El Tacto y la Estrategia

1638 Words
Aquella mañana me despertó un suave empujón. Abrí los ojos y me encontré con la imagen de Tristán, ya vestido con su habitual camisa negra y pantalones marrones. —Hoy voy a enseñarte cómo moverte entre la alta sociedad. Un lacayo trajo el desayuno, y comimos juntos en una pequeña mesa dentro de la habitación. La comida estaba exquisita, muy alejada de las sopas de sobras que me servía Madame Brévaux cuando no era más que un esclavo. Mi nueva posición en el castillo exigía manjares más sustanciosos. —Es crucial que sepas a quién dirigir la palabra, a quién no, cómo hacerlo, cuándo hablar... cuándo callar. Y, sobre todo, cómo representarme ante la nobleza. Lo dijo justo después de terminar de comer, y así comenzaron las lecciones. Primero, las reverencias. Tristán me hizo ponerme firme, como si fuese un soldado en formación. —No así. De esta manera —decía, mientras posaba su mano en mi espalda baja, enderezando mi postura. Dejó su mano allí, como anclándome, mientras yo intentaba imitar con precisión los movimientos que él ejecutaba con maestría. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces me hizo repetir el gesto. “Inclina la cabeza”, ordenaba. “No tanto”. “No tan rápido”. “Hazlo otra vez”. Yo obedecía. No por sumisión, sino porque necesitaba ese conocimiento para adentrarme por completo en el nuevo mundo que me rodeaba. Necesitaba entender las reglas del juego para poder ascender. Se movía a mi alrededor con la precisión de quien afila un arma. No aceleraba sus correcciones ni daba explicaciones innecesarias; simplemente tocaba. Sabía que reaccionaba mejor así, cuando sus manos no pedían permiso, cuando el roce de su piel contra la mía me quemaba, cuando la distancia entre nosotros se desdibujaba. —Así no —susurró, deteniéndose justo detrás de mí—. Si saludas así a la condesa de Malterre, pensará que te burlas de ella. ¿Es eso lo que deseas? —Claro que no —respondí, sin girar el rostro. Sentí su aliento rozarme el cuello, y una corriente me recorrió de pies a cabeza, como si su cuerpo traicionara su control habitual. Me tomó de la nuca con firmeza y empujó suavemente hacia abajo. Su contacto sobre mi piel despertó chispas, y me obligó a repetir la reverencia con la cabeza gacha. —Así —murmuró, aún más bajo—. Sumiso, pero no frágil. Hermoso, pero nunca insolente. Me incorporé sin apuro. Quedamos peligrosamente cerca. Ya no estaba seguro de si seguíamos en el terreno del protocolo o si habíamos cruzado la línea. Pero no me aparté, y él tampoco. —Toma esta carta —dijo. Me la entregó con un gesto deliberadamente lento. El dorso de su mano rozó mis dedos, encendiendo una llama lujuriosa. Me miró mientras lo hacía. Lo sabía. Y yo también. —¿Y si alguien más me la pide antes de llegar al destinatario? —Diles que no puedes revelar su procedencia —dijo mientras acomodaba el cuello de mi camisa con los nudillos—. Habla con la seguridad de quien tiene permiso para guardar silencio. —¿Y si insisten? —Entonces miente. Pero hazlo con elegancia. Más tarde, me hizo ensayar la caminata: diez pasos, giro, sonrisa. Como si llevara una corona... o peor, como si la mereciera. Cuando me detuve frente a él, evaluándome desde su silla, su mirada se posó en mi pecho, descendió sin pudor y luego volvió a subir. Me tomó por la muñeca, sin intención de soltarme. —No olvides que ahora todos te mirarán por mi culpa —dijo—. Así que más te vale valer la pena. Incliné apenas la cabeza, fingiendo humildad. Pero una sonrisa escapó sin permiso. —¿Solo ahora? —le dije—. ¿Y si ya me miraban antes? —Entonces asegúrate de que ahora no puedan dejar de hacerlo. Esa frase me fascinó. El coqueteo latente que se tejía entre las palabras encendía en mí un fuego que me quemaba y me consumía. Eso era lo que más me encantaba de Tristán de Beaumont. De pronto, la puerta se abrió sin previo aviso. Un soldado del ala sur, joven y lo suficientemente torpe como para interrumpir y palidecer al vernos tan cerca, se quedó inmóvil. Tristán no se movió. Yo tampoco. Los tres nos miramos, atrapados en un instante suspendido entre el deber y el deseo. —¿Algo urgente? —pregunta él, sin soltarme la muñeca. El soldado tartamudea; Tristán lo despide con una frase seca. La puerta se cierra, nos quedamos solos de nuevo y, sin apartar su mano de la mía, Tristán susurra: —Cuando aprendas a callar con más elegancia que ese idiota… recién entonces serás verdaderamente útil. No sonrío. Ya no hay nada sensual en esta lección. Hay deseo, sí, pero también un nuevo collar… uno que, para mi sorpresa, me gusta cómo se ajusta. —Ya no eres un sirviente, Iskander. Eres el reflejo de mi juicio. Si