Desde aquella noche, Guillaume ni se me acercaba. Como si temiera que alguien descubriera lo que pasó entre los dos. Yo me sentía en paz por ello, pero al mismo tiempo... sucio. Sentía la necesidad de arrancarme la piel por haberme entregado de aquella manera, como una simple moneda de cambio. Pero no era la primera vez que lo hacía, y probablemente tampoco sería la última.
Mi nuevo trabajo era mucho más tranquilo. Demasiado, para mi gusto. Eran días solitarios donde mi única compañía era la voz constante de mis pensamientos. Guillaume se acercaba de vez en cuando para supervisar que cumpliera con mis tareas, pero no decía palabra. Solo observaba, y su silencio pesaba más que los gritos de Madame Brévaux.
Por mi parte, me limitaba a cumplir con mis obligaciones: pulir las cientos de armaduras de los soldados hasta que mis manos ardieran; mantener el arsenal debidamente ordenado y libre de polvo. No me quejaba. No hacía preguntas. Tampoco tenía a quién hacérselas.
Por rumores en los pasillos me enteré de que la soledad de esta parte del castillo se debía a que los soldados acompañaban al asqueroso rey en una de sus cruzadas sangrientas. Todo cobró sentido tras esa pequeña revelación, pues vivía inmerso en una soledad sepulcral con olor a cuero, óxido y sudor rancio. La rutina me carcomía lentamente, como la polilla a la tela.
Así transcurrieron mis días, hasta que una tarde, como si la vida —o algo más— hubiese escuchado mis pensamientos, un estruendo de cascos y relinchos rompió la rutina que me devoraba. La Guardia Élite había regresado de su empresa infernal. Los portones del cuarto de armas fueron abiertos, y junto a una bocanada de aire gélido entraron decenas de soldados cubiertos de barro, sudorosos y altivos, llenando el lugar con sus voces estrepitosas y risas vulgares.
Yo permanecí en la mesa donde pulía las armaduras, un tanto cohibido por la energía desbordante que traía aquella estampida de testosterona. Entonces, un silencio abrupto reinó en la sala. Un hombre con una armadura que rebosaba lujo y autoridad hizo su entrada. Se quitó el yelmo, dejando al descubierto su cabello castaño claro. Era, sin duda, el hombre más hermoso que había visto en mi vida.
Tenía los ojos color miel, penetrantes; las cejas marcadas, los labios rosados apenas cubiertos por una barba que adornaba unas facciones tan pulidas como esculpidas. Era alto, sobresalía al menos una o dos cabezas por encima de los demás. Su mirada severa parecía tener el poder de llevarte directo al abismo.
Mi corazón latió con fuerza. Intenté continuar con mi tarea, pero las manos me temblaban por alguna razón inexplicable.
—Hemos cumplido esta tarea según los parámetros impuestos por el rey —dijo, dirigiéndose a los demás guardias—.
Hemos ejecutado una victoriosa cruzada por el honor de Valtherion. Ahora, podéis quitaros las armaduras e iros a descansar.
Los soldados, que parecían tensos al inicio de su discurso, se relajaron y comenzaron a despojarse de sus protecciones, dejándolas caer sin cuidado al suelo. Yo, tratando de esquivar el barro que ya cubría el piso como una trampa húmeda, me agaché con cautela a recoger las piezas que iban cayendo para limpiarlas después.
Entonces, como si el destino se burlara de mí, mis pies resbalaron y caí hacia atrás. Pero no sentí el golpe. En su lugar, sentí un brazo fuerte ceñirse a mi cintura, deteniendo la caída. Un aroma tenue a rosas se coló en mis sentidos, y un calor inesperado se alojó en mi abdomen.
Al alzar la vista, me encontré con los ojos color miel clavados en los míos. Una mirada severa, indescifrable, que me hizo estremecer.
—Que no vuelvas a caerte... sin querer —murmuró con voz ronca.
Tragué saliva, sintiendo una mezcla tumultuosa de emociones. Aquellos segundos en sus brazos parecieron eternos, como si el tiempo mismo se hubiese rendido. Apenas noté cuándo me ayudó a incorporarme con sorprendente delicadeza.
—¡Qué tonto! —se burló uno de los soldados entre carcajadas.
Pero la voz áspera del comandante cortó la risa de raíz.
—Silencio —ordenó. El otro cerró la boca de inmediato—. Si tienes tiempo para burlarte de quien nos sirve, mañana tendrás tiempo para entrenar dos horas más con la lanza.
El soldado bajó la cabeza y siguió quitándose las piezas de su armadura. Yo, rojo de vergüenza, recogí las piezas restantes con toda la dignidad que pude reunir, cuidando ahora con esmero cada paso.
Uno a uno, los soldados fueron saliendo del cuarto hacia sus habitaciones. Pero él se quedó ahí. Observándome. Su mirada severa seguía fija en mí, y eso me ponía aún más nervioso.
Finalmente, se quitó su propia armadura. Al hacerlo, dejó ver un cuerpo firme, trabajado por años de guerra. La lanzó sobre mi mesa de trabajo sin decir una palabra.
—Que brille antes del anochecer.
Casi corriendo, me dirigí a la mesa y me puse los guanteletes. Su mirada se detuvo un segundo en las heridas de mis manos, y luego en mi rostro, como formulando una pregunta silenciosa que quedó suspendida en el aire denso entre nosotros. Me ajusté los guantes lo más rápido que pude y me sumergí en mi labor.
Él permaneció todo el tiempo recostado contra una columna, sin quitarme los ojos de encima. Afuera llovía a cántaros, pero dentro el calor era sofocante... o quizás era solo el calor de su mirada lo que me asfixiaba. Su presencia producía en mi una sensación extraña, de calidez pero también como una especie de advertencia, un “no juegues con fuego o te quemaras.
Pero esa sensación también me producía placer, era como un reto que se abría paso ante mi, como una tarea que debía cumplir, como un nuevo juego que estaba a punto de comenzar. Aquel hombre sería mío.
—Ya está —murmuré, apenas cayó la noche sobre el castillo.
No dijo más. Tomó su armadura y se fue, desapareciendo tras la puerta sin mirar atrás. Mientras lo veía alejarse, una sensación extraña floreció en mi interior.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía. No como un peón. No como mercancía. Sino como algo más.
Y esa sola posibilidad... me dio miedo.
Y también esperanza.