Días después... El cielo estaba teñido de un rojo melancólico, como una herida abierta en el ocaso, cuando el vehículo blindado cruzó el último portón de hierro forjado del rancho Moretti. La reja se cerró con un sonido metálico y definitivo tras ellos, sellando el mundo exterior. Salamandra, sentada en el asiento trasero, su mano aún caliente por la de Giovanni, miraba el paisaje que se abría ante sus ojos con una mezcla de asombro y una ansiedad creciente. Aquel no era un lugar común. Era una fortaleza silenciosa, oculta entre la inmensidad de la pampa, custodiada por perros imponentes de mandíbulas fuertes y hombres de mirada alerta, armados hasta los dientes aunque disfrazados de empleados comunes. Junto a ella, en su regazo, viajaba enroscado Silvestro, su gato n***o de ojos dorad

