Una semana había pasado desde aquella noche en El Bar de Las Diosas, una semana que para Giovanni se había extendido en una eternidad de pensamientos recurrentes. El recuerdo de Salamandra no se había disipado; lo llevaba dentro, como un perfume exótico que no terminaba de evaporarse, que se adhería a su piel y a su mente. Esa mañana, el sol de Las Azucenas caía con una luz tibia sobre el rancho. Tras cerrar un negocio de distribución de armas con uno de sus socios en Bahía Blanca, una transacción limpia y lucrativa, Giovanni habló con su padre. La conversación fue breve, tan escueta y áspera como solía ser entre ellos, una danza de monosílabos que ocultaban una compleja red de lealtad y poder. —¿Cuándo vuelves a Italia? —preguntó la voz áspera y pausada del viejo Moretti, un sonido que

