aquel salón, vi a mi madre derrumbada, ultrajada por esas escorias. Y entonces, como un fuego que nunca se apaga, recordé mi objetivo. Nada ni nadie podría apartarme de él. Ni siquiera Tristán. Aunque le debía mucho, él era solo un peldaño más en esta pirámide que escalaba con firmeza, donde la cima no era otra que asesinar al rey.