La vida en el rancho de Giovanni tenía una belleza cruel, una opulencia que escondía las sombras más densas. Salamandra lo entendió con una claridad hiriente la tercera noche, cuando despertó sola. El lado de la cama que había compartido con él estaba frío, vacío. La sábana aún conservaba el calor residual del cuerpo de Giovanni, una huella fantasma de su presencia, pero él ya no estaba. Al levantarse, se puso uno de los kimonos de seda que él le había dejado en el ropero, una tela suave que se sentía como una segunda piel. Bajó descalza las escaleras, sus pies acariciando la madera pulida, guiada por una mezcla de instinto y una necesidad imperiosa de encontrarlo, de saber dónde estaba, qué hacía. El murmullo de voces graves y el lejano ladrido de uno de los perros guardianes la llevaron