fallas tú, fallo yo. Después de un largo día de práctica, Tristán me entregó una extensa lista con los nombres de los nobles que visitaría al día siguiente. Quería que me los aprendiera de inmediato. —¿Cuál es el nombre de la dama que financia a la guardia real? —preguntaba con una avidez que cortaba el aire. —Dama… Dama Ela... —Y entonces me tomaba con firmeza, me mordía o soltaba una palmada. Apenas alcanzaba a gemir. —Si no recuerdas el nombre de dama Élodie, te lo haré decir jadeando. —Entonces lo olvidaré cien veces —le respondí. Tristán sonreía, una de esas sonrisas pícaras que me estremecían. Entonces me tomaba con fuerza y me besaba con fiereza, imprimiendo todo el deseo que había contenido durante horas, liberando al fin la tensión acumulada desde que sus manos comenzaron a recorrerme durante los ejercicios. Yo disfrutaba este juego. Tristán era un amante insaciable, uno que sabía exactamente cómo complacer a su acompañante. Al día siguiente, volví a la sala de consejeros a entregar unos pergaminos. Los nobles me miraban de reojo: algunos deslumbrados por mi aspecto, otros desconcertados por mi presencia, y alguno más con la mirada cargada de deseo o desdén, preguntándose qué demonios hacía yo allí. Me fascinaba llamar la atención entre tanta gente poderosa. Sabía que mi belleza era mi mejor carta. Y ahora, caminando con la elegancia que Tristán me había enseñado, mis pasos sonaban distintos. Había algo en mi presencia que había cambiado: se había afinado, se había vuelto más sutil y sofisticado. Al regresar a la sala de armas, un irritado Renard me aguardaba al pie de las escaleras. Traté de ignorarlo, pero se interpuso en mi camino, bloqueando el paso. —Renard, otra vez con esto. Por favor, déjame pasar o hablaré con Tristán. Renard soltó una risa cruel. Se acercó con desdén y me arrinconó contra la pared. Sentí su aliento sobre mi rostro, su mirada dura y devoradora clavada en mis ojos. Aparté la vista, intentando sofocar el temblor nervioso que me recorría. —R-Renard, estoy hablando en serio —dije, antes de empujarlo. Retrocedió apenas unos centímetros; su maldita sonrisa seguía intacta. Entonces, con brusquedad, me rodeó por la cintura y se pegó más a mí, atrapándome contra la pared. Se inclinó hacia mi oído y susurró: —¿Te gusta que te den órdenes mientras gimes? Luego mordió mi lóbulo, haciendo que un escalofrío me sacudiera. Se separó apenas lo justo, su mirada deslizándose por mi rostro con hambre. Poco a poco acortó la distancia entre nosotros y me estampó un beso casto. Un beso que destilaba tanto el desprecio que me profesaba como la lujuria que hervía en su cuerpo cada vez que me miraba. No supe cómo reaccionar. Al principio me quedé paralizado, en shock por lo que estaba sucediendo. Pero su beso era suave, dulce como una fruta prohibida. Y eso lo hacía aún más embriagador. Me dejé llevar, siguiendo ese impulso que me quemaba por dentro. Sentí el bulto que se erguía en sus pantalones, y cómo lo restregaba contra mi pierna. Mi cuerpo también comenzó a arder. Entonces oí pasos y regresé a la realidad. El corazón me martillaba dentro del pecho. Lo empujé con fuerza y me aparté, rojo como un tomate. Él soltó una risa socarrona. —Si vas a contárselo a Tristán… hazlo con lujo de detalles. Dicho eso, desapareció escaleras arriba. Yo corrí a la habitación, aliviado al no encontrar a Tristán allí. Si hubiese estado presente, quizá habría leído en mi cuerpo más de lo que yo quería revelar. Me recosté unos minutos, tratando de calmarme, y luego salí a entregar unas cartas. Recorrí los pasillos del castillo hasta llegar a una habitación con puertas de madera decorada. Toqué suavemente. Una voz femenina respondió desde dentro: “Pase”. Al entrar, lo primero que me envolvió fue el aroma a incienso, cálido y embriagador. La habitación era como una oficina forrada en terciopelo azul. En una elegante mesa, una mujer de cabello castaño oscuro, mirada soñadora y vestida con un precioso vestido azul, me recibió con una sonrisa tranquila. —Así que tú eres el nuevo asistente de Tristán. Tiene buen gusto... —Muchas gracias, dama Élodie. Soy Iskander Le Noir. Sir Tristán le envía esto —dije, entregándole las cartas. Ella las tomó con gracia, inspeccionándolas por fuera para asegurarse de que estuvieran debidamente selladas. Luego sacó una misiva de una pequeña gaveta de su escritorio y me la extendió. —Mucho gusto, Iskander. Toma, entrégale esta carta a Sir Tristán, por favor. Asentí con una sonrisa y guardé la carta en mi camisa. Hice una leve reverencia, tal como me había enseñado Tristán, y salí de la habitación.
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